RELATOS

En esta página podéis hallar los relatos breves publicados en este blog. Se irán añadiendo a medida que vayan siendo publicados en el mismo.
Supongo que sobra decir que están debidamente registrados y que para publicarlos debéis contactar primero con su autor, o sea, conmigo.
Disfrutadlos.
Luis García Centoira.





LA MONTAÑA DE PIEDRAS




1. La cabra sobre el tonel.

Con el fin de la siesta han llegado los gitanos. Claro, es martes; ellos siempre vienen los martes. Lo malo es que el escritorio está junto a la ventana y que los zíngaros soplan su chirriante trompeta, golpean su tambor de hojalata a los pies de la casa. No sirve de nada tratar de concentrarse, es imposible seguir estudiando. Hasta que cojan su cabra y se marchen lo único que puede hacer es dejar los libros y acodarse en el alféizar.

El puerto es un mundo de bofetadas para los sentidos. Al asomarse fuera lo primero que llega, ahogando incluso al ruido, es el olor del pescado almacenado en la lonja, la pestilencia del alcantarillado abierto al mar, el hedor del gasoil de los motores a ralentí. Después la vista se pasea por el malecón: bajo esta ventana, las cuatro ancianas de cada tarde cosiendo redes, recordando la época en que eran gloriosas sus anatomías, exagerando –como siempre- los atributos de aquellos mareantes con quienes vivieron tórridos romances, amores veloces que tardaban lo que sus barcos permanecieron anclados al puerto; los gitanos haciendo bailar a su cabra sobre un tonel, presentando sombreros mendicantes a la ciudadanía porteña; una chiquillería ruidosa saltando desde los bolardos al agua, niños desnudos, malnutridos, rapazones semidesnudos jugando a ser peces anfibios. En la lonja, marineros bretones que acaban de llegar de Groenlandia con un cargamento de bacalao arrastran su mercancía dirigidos por un almacenista local; sin duda, el intermediario necesitará más de una semana para vender toda esa salazón. Una vez que hayan cobrado su comisión sobre la venta, los marineros llenarán las noches de los bares portuarios con sus canciones groseras, sus curdas, los picores del morbo gálico.

— ¡Hola, Arso!

Es una adolescente de unos dieciséis años que le ha gritado desde el malecón antes de lanzarse, en presencia de su grupo de amigos, al agua. Ese salto es un acto de amor; él no lo sabe, pero Camille siempre ha creído que el estudiante es el hombre de su vida. Lo ha hecho bien, un salto con las palmas unidas hacia delante y una zambullida perfectamente vertical, sin apenas salpicaduras. Cuando su cabeza retorna a la superficie y con los ojos busca a su adonis perfecto, encuentra la sonrisa de quien acoge, desganado, la cabriola caprichosa de una niña. Se da cuenta de que Arso todavía no la ama. “No importa –se dice-, un día mirará como siempre, pero esa vez me verá como nunca”. Hoy por hoy, Arso, bachiller opositor al Cuerpo General de Numeradores, cree pertenecer a un mundo que no la incluye, ni a ella ni a ningún otro porteño.

Con  su frágil anatomía, el opositor sólo daría la imagen de un mareante tísico. Su padre, él si era un hombre de mar. Cuentan que el recordado Pietro “el Genovés” tenía el mismísimo aspecto de un cachalote. Era patrón de ballenero. En cierta ocasión, toparon con un témpano glaciar y el barco no regresó a la costa. Arso tenía catorce años por aquel entonces, y ya nunca logró reconciliarse con un mar taimado y pugnaz que devoraba sin piedad a sus jardineros.

El mundo que Arso sueña es una tierra sin rederas deslenguadas bajo su ventana, sin cabras de zíngaros trompeteros, sin chiquillos malcriados zambulléndose en el agua rebosante de brea. Él estudió latín, historia y matemáticas. Él oposita. Jura que algún día quedará en el olvido esta urbe desafinada y pestilente. Puede que sea duro estudiar esos mamotretos de apretada caligrafía, pero al menos en ellos habita una promesa: siguiendo el camino que marcan, uno no muere ahogado en las gélidas aguas de los mares del norte.

Cuando Camille ha saltado por quinta vez, Arso cierra su ventana. Concentrado sobre sus libros una vez más, la tarde va avanzando hiperactiva en el puerto y, ahora, por primera vez, acompañada de una apacible fragancia: mamá está cociendo pan dulce en el horno. Pronto llegará la hora de cenar. En esta Babel atlántica, llena ahora de los gritos de los marinos que llegaron de América por la tarde, las prostitutas holandesas empiezan a ocupar los espacios que dejan libres las rederas en los soportales del malecón. Se enfrentan a una noche lucrativa. Para cuando vuelva a subir la marea, Arso habrá culminado otro día de estudio y su anciana madre le servirá, para cenar, anchoas fritas, vino blanco y panecillos dulces.



2. La ciudad de todas las desidias.

Otro puerto, el de los adioses. Otros galopines correteando ruidosos y lanzándose al agua desde los bolardos, pero más, muchos más galopines. Muchas rederas más, jóvenes y viejas, con sus husos y sus agujas, procaces, deslenguadas, vociferantes. Furcias que trabajan desde primera hora de la mañana, marineros griegos, magrebíes, rusos, argentinos, barcos atuneros, merluceras que un día antes atravesaron el Estrecho de vuelta de los caladeros americanos, algún transatlántico, borrachos durmiendo en los soportales de la gran lonja, indigentes hurgando entre el pescado sobrante. Niños, rederas, prostitutas, barcos, marineros, gasoil, betún de Judea, gitanos, cabras, orín, sudor y refajos. Muchos más olores, muchos más ruidos. Otro puerto, sí, el de La Capital, pero aquí no hay aromas hogareños. Aquí no se hornean panecillos dulces.

— Señor Bachiller, la que ha sonado es la sirena del ferry. Enseguida partirá.

Arso paga el jamón ahumado y las patatas hervidas que le han servido de almuerzo. Abandona la taberna con paso decidido y embarca, con su gran maleta a rastras, en ese ferry que, atravesando el Mediterráneo, le llevará desde su Europa natal a las soñadas colonias africanas.

El hijo de Pietro, ese manojo de sarmientos, lo ha conseguido: Agente Contador de la Escala Básica del Cuerpo General de Numeradores. Este es el puerto de la Ciudad de Todas las Desidias. Al otro lado del charco le aguarda el Desierto de todas las esperanzas. Y, ciertamente, en su viaje sólo añora las fragancias del pan en el horno.



3. El Supervisor Técnico del Cuerpo General de Numeradores.

Se fue a media mañana con la misma precisión con que había estado hablando, paso a paso, dotando con su ritmo al camino arenoso de un ordenado itinerario. Arso lo ha estado siguiendo con la mirada durante dos horas hasta que su erguida silueta se ha confundido, como un grano más, en esta inmensidad granulada.

Habló oficial y formulario. Vendré un viernes sí, un viernes no, y recogeré los impresos del recuento parcial efectuado. El procedimiento habitual, como ya sabe, es llevar la cuenta de oeste a este, de sur a norte. Quiero un número exacto y una distribución exhaustiva por zonas. De cuando en cuando, sin previo aviso, efectuaré una comprobación selectiva de sus datos. Un error en cuenta o situación constituye una falta grave. Tres faltas graves en un año acarrean la inmediata separación del Cuerpo. Cuando venga le traeré agua y comida suficiente, así como correspondencia, si la tuviera. Si algún día le flaquean las piernas no se deje vencer por la soledad, recuerde que dispone de quince meses para numerar este desierto y que su sueldo se paga gracias al esfuerzo de toda la ciudadanía. Sea minucioso en su labor y elevaré de usted un informe favorable.

El Agente Numerador Arso, feliz en su desértico aislamiento, ha visto cómo el mediodía se ha ido llevando –ajeno a jerarquías- el andar procedimental del Supervisor Técnico. Arso tiene ante él una infinidad de piedras que contar, y cualquier momento es bueno para un inicio. Un sombrero en la cabeza, un cuaderno, un lapicero, de oeste a este, de sur a norte hasta que la noche caiga, el hijo de Pietro, que era un cachalote, comienza su trabajo: una en línea… dos… tres… cuatro… cinco… seis…



4. El procedimiento habitual.

… ochenta y dos mil doscientas diez… ochenta y dos mil doscientas once… ochenta y dos mil doscientas doce y ochenta y dos mil doscientas trece. De oeste a este y de sur a norte, después de dos semanas ése es exactamente el número de piedras, sin que falte ni sobre ninguna, en una franja de, poco más o menos, trescientos metros de ancho. El Supervisor se ha llevado el impreso dando fe del recuento parcial con el mapa adjunto, en seis colores, de la mayor o menor presencia de guijarros en cada cuadrícula. Comprobó una de ellas por la mañana y dio el visto bueno.

Por la tarde se plantea el problema que cambiará el curso de su vida. Como el Supervisor se ha llevado el mapa, empieza de nuevo la cuenta donde antes quedó interrumpida. Ochenta y dos mil doscientas catorce… Todo bien durante la primera hora, pero después, ¿la ochenta y dos mil novecientas setenta y cinco era, efectivamente, la ochenta y dos mil novecientas setenta y cinco, o ya había sido numerada anteriormente como la sesenta y siete mil cuatrocientas dos? ¿Y qué decir de la ochenta y tres mil nueve, no era la setenta y una mil seiscientas cuarenta y ocho? El Supervisor Técnico lo había dejado claro: un error es una falta grave, tres faltas graves en doce meses acarrean la separación definitiva del Cuerpo. El procedimiento oficial de recuento en línea de oeste a este, de sur a norte, presentaba un problema aparentemente sin solución: en las zonas de gran acumulación de piedras nunca podía estar uno seguro de que un guijo no acabase siendo numerado dos veces. Así que se impone dar con un método fiable antes de seguir.

La noche se echa encima y ya no es un día de trabajo lo que se ha perdido, sino dos semanas. Se sienta con su libreta entre las manos a contemplar el desierto –su desierto- y acaba por concluir que el único modo de evitar la doble numeración es ir separando cada piedra contada de las demás. En lugar de ir en línea recta, trazar círculos cada vez más amplios, amontonando las piedras numeradas en un solo punto: si anota en un gran mapa donde coge cada piedra para, al acabar, volver a depositarla en su sitio, y sigue con este procedimiento hasta el final, evitará que un guijarro cualquiera pueda ser inventariado dos veces: la que esté en el montón habrá sido contada; la que esté fuera, no. Tan sencillo como eso. Si Arso vuelve a colocar las piedras en su lugar y no sobrepasa el plazo fijado, el Supervisor no podría oponer ninguna objeción.

Sin embargo, ya es de noche y ha perdido dos semanas siguiendo el procedimiento oficial de inventariado. Apriete o no el sueño, tendrá quince meses para contar aquello y devolver todo al estado en que lo encontró al llegar. Es un riesgo que, definitivamente, el Supervisor se oponga al nuevo método, y entonces será un mes lo que habrá perdido, pero en ese caso el problema de cómo evitar la doble numeración en su desierto ya no será algo que él deba resolver. Ante esa eventualidad, Arso habría presentado su solución y no le habría sido aceptada. De todos modos, si se va a arriesgar a hacer bien las cosas, mejor empezar ya. Elige un punto al azar, traza un mapa de todo el desierto y comienza de nuevo su cuenta; durante un mes entero las noches de la magna llanura se llenan de una monocorde cantinela: una al montón… dos… tres… cuatro al montón… cinco… seis…



5. La montaña de piedras.

Bajo el peso de las piedras contabilizadas como dos millones trescientas doce mil quinientas cincuenta y ocho, cincuenta y nueve y sesenta, Arso camina sudoroso exhibiendo al sol  una faz alegre porque, a pesar del calor, del desprecio con que últimamente lo mira el Supervisor, de las arduas discusiones que se han suscitado en la Secretaría Muy Técnica del Ministerio por culpa del revolucionario “método circular” por él creado, a la distancia a la que ahora se encuentra y a esta hora del atardecer, aquel montoncito de piedras de la primera noche se está volviendo adulto y, por la sombra que proyecta, es evidente que se está convirtiendo en una montaña, pequeña todavía, pero que promete seguir creciendo durante varios meses.

En este momento del día, a esta distancia y con alguna piedra numerada entre los brazos, el hijo de “el Genovés”, que murió  cuando su barco chocó con un témpano polar, siempre siente idéntica satisfacción. Cuando vivía en la ciudad del puerto tenía una madre que cocía pan dulce en el horno y tardes llenas de ruido para oír desafinar a los gitanos, escuchar la cháchara de las rederas, ver chapotear a una Camille que guardaba en su pecho el secreto de su amor. Luego tuvo una oposición ganada a pulso después de memorizar a lo largo de años volúmenes y más volúmenes llenos de líneas apretadas, un desierto lleno de guijarros que contar y el más inmaculado de los silencios. Al final se le ocurrió una idea original y de esa idea única ahora está surgiendo una obra monumental: su montaña. Quizá hubo faraones que pudieron enorgullecerse por haber ordenado erigir grandes pirámides, arquitectos henchidos por ser los padres de afamados edificios; pero nadie pudo antes alardear de estar construyendo ÉL SOLO una montaña. Él sí, Arso, Agente Contador del Cuerpo General de Numeradores con destino en aquel secarral africano, él, que había jurado no morir en el Mar del Norte siguiendo los pasos de su padre, él está convirtiéndose en el primer hombre que erigía SOLO una montaña. No es ya únicamente un funcionario. Hablamos de un héroe. Y esta grandeza de piedra en medio de la nada arenosa es, más que una paciente labor, el modo en que vence definitivamente a la Parca. Arso nunca podrá volver a ser un vulgar porteño: aunque más tarde deba redistribuirlas por todo el desierto, todos dirán de él que una vez construyó una montaña de piedras y que, mientras su montaña estuvo aquí, este desierto fue otro desierto, tuvo dueño, fue el desierto de Arso, Su desierto.




6. La cuenta definitiva.

Esta es la última jornada previa al desmontaje. Por la mañana llegará el Supervisor y él podrá darle un informe definitivo y sin ninguna posibilidad de error: con toda exactitud en este desierto hay un total de tres millones seiscientas ochenta y nueve mil ciento treinta y siete piedras. Después de once meses y dos días de andar en círculos sin olvidar ninguna, la cuenta está hecha y ahora sólo quiere volver, a partir del momento en que su jefe se haya ido, a recolocar cada una en su sitio.




7. Epílogo: la tierra llana.

Así que allí andaba Arso cuando aquel jueves anochecía, portando el peso de la última piedra mientras sus pies hollaban la montaña en busca de su cima. Sucedió que, tras colocarla, tantas noches en vela hicieron su efecto y, vencido por el sueño, se quedó dormido. Al despertar, bajo una bóveda esplendorosamente estrellada, tuvo una visión nueva: desde aquella altura en el horizonte podían columbrarse las luces de los puertos que el mar tocaba más allá del secano. Después de tanto tiempo, era incapaz de recordar a los mareantes con rencor. El hijo de Pietro, que al cabo algo de Pietro también tenía, pensó en muchos Arsos posibles, unos que hubieran nacido solos en aquel lugar y, puesto que carecían de montaña a la que ascencer para mirar el horizonte luminario, nunca pudiesen saber que en otro mundo junto al mar había multitudes abigarradas, un puerto, ruido y olor a gasoil. El silencio de la arena para ellos habría supuesto una condena mayor que la que fue para él la atestada orilla marinera. Además, ¿qué puede hacer un hombre en el desierto cuando ya ha numerado todas sus piedras?

De modo que el vástago de “el Genovés”, el ídolo raquítico de la hasta hace poco impúber Camille, decidió que aquel secarral necesitaba aquella montaña y que, a fin de cuentas, de nada podía servirle a nadie con una pizca de sentido común saber cuántas piedras había entre la arena.

Dicen que en el que ahora llaman Desierto Despedrado anda todavía hoy un Supervisor Técnico del Cuerpo General de Numeradores esperando un informe que cierto Agente Censal, a quien se expulsó en ausencia del Cuerpo por abandonar su trabajo, nunca llegó a entregarle. La Montaña de Arso todavía permanece intacta, aunque en alguna ocasión –por fortuna, aquel año faltó presupuesto- se propuso crear un Cuerpo Especial de Desmontadores de Colinas para dar fin al afrentoso túmulo.

Acerca de lo que después sucedió con Arso hay versiones diferentes, una por cada puerto de mar que pisemos de Cádiz a Constantinopla. Una de ellas dice que volvió a su ciudad natal y llegó a capitán de un mercante que daba la vuelta al mundo dos veces cada año. Otros narran que vagabundeó por África hasta que pudo colarse en una nao irlandesa que comerciaba con el té y las especias de Ceilán. El caso es que varias veces pudo vérsele, ya entrado en la cuarentena, acompañado de una bella francesita diez años menor que él, comprando telas en los populosos mercados de Hong-Kong, a la que susurraba al oído, cuando nadie miraba, “te quiero, Camille”.










MANIUCA



Tenías razón: por mucho que ya no sirva de nada, tu esperanza era más sólida que mi escepticismo. Hoy atracó en el Puerto una embarcación trayendo a un centenar de médicos y a todo un destacamento del ejército. Al parecer, han logrado vencer a la Maniuca y hasta los Airados van a recibir tratamiento. Supongo que la mayoría de ellos pasará directamente de la Isla a la cárcel, pero para el Gobierno una cosa son las cuentas con la justicia y otra los requerimientos de la salud. Eso dicen ahora.

Han venido –el personal sanitario, la tropa- sin ninguna protección especial, como si hubieran llegado a una ciudad cualquiera y no al C.R.A.M. Según le explicaron a Fuertes, hace seis meses que un laboratorio noruego acertó con la formulación del inhibidor. Lo han llamado MVI –acrónimo en inglés de “inhibidor del virus de la Maniuca”- y se aplica por vía intravenosa. Vi una ampolla cuando ayudaba a instalar el material médico en el hospital; tiene un aspecto verde bilis ciertamente desagradable, pero, a pesar de esa fealdad aparente, no deja de ser un dios de vida para nosotros. Todo el país está vacunado desde hace semanas y, según parece, nos van a dejar volver a casa, pues ya no somos un peligro para nadie. Afirman que la mayor parte de nosotros podremos recuperarnos, si no del todo, lo bastante como para llevar una vida poco más o menos “normal”. Mañana iniciamos el tratamiento, luego un mes sin salir del C.R.A.M. mientras expulsamos al virus de nuestro organismo y, después, de vuelta al hogar, quien tenga hogar al que volver, al trabajo, aquellos que puedan recuperarlo, a nuestras familias, si es que nos han sobrevivido.

Un oficial del ejército me contó que se ha publicado que una representación de la Isla acudirá en breve a cenar con el Presidente en Madrid. Un acto de desagravio, precisó. Acabará por resultar que se sienten en deuda con nosotros, que, cuando ya están fuera de peligro, la culpabilidad ha hecho mella en sus corazones. Ahora querrán recompensar nuestro “sacrificio” con homenajes y dinero. Lo llaman así: sacrificio. Van a levantar en la Isla un obelisco recordando a los fallecidos y el Papa piensa beatificar a los católicos que han perdido la vida en estos “sanatorios” marinos. No sé lo que los beatificables pensaréis –tú eres católica, yo no-, pero imagino que hubiérais preferido al Papa de vuestra parte mucho antes; lo de la beatificación parece que es un producto más de la euforia por el MVI.

Desconozco si fue justa o injusta la medida de aislarnos a todos aquí, como en tantas otras colonias hospital, pero tal vez hubieran podido hacerlo de manera distinta. Consiguieron detener a la Maniuca –mejor sería decir echarla de casa-, aunque abandonarnos a nuestra suerte… No sé, no sé si con la pensión que nos han prometido conseguirán borrar de nuestra memoria el dolor de sentirnos apestados, olvidados. Solos.

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Al principio convinieron en llamarlo “mal de las pústulas” o, en los titulares de la prensa sensacionalista, la “maldición rusa”. El primer caso, la primera veintena de afectados, fue descubierta en una zona proletaria de la ciudad de Vjatka, cerca de Moscú. Los enfermos acudían al hospital aquejados de altísimas fiebres y con la piel hirviendo de pústulas, de ahí el nombre original que recibió cuando se pensó que se trataba de alguna infección folclórica propia de desheredados. Un mes más tarde padecían idéntico mal casi la totalidad del personal sanitario del centro hospitalario y alrededor de diez mil personas en todo el país, desde San Petersburgo hasta Manchuria. Se cerraron las fronteras de la nación y los enfermos fueron aislados en salas esterilizadas de decenas de clínicas. Tarde. Aquello no era una epidemia local ni una afección de desarrapados.

La medida de cerrar las fronteras rusas no sirvió para nada. Las fronteras son lindes inútiles para un virus que viaja con la gente, y la gente viaja, viaja y viaja, por muchas púas que decoren las alambradas. Así que tampoco sirvió para nada cerrar Polonia a cal y canto, ni Alemania, más tarde, ni Azerbaijan, ni China, ni Hungría. En seis meses la “maldición rusa” ya no era rusa, sino mundial; había corrido por el orbe ligera como el fuego entre sarmientos.

Se abrieron las fronteras y cada país optó por un método diferente de enfrentarse a la catástrofe. Hubo naciones, en ciertas regiones de África, donde se quemaba a los enfermos según iba apreciándose la señal de las llagas en su piel. Consecuencia: ciudades diezmadas, revueltas populares, una excusa para precipitar golpes de estado. En otros lugares se decidió aislar a los enfermos en clínicas especialmente habilitadas para combatir el contagio: resultó ser una medida respetuosa con los pacientes, pero terminó por no haber ni clínicas suficientes ni presupuesto para  costear tan gravoso aislamiento. Porque había dos tipos diversos de enfermos: aquellos sobre cuya piel el virus descrito por Walter Maniuca había puesto su rúbrica y aquellos otros que, aperentando ser sujetos sanos, portaban el bicho dormido en su interior y podían transmitirlo. Al final, medió la OMS y casi todos los países –unos con mayor suerte y otros, la mayoría, prácticamente vaciando los cofres de sus arcas públicas- siguieron su recomendación: ya que la pandemia parecía imparable, se imponía aislar tanto a portadores como a enfermos en lugares controlados por la policía sanitaria, donde ni ellos salieran, ni entrase nadie todavía sano. Dicho de otro modo: las Islas Hospital.

Así surgió, obedientes nuestros gobernantes al mandado de la OMS, y localizada en lo que en tiempos se llamaba Cabrera, la Isla de los Malditos, o, según la terminología del Boletín Oficial del Estado, el C.R.A.M., Centro de Recuperación de Afectados por la Maniuca. Y aquí, en esta versión hispana del Remedio Universal, en esta isla maldita te conocí, te amé y viví contigo ocho años de dolor y ternura, ocho años de pus y olvido.

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Tú no tuviste que pasar por la experiencia de ver cómo la Maniuca acababa con la vida de nadie hasta que llegaste a la Isla. Yo sí. El tuyo fue un periplo previsible, dentro de lo que fueron los primeros meses de la pandemia; pasaste de ser una enfermera del Carlos III, en Madrid, a convertirte en paciente de una de esas primorosas salas esterilizadas del año en que lo desconocíamos todo acerca del “mal de las pústulas”. Y cuando supimos más, formando parte de la partida original, pasaste a engrosar la lista del recién inaugurado censo de la Isla sanatorio. El contagio, en tu caso, fue la consecuencia de una vocación de servicio retribuida y elegida libremente.

A mí se me murió entre los brazos una hija de tres años, Olga. En apenas dos semanas la Maniuca había convertido su piel en un paraje yermo y su corazón en una máquina prematuramente achatarrada. Sólo en los niños más pequeños se desarrolla tan rápidamente la enfermedad. Mes y medio después nos conducía el recién creado Servicio de Policía Sanitaria a las pruebas obligatorias del Hospital, tras pasar por la inevitable cuarentena. Amelia, mi mujer, y las otras dos niñas –Auri y Cristina- gozaban de una salud excelente. Yo di positivo. Aunque no hubiera desarrollado el mal, lo portaba y podía transmitirlo. En mi sangre convivían, por el momento sin mutuas agresiones, el virus asesino y los leucocitos.

Madrid y mi familia quedarían atrás inmediatamente; esa era, ya para entonces, la exigencia del bien público. El C.R.A.M. solamente necesitó cincuenta y dos horas para atraparme entre sus fauces. Juro que por la televisión nos lo habían pintado de otra forma, con enfermos jugando a la petanca y médicos vestidos como astronautas, algo así como un balneario terminal en mitad del mare nostrum.

Nada podía parecerse menos al hospital del Olimpo.

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Esta mañana, mientras nos inyectaban el MVI a los que todavía conservamos alguna posibilidad de recuperarnos (somos los primeros de la lista), el ejército salió al campo. Zerballos ha herido a tres soldados antes de caer abatido a balazos. Seguramente, la muerte era lo mejor que podía ocurrirle. ¿Para qué el MVI?, habrá pensado, ¿para cumplir treinta años en otro presidio? Mejor irse con sus crímenes a la tumba y confiar en la existencia de un Dios no vengativo. Aquí, al menos, era alguien; el rey de los locos, sí, pero alguien. Fuera, sólo sería otro criminal expiando sus culpas.

Los demás Airados, incluso los más activos en las fechorías del grupo, comprendieron al momento lo que significaba un batallón sin mascarillas y corrieron a arrojarse en brazos de los soldados. Algunos de ellos van a tener que pasar por más de un proceso judicial, pero siquiera se convertirán en reos sanos. Y todo –hasta la Maniuca, como hemos visto- pasa.

Dicen que Zerballos mantenía seis concubinas en su huronera, si bien hacía un año que no podía yacer con ninguna de ellas. Aun así las mantuvo a su lado hasta el final. ¿Un signo de ostentación de poder? Indiscutiblemente. Imagino que esa gente debía regirse por la milenarias leyes de la barbarie y, según ellas, cuantas más hetairas, más autoridad; sin otras reglas que la voluntad de ese orate, esa sería otra credencial del caos. De todas formas, ninguna de ellas ha decidido acompañarle en su viaje al infierno.

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Ahora que veo el rosa pustuloso de las llagas en tu frente y oigo el minúsculo hilillo de tu respiración –es difícil hacerse a la idea de que todavía estás viva tras esa máscara de destrucción- no puedo evitar las lágrimas al recordar el día en que nos vimos por primera vez. Con aquella bata blanca que lucías, y flanqueada por Fuertes y Ana Pedregosa –presentados, respectivamente, como alcalde y jefe de Seguridad de la Colonia- completabas el trío que salió a recibir a mi grupo (cuatro personas en total) al malecón sur de Puerto Esperanza, como habíais bautizado al lugar donde nos abandonaba a nuestra suerte la policía de verdad. Puerto Esperanza, porque algún día –confiábais- llegaría por ahí, como entonces los enfermos, el milagroso fármaco de la curación.

No hubo lugar a extemporáneas ceremonias de presentación. Esta es Angela Uriarte, encargada de la sanidad en la Isla. El alcalde Fuertes y Ana Pedregosa, algo así como la responsable de que sólo la Maniuca pueda acabar con nuestras vidas. Encantado, yo Alfonso Ibáñez, hasta hoy analista informático. Hoy, hermano de peste.

Todavía no entendía para qué podía servir en una Isla llena de despojos una responsable de policía -¿quién iba a imaginar la existencia de un ser tan particular como Zerballos?-, pero la idea, en cualquier caso, no me desagradó. Fuertes, envuelto en su americana de cuadros y con aquellos mechones blancos de patriarcal aureola sobre las sienes, expelía cierto aroma paternal, especialmente cuando dijo aquello de:

- Os llevaremos al recinto habitado.

Eras la jefe médico. Seguramente, pensé, una dignidad alcanzada por la peste en un momento de descuido. La Jefe Médico, nada menos. Para un enfermo su médico es Dios, o, en tu caso: la Jefa de Dios.

- Así es –te explicaste, sacando a relucir esa cortés sonrisa que acompañó siempre todos tus actos-, yo también soy una residente. Las personas sanas nunca salen de ese barco y, si alguna vez llegaran a abandonarlo, jamás les permitirían emprender a bordo el viaje de vuelta.

Ni presos, ni enfermos, éramos “residentes”. No sé si alguno llegaba a creérselo, pero casi todos preferían pensar en sí mismos como en turistas de paso por un balneario. En aquella época aún había quien sostenía con ciega terquedad que pronto hallarían una cura en algún lugar del mundo y regresaríamos a nuestros hogares vivos y sanos en unos pocos meses. Un año, a lo sumo.

Zerballos no, por supuesto, él hacía mucho que tomó la decisión de que aquel paraíso para las cabras sería su última morada.

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Era pronto para amarte; la cadena que me unía al pasado y al dolor era demasiado pesada para pensar en un camino que condujese, aunque fuera a trompicones, a cualquier suerte de paz. En apenas mes  y medio había visto morir a una hija –nunca he averiguado quién de los dos contagió al otro- y abandonado a la fuerza un hogar que era toda mi vida. Mi vida -¡vaya una mierda de vida!, me decía-; ni siquiera podía esperar que la Maniuca acabase pronto con ella. Era un maldito portador, nada más, un hombre señalado por la ausencia de señales, una ofensa para los pustulosos.

Un apestado aparentemente normal que únicamente conoce su enfermedad por referencias y que, por si fuera poco, acaba de perder familia y trabajo, no está en condiciones de amar; sólo puede encerrarse en su autocompasión y esperar que la melancolía lo venza. Precisamente eso hice yo durante año y medio, inmolarme en mi pequeñez sin gloria, en mi olvido de mí mismo.

Como allí no había nada que pudiera hacer un informático (Internet estaba proscrito y cualquier cosa que llevara un chip incorporado se quedaba al otro lado del agua), Fuertes me puso una guadaña entre las manos y me envió a segar amentos a un campo de la granja comunal. Te puedo asegurar, mi amor, que en el mundo hay pocas cosas más torpes que un urbanita segando. Si nunca antes la usaste, manejar la larga cuchilla de La Parca para usos civiles es más complicado que componer un soneto sobre el motor de un Boeing.

En medio de todo, había llegado mi segundo estío balear, y yo seguía como al principio, sin una llaga que me igualase como residente, con lo cual continuaba viéndome como un bicho raro. Decidí volcarme en el trabajo y no pensar ni en el aislamiento, ni en mi familia, ni en la Maniuca. Con mi guadaña por oriflama, el mundo se reducía a yerba que cortar.

Y entre la hierba apareció una tarde. Zerballos, como un torbellino, así lo recuerdo. Serían alrededor de las ocho, entre ellos al menos dos mujeres. A treinta metros de distancia habían tomado a una segadora y la desnudaban para forzarla cuando, alertado por sus gritos, salí de mi apatía y acudí a socorrerla. Poco pude hacer, bien es cierto; mi cerebro registró un sonido hueco y, al poco, fue incapaz de registrar nada más. En el campo a esa hora únicamente estábamos trabajando la muchacha y yo, de modo que es fácil imaginar lo que sucedió durante mi inconsciencia. Amaia, así se llamaba, no tendría dieciocho años, tal vez ni siquiera diecisiete.

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Sí, amor, tu rostro  fue lo primero que vi cuando resucité. No te extrañe la expresión, pues fue como te digo: el día de mi despertar no fue el adiós al coma, no, fue un verdadero renacer. Y allí, unidos a la luz del día recobrado, estaban esos ojos que parecían auscultar mi alma tras el parapeto del dolor.

Acababas de pasar por una de esas crisis de fiebre que te mantuvo en cama durante diez días y, al fin, la misma tarde en que pudiste levantarte sucedió lo de la granja: los Airados, con Zerballos al frente, habían violado y matado a una adolescente y herido de gravedad a un portador.

A falta de nadie con más preparación, tuviste que ser tú misma quien extrajera la bala de mi hombro. Sin instrumental adecuado, sin un título habilitador, tu cirugía acababa de salvar mi vida. En otras épocas –tiempos de reinado de otros virus- hubo naciones donde por menos de eso uno debía corresponder a su salvador con un vasallaje de por vida.

No digo que fuera esa la razón, pero desde que resucité, después de tres días en brazos de la inconsciencia, tus ojos son para mí el logotipo de la existencia, incluso ahora que la Parca teje el lino mortuorio a los pies de tu lecho.

Debería estarle agradecido a Zerballos: con su salvajismo consiguió sacarme de la ingravidez en que me había aislado. Me fue revelado entonces que no quería morir. Con Maniuca o sin ella había que intentarlo, y si tú estabas a mi lado, ¿qué otra cosa podía pedir?

Ya lo sé, podía pedir mi hogar, mi familia, aunque tampoco quería engañarme esperando un retorno que tal vez nunca fuera a suceder. Una viejísima canción decía: “Hay una rosa en el guante empuñado Y el águila vuela con la paloma Y si no puedes estar con quien amas Ama a quien está contigo”. Quizá fuera por eso (¿quién conoce los motivos que llevan a dos personas a encontrarse y reconocerse?), el hecho es que desde que abandoné la enfermería Angela Uriarte y Alfonso Ibáñez formaron una pareja estable, un intocable refugio de comprensión dentro de la decadencia pustulosa de la Isla de los Malditos.

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Esta mañana no acudí a verte, ¿lo notaste? Seguramente no. Los doctores que te atienden me dicen que ya no sientes nada de lo que ocurre a tu alrededor, que no me esfuerce porque perteneces a un mundo sin sensaciones. Da igual. Quiero continuar a tu lado hasta que boquees tu último aliento.

No vine porque recibí una visita inesperada. Después de tantos años sin noticias suyas, hoy vinieron Amelia y las niñas a la Isla. Procuré que no se dieran cuenta, pero me encontré incómodo. Aunque me entristezca pensar en ello, era notable ver cómo habíamos cambiado todos durante este tiempo. Auri está hecha toda una mujer, a sus diecisiete años. Fue la que más habló, contando cosas del barrio, de sus amigas, de sus estudios. Me adora; creo que, con la separación, ha sublimado mi recuerdo. Cristina, la pequeña, no se acordaba de mí. Le decían que yo era su padre y, mientras la obligaban a besarme, me miraba como supongo que debe mirarse a un extraterrestre. Cuando se estaban marchando se negó a repetir la escena del beso. Lo comprendo, de las dos es la que más se parece a mí cuando tenía su edad. ¿Quién soy yo para la niña, a fin de cuentas?

Amelia estuvo distante. No te extrañe; yo también. Nuestras vidas han seguido trayectorias tan diversas desde que Olga murió que de lo que en tiempos fue una familia hoy sólo conservamos las cenizas del incendio.

Esperó a quedarnos solos para decírmelo: hace un par de años que vive con otro hombre y quiere el divorcio. Pide la custodia de las niñas –“por supuesto, yo podré visitarlas siempre que quiera”, ha dicho- y la casa –“como es lógico”- A cambio, ella y su compañero me ofrecen una compensación económica. “Lo suficiente para que puedas empezar de nuevo”.  He aceptado, claro; no quiero convertirme en un extraño impuesto en la vida de nadie.

No hablamos de tu lenta agonía, pero le conté que también yo me había enamorado de otra mujer. Y una pequeña maldad: me pareció ver un destello de celos asomar a sus ojos cuando lo oyó.

Da igual. Tú te mueres. Y yo quiero que tus últimos días sean un acto íntimo, y en eso nada tienen que ver mi mujer, las pequeñas o el ejército de doctores de verdad que ahora te atienden. Sólo tú y yo. Y yo, insisto, aunque estos galenos recién llegados digan que no sirve para nada.

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Fuertes –otro portador, como yo- ha asistido al sepelio de Zerballos. Yo, después del baño y la toma –dicen que la de hoy es la última toma, que el inhibidor ha obrado maravillas en mi salud, por mucho que yo ni antes sintiera la enfermedad ni ahora perciba la cura-, vine, como cada día, a verte. No quiero saber nada de Zerballos; para serte sincero, me alegro de que acabase como ha acabado.

Según el bueno de Fuertes, se trataba de un pobre hombre que no supo aprender a convivir con la Maniuca. Yo no soy tan comprensivo como él o como tú, posiblemente porque, a diferencia de vosotros dos, yo no creo en Dios ni en esa moral que glorifica el perdón. Para mí Zerballos era un psicópata que hallaba gozo en infligir daño a los demás. Los que decidieron seguirle al monte, esos a quienes llamamos “Airados”, a mí se me antojan alimañas de compañía. ¿Cómo van a pedirme que sienta piedad por ellos? No, ni piedad ni comprensión.

Fueron ellos quienes dejaron a un lado la comunidad, nadie les forzó a decidirse por vivir en el monte, a regodearse con nuestra miseria como si no fuera también la suya. ¿Qué habría sido del Enclave si todos hubiéramos elegido su homocida atavismo? ¿Habríamos llegado alguno vivo al día de la curación? En la selva hubo siempre lobos y corderos; yo soy un cordero, ¿por qué debiera perdonar a la fiera que diezmó mi rebaño? Antes al contrario, como en el cuento, llenaría de piedras su estómago y lo arrojaría a la corriente.

Fuertes puede llamarlo como quiera, a mí no me apura admitir que el nombre que recibe esta sensación es odio. Y no me importa. En serio, no me importa en absoluto.

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Cuatro años llevábamos juntos cuando él, ese por quien reza hoy el rebaño herido, parecía habernos olvidado. Era agosto, un mes de hierba seca y de sol lacerante sobre las llagas –al menos, de quienes las teníais-. Era una jornada feliz, calores aparte. Habíamos construido un pozo en el Enclave y el agua potable, hasta ese día nuestra principal carencia, empezó a abundar abundantemente. Fuertes estaba radiante, además, porque nos habían dejado caer en paracaídas el día anterior más de dos toneladas de carne en salazón. Recordarás lo hartos que estábamos todos de la dieta local: leche de cabra, carne de cabra, queso de cabra… y, muy de vez en cuando, algo de pescado. Ahora teníamos yodo, vendas esterilizadas, calmantes… y cecina y jamón y chorizo y panceta. Parecía evidente que algún funcionario del Ministerio correspondiente había recordado que en una isla llamada Cabrera hacía centenares de enfermos olvidados que tenían fiebres que calmar, llagas que curar, estómagos que complacer.

Desde entonces, para mí esa fecha y Zerballos constituyen una indisoluble unidad; caprichos de la memoria, supongo, heridas de la barbarie que no logran curar. Al llegar la noche se dio inicio a una fiesta a la cual, excepto los inquilinos de la enfermería en peor estado, debió acudir la inmensa totalidad de los residentes. Gustamos la carne regalada, procurando que sobrase lo suficiente para todo el verano y aun el otoño, y nos servimos vino de las cepas  que habíamos conseguido adaptar a la isla y que en octubre dieron su primer mosto. Hubo incluso una orquestina con acordeones y guitarras. Se bailó, se rió; parecíamos gente normal en un baile pintado por un impresionista rebosante de optimismo.

Imprevisiblemente, empezó en la granja y, al acudir a lugar todos, hubo un segundo brote en el corazón habitado del propio Enclave: el fuego devoraba nuestras casas de madera como si fuera el predicado lógico de la frase que empezaba con el sintagma “el estío mediterráneo”.

Nadie propuso una explicación diferente; Zerballos nos enviaba recuerdos. Había aprovechado la confusión de las llamas para saquear el almacén y la clínica. Se llevaron casi toda la salazón y buena parte de las medicinas. La indignación –que todo es posible- había prendido, como nenúfar en un secarral, en el corazón de Fuertes, pero apenas nadie quiso aventurarse con él entre sabinas y acebuches, y tuvo que olvidar cualquier intento de recuperar lo robado. Muerta Ana Pedregosa cinco meses atrás, Zerballos no sólo había aguado nuestra fiesta, quemado nuestras casas y saqueado nuestras provisiones; nos había mostrado, como si lo viéramos en una inmensa pantalla de cine, el aspecto desolador de nuestra infinita cobardía.

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Ignoro si fue sólo la operación, o si ayudó cierta sensación de culpabilidad, la que convirtió desde aquel invierno tu salud en una cuerva siempre hacia abajo. Tampoco me pareció justo que echaras sobre tus hombros el peso completo de la decisión, que dijeras que eras tú quien debió poner los medios para que no se produjera.

Si te digo lo que pienso, creo que ese catolicismo tuyo te jugó una mala pasada. Si te había permitido cohabitar con un hombre casado (“cuyo enlace no sacramentó la Iglesia”, precisabas) “porque Dios es Amor”, debiste haber pensado que tu Dios no querría que trajeses un niño al mundo únicamente para verlo morir unos días más tarde a manos de un virus asesino. Si ese Dios al que alabas es, efectivamente, Amor, El tampoco podría querer que naciese nuestro hijo por mucho que dijeras que “Dios es Vida”. Esos son palabras, palabras y nada más.

Hubiera sido mejor que la Maniuca incluyera, entre sus efectos, el ser causa de esterilidad; al menos así tu paz no se habría quebrado. Pero la peste afectaba a las gónadas solamente en sus últimos estadios y, sin darnos cuenta –al menos yo- de cómo, acabaste encinta como si eso, quedarte embarazada, fuera el lógico imperativo de una naturaleza que también en esta ocasión, como siempre, optó por la perpetuación de la especie, aunque eso nos condujera a la aniquilación. Discutir con Dios es un pecado, no sé si además no será un absurdo, pero tú discutiste con El y no te convenció. Aunque engendrar sea cosa siempre de dos, esa vez te echaste sobre los hombros el peso exclusivo de la decisión: irías al infierno para toda la eternidad, pero aquel bebé no nacería.

Yo ni me había enterado del embarazo cuando acudieron de la enfermería para que fuese a velar tu descanso; acababan de hacerte un raspado y, por la inevitable falta de asepsia, se había infectado tu matriz.

Quisieron evitar dar un paso tan definitivo, pero dos días más tarde resultaba evidente que no había solución alternativa: te la extirparon. Tú sólo pensaste que era el primer castigo que Dios te imponía por haberle robado una de sus criaturas.

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Desde aquella jornada se acabaron los días felices. Mientras duraron, envueltos en la sábana de nuestro amor compartido, no me daba exacta cuenta de ello, pero así era: a pesar de la soledad isleña, de la Maniuca y de Zerballos, aquellos primeros años de residencia en el C.R.A.M. fueron una época feliz. Debo decir que lo descubrí después, cuando te envolviste en un caparazón de desidia, cuando todo parecía haber dejado de tener sentido para ti.

Los años siguientes ya no te afectaron las fechorías de los Airados, no mostrabas ninguna sonrisa, nada te alegraba, nada te indignó. Ensombrecida por un íntimo desgarro, te culpabas en silencio por la muerte de nuestro hijo, por haberle faltado a Dios, quién sabe por cuántas otras causas. La Angela vivaz que yo conocí se había transformado en una mujer temerosa de un pecado para el que no esperaba redención; para qué seguir viviendo –te mortificabas- si al final de este insular purgatorio aguardaba el más ultraterreno tártaro.

Nuestro amor casi dejó de ser un hecho. Seguiste acostada a mi lado, continuaste dejándote abrazar, de cuando en cuando –ya no había peligro- aguardabas silenciosa mi orgasmo en tu interior. Tus crisis febriles se multiplicaron en el tiempo y cada vez eran más largas. Cuando te restablecías, segura de que era el Señor quien prolongaba tu agonía, acudías cada mañana al hospital, cubrías con eficiencia el expediente de una buena enfermera, no hablabas con nadie, ni, apenas, conmigo.

Hace cuatro meses entraste en coma y no he faltado un solo día a nuestra cita. Sé que es inevitable tu muerte, sé que pierdo el tiempo hablándote porque no puedes oírme. Y me pregunto por qué razón todavía no has muerto, ¿acaso, aunque no tengas ya la voluntad de estar viva, pretendes quedarte para siempre en esta frontera inmóvil porque temes que el portero que abra la puerta del otro lado no será sino el gran capataz del fuego?

Quiero que sepas, amor mío, que a pesar de estos últimos años, te he amado siempre, que de ti no voy a guardar el recuerdo de la derrota previa al coma sino aquella sonrisa del día en que saliste a recibirme a Puerto Esperanza, aquel ansia por vivir con la que donaste cada día a tu lado antes del aborto, aquella dulzura con la que negabas que la Maniuca fuera a acabar con todo. Esa es la mujer de la que yo me enamoré, la que conservo en el alma, impoluta, como mi más hermosa posesión. Esta de ahora, a menudo he pensado que fuera otra mujer, una mujer aherrojada por el odio de su Dios. A ésta sólo puedo velarla, guardar silencio junto a su cama, pues entre su Padre y ella no queda lugar para nadie más.

Señor, sal de esta habitación un minuto y permite que bese las llagas de sus ojos sin ver en ellos reflejada tu ira.

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Por alguna razón que te vas a llevar a la tumba, nunca quisiste hablar del tema. Si yo te preguntaba, decías que mejor no despertar al diablo, que si las cosas estaban bien como estaban, para qué removerlas.

Te oía respirar con la mejilla apoyada en mi pecho y me preguntaba cómo habría sido con él, si también le habrías confiado ese pacífico sueño. Me estremecía pensar cuántas veces habrías estado a un paso de convertirte en otra víctima de su locura. Entonces redoblaba mi abrazo y, en voz baja, para no despertarte, ponía mi vida como garantía de tu seguridad.

¿Llegaste a amarle? Qué podía haber en él que llamase a tu corazón tan poderosamente todavía hoy se me antoja un misterio; tú preferías esconder aquello en el baúl del olvido. ¿Es posible que aquel hombre cambiara tanto, o mejor: que hubiera sido un hombre alguna vez? Me permito dudarlo, la mala hierba no nace siendo escaramujo.

Hoy puedo decírtelo; todas las noches que dormimos juntos acudía a mi mente la misma desazón: esta mujer a la que quiero fue la amante de Zerballos antes de que él se echara al monte. Los demás me lo habían contado; yo, sencillamente, no lograba comprenderlo. Y aun otro resquemor acompañaba mi vigilia, ¿acaso hoy todavía no se ven en las lindes del bosque para compartir un amor que los devora? Celos, ya lo sé. Zerballos no era solamente quien trató de robarme la vida aquella tarde en la granja, no, ni tan siquiera el azote que quemaba nuestras casas; antes que nada, Zerballos había sido mi predecesor en tu cama, el avanzado de tus besos, quien primero atesoró tus abrazos.

Tenía celos de un lobo sin más leyenda que la brutal del asesino. Permíteme que entretenga mi vigilia con su recuerdo: a Zerballos nadie lo echó. Se fue porque no podía quedarse. Sabía que después de aquellas elecciones –las primeras que Fuertes organizaba y en las que Zerballos mismo optaba a la alcaldía de la colonia-, si no era él el vencedor, alguien buscaría una explicación para las siete personas asesinadas últimamente. Aquellas muertes fueron la razón de las elecciones que él no ganó y, al tiempo, la explicación para su huída. Detrás de cada cadáver estaba su rúbrica; y ni un solo motivo por que debieran haber muerto.

El era un hombre con carisma: muchos le siguieron al monte como apóstoles de un cristo de la ira. En tu casa quedó hasta hoy mismo el aroma de su pecho. Claro, claro que tengo celos. ¿Quién podría no tenerlos?

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En el papel que me dieron puede leerse: “El Estado Español, y en su nombre el Presidente del Gobierno, se compromete a pagar a D. Alfonso Ibáñez Rotaeche una pensión equivalente al salario mínimo interprofesionales como debida compensación por su permanencia durante ocho años en el Centro de Recuperación de Afectados por la Maniuca.” Fecha, firma y sello oficial.

Cambiaron los planes. Dentro de tres meses hay elecciones, y deben ir pensando en la campaña. Ya sabes, Angela, cómo son estos mendigos del voto. Así que el mismísimo Presidente del Gobierno, acompañado por dos de sus ministros, ha venido “a interesarse por nuestra situación”. En helicóptero, no podía ser de otra forma, asustando la paz montañera de todas las cabras baleares.

Te ha visitado, a ti y a los que como tú estáis en estado terminal. Ha rezado una oración por el alma de los fallecidos y, a mediodía, ha presidido un almuerzo de campaña. A un lado, Fuertes, callado y absorto en sí mismo como nunca antes lo viera; al otro, sus Ministros, buscando un perfil adecuado que ofrecer a las cámaras.

Tuve que acudir. No quería, pero Fuertes me lo pidió como un favor personal y carecí de valor para negarme otra vez. Una pantomima, créeme. Había decenas de reporteros sacando fotos –también a ti- y haciendo preguntas estúpidas. En la prensa de mañana saldrá una imagen del Padre de la Patria besando tus pústulas que será la imagen más rebotada en las redes sociales y, esto nunca cambia, antes del fin de semana habrá venido por aquí también el líder de la oposición implorando le acerquen a una llaga que pueda tocar.

Cuando el helicóptero se fue, me crucé con Fuertes en la antesala de la enfermería. Me dijo que, aunque militó siempre en el partido del Presidente, de ahora en adelante pensaba abstenerse en las elecciones. Lo hallé deprimido; al final ha terminado por convencerse de que lo de hoy había sido una bufonada, como yo le advertí. Al Estado no va a resultado demasiado oneroso comprar nuestra complacencia. ¡Jesús, si hasta nos han curado! Bastante con que, además, nos dan una pensión.

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No ha servido de nada intentar reanimarte con el shock eléctrico. Al cabo, tu corazón se emperró en que ya no andaba más y no hubo forma de sacarlo de su testarudez.

Me han permitido velar tu primera noche de diagrama plano, probablemente porque amenacé con suicidarme si me echaban de tu vera. Fuertes les dijo que, efectivamente, era capaz, y le creyeron. Como almorzó junto al Presidente, el personal sanitario piensa que es alguien importante.


Y ahora que estoy a tu lado y tu piel es una fina película blanquecina, créeme, no sé qué decirte; que pronto volveré a Madrid, que no hallaré a mi familia esperándome, que deberé buscar un trabajo, que no me importa que hayas sido la amante de Zerballos, que te amo, que siempre te amaré.









LA MUJER DEL DIOS AVENA



Cuando despertó lo primero que hizo fue tantearse los dedos de las manos: uno, dos, tres, cuatro y cinco… Sí, estaban todos, luego ella era ella, o por lo menos podía sentirse intacta, entera, viva. Viva en Baclo, que es como decir “eterna”. Pero, curiosamente, la eternidad era una gran cueva oscura en una montaña llena de cuevas. En adelante esa tumba sería su casa. Baclo no tenía comodidades, pero los resucitados no las necesitan. Eso dicen. De todos modos, le gustaría poder sentir el milagro obrado en su cuerpo. Había vencido a la muerte, pero una gran roca taponaba la puerta y ella no podía, por mucho que abriera los ojos, ver nada.
— Deklam –llamó en voz baja-, ¿ya has resucitado? –según el sacerdote eso ocurriría durante el primer día después de la ceremonia.
Sin embargo, por lo que al silencio afectaba, Kaloumi Deklam, su marido, el Rey Dios, no había vencido a la muerte. “A lo mejor la que ha vencido demasiado pronto he sido yo”. Puede ser así. No obstante, a él lo mató el abrazo de una serpiente. Lo de ella, Nónede, fue simplemente el efecto catatónico de la raíz del sueño. No es lo mismo, claro. Nónede tenía asegurada la resurrección. Por el contrario, Kaloumi sólo reviviría si era un Dios. Lo era, de eso tenían pruebas definitivas: Deklam, el Dios-Rey Avena. “Mi esposo, mi Rey, mi compañero.” Su ídolo, el padre de sus hijos, el responsable, en último término, de aquella muerte compartida.
— Pronto te levantarás, amor mío, y la luz llenará Baclo como una dulce emanación de tu divinidad liberada.
Baclo era una tumba excavada en la roca de una montaña, una gruta sellada después de haber conducido a ambos, Rey y consorte, al lugar que iba a ser su yacija para toda la eternidad. El vulgo plebeyo, al morir, iba al Infierno de los Elefantes; los Dioses y sus esposas iban a Baclo, la colina funeraria donde Deklam y su mujer conocerían a cientos de Dioses resucitados de otras épocas.
— De todas formas, ¿es normal que una revivida tenga ganas de vomitar?
Aquel brebaje que le hicieron beber para que su vida simulara su muerte sin duda afectaba al estómago de los inmortales. Y en lo que a Nónede respectaba, acabó tendida de costado, vomitando la tisana en una pasta que, si pudiera verla, sabría que era rojiza.


*


Antes de que el Sumo Sacerdote lo declarase Heredero Legítimo de la Madre Huerta y, por tanto, Dios Avena, ya tenían dos hijos, una cabaña y seis puercos. El Portavoz de Batú dijo lo que había visto en un sueño naciendo de una calabaza y que ahora podía descubrir los signos divinos pintados en el iris de sus ojos. La vida junto a un Dios cambia, pero hay que seguir cuidando a las marranas si se quiere tocino.
— Era normal que fueras un Dios, querido mío –durante estas últimas horas Nónede hacía lo que había estado haciendo, a escondidas, durante toda su vida: hablar sola-; tú eres el sexto hijo varón del rey Fánae, Dios del Agua.
De tal pecho, tal costilla. Un Dios ha de empuñar la lanza y convertirse en guerrero, de forma que los cerdos quedaron para ella. Pero una vida de sacrificio al lado del Heredero Legítimo de la Madre Huerta también tiene sus compensaciones: Baclo. Su esposo vencería a la muerte y ella habitaría su misma cueva. Los demás miembros de la tribu acabarían en el Infierno de los Elefantes, mientras que ellos dos vivirían una eternidad en la barriga de la montaña. Podrían conocer a grandes Reyes pretéritos, a esposas de Dioses resucitados. Sólo había que esperar a que Kaloumi muriese; ella estaría preparada a su lado.
— ¡Y qué día orgulloso aquel en el que te aclamaron Rey!
Le impusieron la estola peluda de jefe de la tribu a la muerte de su padre, pues cuando Fánae murió su esposo era el único Dios vivo en toda la región. Entonces, como por una santa bendición, se acabaron los puercos. La gente acudía para adorarles, sus deseos se convertían en ley… Toda su contraprestación para el buen gobierno de los linajes consistía en tener hijos.
— Diecisiete, nada menos; de ellos, catorce todavía están vivos.
Se trataba de perpetuar la sacra genealogía, a fin de facilitar cuerpos al Cielo donde encarnarse. El segundo, Onés, ya presentaba signos de divinidad. El Portavoz de Batú, el sacerdote, afirmaba que se trataba del Heredero del Viento. No voy a ser yo quien dude de su palabra.
— Amor mío, en una montaña seca y oscura como lo es esta, ¿qué explicación encuentras a que un ser inmortal como yo tenga sed?
Mucho no podía faltarle para revivir. Hacía ya muchas horas que el óbito se había consumado.
— Estás frío.
Lo tenía a su diestra, engalanado de oro para la oscuridad, con las cuencas de los ojos rellenas por dos esmeraldas… frío como un muerto. Y los muertos, hasta que resucitan, sólo están muertos, desconocen todo acerca de las necesidades de los vivos. “Aun así, amor mío, despertarás en seguida y me explicarás cómo debo hacer para aplacar esta sed que me consume”. Él era un Dios; los Dioses, cuando reviven, lo saben todo. Él tendría una solución, seguro.
Fuera debía hacer ya un buen rato que la noche habría caído. La montaña tardaba en acusar los cambios de temperatura del desierto pero, una vez que los acusaba, dentro de la cueva sus efectos se multiplicaban. Y el sacerdote -¡qué desconocimiento acerca de las necesidades propias de la inmortalidad!- la hizo vestir de joyas. Decenas de collares, pulseras y anillos, pero ni una triste gasa con que cubrir su desnudez.
— Debería saber que los inmortales tenemos frío, como los vivos. Se supone que Batú a quien le habla es a él. Si es Él quien elige a sus Dioses, ¿por qué no dispone un ritual que solucione los problemas de nuestra resurrección?
Deklam –había enrollado su mano en la tela que cubría el pecho de su marido- llevaba sobre los hombros la estela peluda que, durante su mandato, luciera en las celebraciones como símbolo de su poder.
— Esposo mío, amor de mi vida, si puedes escucharme, tengo mucha sed y frío.
Lo peor de aquella situación era que el Dios Avena comenzaba a oler como un campo recién abonado. “Yo diría como un muerto”. Pero no puede ser, claro, él lo tenía escrito en el iris de sus ojos; él era el Heredero de la Madre Huerta. Entre otras cosas…
— …porque si no lo eres, amado mío, ¿cómo explicar que, al menos yo, haya resucitado?
A no ser que la raíz del sueño no matara, ella había vuelto a la vida. Que pudiera pensarlo era una prueba indiscutible de la veracidad de su existencia.
— Si tú resucitas yo habré muerto. Esa será la confirmación definitiva.
Pero, si no lo hace, Baclo será una pesadilla y Batú un gran mentiroso.
— Hambre; además de sed, los inmortales tenemos hambre.
No pensó que aquello pudiera constituir una traición, así que decidió apropiarse de la estola real –cálida piel de guepardo- para acurrucarse dentro de ella.
— Si no vas a resucitar no te sirve para nada. Y, al menos yo, mientras estuve muerta, ni frío ni calor sentía.
Se mordió la cara interior de los carrillos. Al fin algo que beber: su propia sangre.
— Seguro que han pasado ya un par de días. Kaloumi Deklam, ¿por qué no te dejas de juegos? Los Dioses debéis resucitar el primer día después de vuestro funeral, ¿es que nunca te lo explicó el Sacerdote?
Tal vez Batú estuviera engañándoles a todos. O su Portavoz. Cuando uno siente esa sed, esa hambre, cualquier blasfemia parece una posibilidad.


*


Al final de aquella noche la sangre de su boca no calmaba ya la sed; tenía la garganta acartonada, por ella corría el líquido sin acabar de paliar la quemazón que la incendiaba. Además ahora, con cada sorbo, el estómago se le revolvía y las arcadas hacían que se estremeciera.
El día avanzaba sobre el valle arenoso de ahí afuera y el calor del sol meridional se filtraba por los poros de la roca. A su lado, el husmo de Kaloumi empezaba a ser insoportable y, con la temperatura, hacía que las arcadas aumentasen. Pero ya no le quedaba bilis que vomitar. Toda la que alguna vez había tenido ahora formaba un charco, resbaladizo y verduzco, a su lado. Lo había probado, pero eso sí que no quitaba la sed.
— Nos engañaron, amor mío; los Dioses no resucitáis, y yo dudo de que alguna vez haya estado muerta.
Quizá si se acercaba a la entrada de la cueva, ese gran agujero taponado por una roca aun más inmensa, lograría que sus gritos fueran oídos por la tribu. Si era así, ¿qué iba a decirles? “Les diré que nunca dejen de cuidar cerdos porque los Dioses no vuelven a la vida, que Baclo está lleno de esqueletos de Dioses muertos, de esposas de Reyes que fallecieron respirando los hedores corruptos de sus maridos”.
Era la segunda vez que sentía aquel cosquilleo recorrer la cara interna de sus muslos. Esta vez fue más cuidadosa y lo atrapó. Un escarabajo. Dejaba cierto regusto amargo en el paladar, pero hubiera dado un brazo a cambio de diez como aquél. Y, cuando al fin reunió fuerza bastante para ponerse en pie y caminar, la roca de la puerta hizo que sus nudillos sangraran. Aporreándola, gritó las únicas palabras que podía gritar:
— ¡Socorro! ¡El Dios ha muerto!
Ante la falta de toda respuesta, derrumbada en el suelo y recogida sobre sí misma, de nuevo, pero solamente para sus oídos:
— ¡…socorro…!


*



Si pudiera verse a sí misma, con aquella sonrisa enajenada y sucia de pies a cabeza, seguramente pensaría que estaba ante otra persona. El producto de cinco días de encierro había sido ese millar de venitas reventadas, esas decenas de rasponazos, la docena larga de pequeñas cicatrices repartidas por su orografía de piel caoba, antaño hermosa. Ahora trataba de combatir el frío de la noche renacida golpeándose  los muslos con las palmas de las manos. Algo había cambiado; en su rostro brillaba una desquiciada mueca de felicidad.
— Te amo, mi querido Deklam, aunque no fueras un Dios te amaría igual.
¿Cuál había sido el milagro que le había llenado el estómago, cuál la magia que había colmado su sed?
— Te prometo que no volveré a aporrear la entrada.
Se había roto dos nudillos la última vez que lo hizo. Además, había tropezado con el cuerpo pútrido de su dios hogareño y, al caer sobre él y abrirse una ceja, decidió que ya no había tiempo para más esperas.
— Ya no vas a resucitar –le dijo entonces, o tal vez se lo dijo a sí misma.
Él, como todos los demás, se había marchado al Infierno de los Elefantes.
— Todos los Herederos de la Huerta acaban yendo al mismo lugar al que pronto irá también Nónede.
Sí, no tenía muy buen aspecto. Tampoco creo que le importara. Dentro de su enajenación había encontrado un modo de ir sobreviviendo incluso en Baclo.
— El sabor es francamente repugnante, pero al menos tiene sabor.
¿Cuánto tiempo tardaría aquella dieta en matarla?
— La primera vez, amor mío, lo vomité todo. Ahora ya me he acostumbrado y aguanto las arcadas. Estarías orgulloso de mí. Ya no lloro, ni me pongo a gritar como una loca. No, ahora me comporto con la dignidad propia de toda una mujer del Dios Avena.
Entonces repite aquel movimiento: alza la mano y se lleva a la boca el pedazo de carne y fémur. La pierna derecha. Algunos de los abalorios de sus joyas han resultado ser cuchillos aceptables.
— Te amo; más que nunca te amo. Ahora eres tú quien me da la vida. Gracias a ti alcanzaré la muerte.

Hoy el Heredero de la Huerta es un heredero cojo. Mañana tal vez deba perder ambas orejas, o la nariz, o el antebrazo. Por el momento, la sangre que aún no se ha coagulado sabe a néctar de dioses.

EL “ESCALADO”

“Estimado señor Director: Sigo con atención los tres boletines que diariamente emite su cadena y no puedo menos que manifestarle mi indignación al ver cómo tratan en sus informaciones a los que ustedes, al igual que la policía, llaman “jugueros”, esto es participantes en el Juego de las Seis Escalas. Desde que el Gobierno prohibió las realidades duplicadas, hace de esto ya seis años, su emisora nos presenta a los jugadores como si fuéramos toxicómanos o, peor aun, como meros delincuentes juveniles. Puede ser cierto que el “Escalado” sea comparable con una droga, en la medida en que permite evadirse de una realidad hostil, o quizá porque todo es comparable con todo, pero de ahí a la delincuencia media un largo camino que jamás recorremos: por causa del juego ni robamos, ni asesinamos… No sé por qué se nos estigmatiza cuando, en todo caso, si a alguien hacemos daño es a nosotros mismos. ¿Tal vez sea porque, gracias al juego, poseemos cierta identidad, cierta conciencia de grupo? No es ninguna casualidad que apenas haya jugadores en los barrios ricos de Rutaio, en la bahía almantina. Allí la gente nace en clínicas privadas, se cría en casas con piscinas, acude a universidades de pago donde les enseñan a ser ingenieros, o médicos, o biólogos. ¿Para qué pueden necesitar ellos a Dominio? La realidad virtual que a nosotros nos ofrece el juego, para ellos no es otra cosa que su vida cotidiana. Quizá para ellos así seamos alguna rara especie de delincuentes, pero es fácil entendernos si se sabe lo que supone, como en mi caso, nacer en el cinturón sur de una ciudad como la nuestra. Cuando tienes cuatro años de edad te empiezas a dar cuenta de cómo está ordenado el mundo y, dentro de esa jerarquía, el nivel exacto en el que estás condenado a existir: tu padre vive de la renta del desempleo la mitad de año y la otra mitad sobrevive ocupando un puesto en una cadena de montaje donde el mercurio, el amianto o la ferralla le carcomen el cerebro, los pulmones o el estómago, de modo que acaba por dejar el empleo y regresar a las rentas del paro; tu madre bebe demasiado y no soporta a sus hijos, y un día se muere con la tripa llena de vino y el hígado destrozado, y a tu padre sólo se le ocurre decir “maldita borracha, ni siquiera había fregado los platos del mediodía”; tienes tres hermanos, y uno va a la universidad pública y se licencia en derecho, y tú lo ves como el tío más listo del mundo pero, al acabar la carrera, los ojos asombrados de tus diez años de edad lo ven tomar posesión de su gran empleo: portero de una casa de vecinos en la parte alta de nuestra bienodiada Ullma: ¡todos esos años estudiando para acabar saludando cada mañana al señor Willson, para acabar portando hasta el contenedor cada noche la basura de la señora Almansa! Tu única distracción, en las faltas al colegio, consiste en pasar los novillos sentado en cualquier muro asardinado, esperando a que ocurra algo en el barrio que atraiga la atención de la policía y, créame, siempre hay algún marido que pega a su mujer, algún comerciante que persigue a un ratero, una riña de verduleras, tráfico de drogas, un ajuste de cuentas, un asesinato. De pronto, un día descubres que has desembarcado en la adolescencia y ya vas dos cursos retrasado en la escuela elemental, y alguien te presta un programa de realidad duplicada, algún sencillo juego que puedes probar en tu propio ordenador: una batalla de naves espaciales, un criadero de conejos, un viaje submarino… Si a los veinte años todavía sigues vivo, te enteras de que existe una increíble aventura llamada Dominio y que para disfrutarla únicamente necesitas una clave de seguridad, una copia de ti mismo –lo que llamamos un “avatar”, una recreación electrónica de la propia identidad- y una línea abierta de la que colgar tu ordenador. El día que pagas por tu avatar –es relativamente fácil encontrar en el extrarradio a “cerebritos” capaces de esquivar a cambio de unos pocos billetes las restricciones que las agencias de protección de la identidad legal cuelan en las redes- y, tras cargar en tu ordenador la versión no purgada del programa, das la orden de “juego”, el mundo (todo el Mundo, el de los ricos y el de los pobres, el de los trabajos de mierda, las madres alcohólicas y los hermanos fracasados) se transforma: estás en Dominio, el planeta del Escalado, dentro del cual puedes elegir el escenario donde deseas permanecer, el lugar donde eliges vivir; porque debo aclararle, señor Director, que tú eres tu avatar; efectivamente, no es que “veas” lo que tu clon virtual hace, no, tú eres quien estás haciendo lo que él escenifica en la pantalla. Mi avatar se llama Arrebato y, como todos los clones digitales, pasó su primer año de existencia virtual en el paraíso denominado Terraza. Le diré que más de la mitad de los jugadores rara vez salen de Terraza. En ese edén no hay, como en el sur de Ullma, prostitutas enganchadas al cristal azul o niños atiborrados de pegamento; es un pequeño paraíso costero: hay una playa de arena fina, el sol luce sin llegar a quemar, los martinis son de balde, y tú te pasas las horas sentado en la terraza (de ahí el nombre), charlando de cualquier tema banal con los avatares de todos los demás jugadores. Te puedes dar un chapuzón si lo deseas, jugar a la pelota, broncearte o pasear por la orilla del mar, aunque lo verdaderamente atractivo de Terraza es, precisamente, poder estar ahí, sin nada que hacer, sentado frente a tu copa, y charlar con gente que siempre tiene algo interesante que decir. Como puede ver, señor Director, Terraza es un plácido lugar como esos donde usted, seguramente, veraneará cada año. Sólo que nosotros no tenemos dinero para pagarnos un viajecito hasta la costa del Océano Almanto –el desempleo no da para muchos jubileos- y la única forma de obtener siquiera un sucedáneo es la Primera Escala. Muchos jugadores, además, acuden al Bramadero: el segundo nivel del Escalado. Imagíneselo: un  local gigantesco donde la música suena, machacona, a todo volumen, luces de colores que giran y giran, tú estás dopado y no puedes dejar de bailar. Eres el rey del estrépito, ligas lo que quieres y con chicas que, créame, tienen que ver más con una fábula erótica que con la física realidad de aquellas a quienes esos clones femeninos representan. En Bramadero todo es como tú deseas verlo; el mundo es una colosal burbuja de cava, la gente, maravillosa, y tú estás feliz por poder participar de esa inmensa comunidad danzante. Si has deseado que en Bramadero surgiese un plan, entonces te trasladas a la tercera escala, Panal. Yo soy un tipo enclenque, todo lo contrario de mi apolíneo Arrebato. Por lo general, de Bramadero a Panal voy con Espora, un avatar femenino cuya belleza, me apuesto la vida, nada tiene que ver con la desconocida mujer de carne y hueso a la que representa; y eso lo sé porque las mujeres como Espora, sencillamente, no existen. ¿O ha visto usted alguna vez una mujer de pechos perfectamente idénticos? Pues sepa que Espora los tiene, de igual peso, altura y firmeza el diestro y el siniestro. Panal es otro paraíso virtual: la cama es redonda y está cubierta de cojines de colores, la luz provoca sutiles claroscuros, el aire huele a rosas. Ya ve, mientras en Dominio hubo solamente esos tres paraísos, el Gobierno toleró el juego. Así es, al principio únicamente podía escoger entre mandar a tu clon a holgazanear en Terraza, a bailar o drogarse en Bramadero, o a aparearse en Panal. Al parecer, no había nada de malo en que todos esos jovencitos desocupados creyeran  que la vida era una tertulia junto al mar, que cada noche se congregasen para bailar frenéticamente antes de copular electrónicamente sin riesgo de embarazos indeseados. No sólo lo toleró, de esto usted tendrá noticia, recordará que la primera versión del Escalado –que entonces se comercializaba con un cursi  “Repertorio Virtual de Clímax” como línea explicativa del producto- lo repartió el Servicio de Asistencia Social de Ullma gratuitamente entre los enfermos terminales de las clínicas estatales a fin de hacerles más llevadera su agonía. Claro que un programa así no puede durar mucho tiempo sin que alguien acceda a su código fuente y lo transforme en un verdadero juego de ordenador, en una auténtica ruta donde escoger entre el bien y el mal, el Edén o el Infierno. Entonces aparecieron, en versiones pirata, las tres nuevas escalas (Utopía, Red y Desafío), y el Ministerio de Orden Público decidió prohibirlo porque aquel aséptico engañabobos se había transformado en un mundo iniciático en el cual podía llegarse a perder la vida o, incluso, la razón. Definitivamente, se les fue de las manos cuando la gente, al pretender acceder al sexto nivel, sufría ataques al corazón o se volvían oligofrénicos. Pero, ¿cómo pararlo, si Dominio se había vuelto la vida misma? A  cambio, ¿qué ofrecer?, ¿otra vez las calles atestadas de desgraciados?, ¿otra forma de morir, la toxicidad de una planta incineradora? En otro tiempo la gente acudía al Escalado para huir de la realidad; ahora vamos al él para superarla. No todos lo conseguimos, ese es el problema, aunque desenvolverse en Utopía es bastante sencillo: eres el tirano de un país atestado de miserias; tú eres el Rey y vives en la abundancia; mientras tanto, tus súbditos sobreviven en insalubres chozas de arrabales pestilentes. Tres veces al día te traen a un súbdito al cual tú torturas y devoras, hundiendo la cabeza en sus vísceras, degustando su carne cruda, bebiendo su sangre, caliente todavía. Lo bueno –la grandeza de este nivel; su peligro, obviamente-  es que eres tú quien eliges a aquellos que deseas devorar: puede tratarse del Director de un canal de noticias en Internet, cualquier Ministro, un policía, o… a tu familia, a tus hermanos, a ti mismo. Comes aquello que odias, y no es nada extraño que uno se odie a sí mismo más que a cualquier otra persona. De esta forma, hay jugadores que acuden al cuarto nivel exclusivamente para devorarse cada día a sí mismos, y así, destrucción y autodestrucción se convierten en una constante vital que, más allá de la virtualidad del clon, alcanza al hombre de carne y hueso que posee, al fin, el poder de los poderes: comerse, morir y, al concluir la partida, resucitar. Ustedes, los periodistas, tan dados como son a las estadísticas, ¿cuántos jugadores creen que acuden, diariamente, a esta Escala? Si piensa que son miles en Ullma, imagine un número infinitamente abrumador en todo el país, en el planeta entero. Devorar, devorarse. Matar, suicidarse. Y, no obstante, hay otro reino, el del auténtico dolor, que se llama Red. ¿Cuántos cree que encaminan allí sus pasos cada vez que se conectan a Internet? Qué quiere que le diga, yo mismo reconozco que Red y Panal son mis dos niveles preferidos; si en ello hay alguna desviación mental, o no, no lo sé. Voy a concederle el privilegio de que sea usted, señor Director, quien lo decida. ¿Qué es Red? Es una trampa obsesiva, como esos sueños donde uno parece estar a punto de morir –porque cae sin cesar, porque sus perseguidores están a un paso de distancia-, pero nunca acaba de morirse del todo –no hay suelo donde quedar aplastado, “ellos” no logran darte caza-. Esos sueños, como Red, se resumen en la agonía, que es su esencia, su explicación, su corolario. En la quinta Escala estás sujeto a una gran telaraña, rodeado por clones de subespecies humanas –hay quien los prefiere a los colmos de la belleza, como Espora, como yo mismo- que acuden a comer tus entrañas, a defecar en tus vísceras, a revolcarse en tus babas… Es muy desagradable, y sé que no dice nada en mi favor afirmar que acudo al menos tres veces por semana a Red, pero lo hago. Y ahora, ¿qué?, ¿eso me ha convertido en un delincuente? Supongo que es el juego mismo de la vida como ustedes la han hecho, señor Director, y aquí no hay nada de delincuencia. Entre ser Rey devorador y víctima devorada algo hace que me quede con el rol de víctima (por eso no tengo esperanzas de abandonar jamás el mísero suburbio en el que me he criado). Pero las verdaderas víctimas, los auténticos jugadores, son aquellos que acuden a Desafío, el sexto nivel. Magnífico: un viaje a tu propia mente, un recorrido por tu corazón tal como es, un tour por tu propio cerebro. ¿Le parece poca cosa? No conozco a nadie que, si ha logrado regresar de Desafío, conserve intacto su sano juicio. De todas formas, lo que yo quería hacerle entender era que Dominio no es una escuela de delincuentes, como ustedes sostienen, sino todo lo contrario, un psicólogo barato para los habitantes de este infierno suburbano, caótico y miserable en el que los jugadores crecemos. Creo que esta carta va a quedar coja, de todos modos, si no le hablo un poco más acerca de Desafío, ¿no? El caso es que el único modo de averiguar algo más acerca del sexto nivel es entrar en él, y yo nunca lo hice. Espero que todo esto sirva para convencerle de que deje de estigmatizarnos en sus noticiarios: bastante tenemos con vivir  en el sur de Ullma, ¿no le parece?


Otro “juguero” muerto. Tenía unos diecinueve años, piel negra, pelo rizado y una barbilla como demasiado huída hacia delante. Lo halló su padre aquella misma noche y decidió enviar, de todos modos, la extraña carta que su hijo había dejado pendiente de envío en el buzón de salida de su correo electrónico. Sobre su cabeza, animadas en el monitor, se apagaban y se encendían intermitentemente las palabras que conformaban el fin de la partida. Simplemente: GAME OVER.

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