VIVIR EN BUCLES

Vivimos en bucles.

Y ya no hablo sólo de las rutinas que componen nuestro día a día (desayunar, trabajar, comer, cenar, dormir), las de cada semana (al cine los viernes, pádel cada mañana de sábado, visita al abuelo los martes) o las de cada año (Semana Santa en el pueblo de tus padres, una quincena de agosto en el de los míos, del uno al siete de septiembre en Peñíscola, y al menos dos  fines de semana durante el invierno a esquiar a Baqueira). Hablo sobre todo de los bucles de nuestro pensamiento. Esos que se alimentan de nosotros. Los mismos bucles que nos alimentan.

Os propongo un ejercicio: durante una semana llevad con vosotros siempre encima un papel y un bolígrafo; anotad en el mismo una línea que dé cuenta de los momentos en los cuales os descubráis pensando en una idea, en un tema recurrente. Cuando el domingo acabe revisad vuestra lista. Encontraréis tres, cuatro, cinco, tal vez seis asuntos  a los que vuestra mente le ha dedicado un tiempo no ya excesivo sino, creedme, abrumador.

En cada persona habitan unos bucles de pensamiento diferentes, unas ideas que se repiten de forma circular y sin apenas avanzar en ninguna dirección, sin hallar solución al problema mismo que plantean, sin cerrar del todo ningún círculo, pero repitiéndolo casi hasta el infinito. No todas ellas son obsesiones, no todas ellas tienen un carácter paranoico, no son todas votos a favor de la depresión, por supuesto, pero son (casi) circulares. Ideas con forma de espiral. Bucles.


A lo largo de la vida esos bucles también varían. Uno se puede pasar años con el recuerdo de una madre posesiva llenándolo todo y, de pronto, el espacio mental, hasta el que se convierte en eje de nuestras conversaciones, se inunda de una queja permanente acerca del hombre que arruinó tu matrimonio, o de la mujer que se quedó con casa e hijo, o, simplemente, de esa idea política -tu nación, tu clase social- o de esa aspiración -literaria, artística, económica- que tanto te ilusiona. Ideas, prejuicios, pretextos, odio, esperanza.

Vivir en bucles de pensamiento, o mejor dicho convivir siempre con nuestros propios bucles de pensamiento no es necesariamente malo. Hay bucles extraordinariamente satisfactorios. Por ejemplo, un hobby se puede convertir en un bucle que nos dé aliento diario. El fútbol, el ajedrez, la literatura escocesa, el manga,... si en tu lista descubres que hay alguna de estas cosas, esas aficiones que consumen tu ocio más productivo y placentero no te quepa duda de que las calificarás de un modo positivo. Te darán aliento.

Otros bucles tienen que ver con la ansiedad. El uso tempestuoso de la pornografía, por ejemplo, o cierta pasión desordenada y hambrienta por alejarse del mundo a fin de completar ese puzzle de diez mil piezas que llevas dos meses intentando acabar. Hay bucles que, al menos yo, no sé dónde ubicarlos, si en el lado de lo positivo o en el lado de lo tortuoso. Entre el cielo y el infierno son espirales de pensamiento que pertenecen a los dioses del purgatorio. Ahí anidan muchas pasiones religiosas, ciertas ansias viajeras y esos amantes que van y vienen, sin acabar de quedarse en nuestras vidas, sin irse del todo. Esos canallas divertidos. Sí, esas que bailan un día con la culpa y otro con el éxtasis.

Pero hay bucles que son cadenas con las que nos degollamos un poquito cada día. Los bucles de la culpa, los de la ausencia, los del fracaso. 

A veces me encuentro con personas que pasan de fustigarse por haber roto un matrimonio con un marido "perfecto" a primera hora de cada mañana a iniciar la tarde con el recuerdo de su madre muerta y a acostarse pensando en lo mucho que habría mejorado su vida si hubiesen acabado la carrera de medicina, o si hubieran aceptado aquel trabajo de mecánico que les ofrecieron en Alemania.

Vivir encadenado a esos bucles constituye una verdadera tortura, una tortura sin fin porque rara vez disponemos de la oportunidad de enfrentarnos a esos temores, a esas culpas, a esas oportunidades perdidas. Casi nunca podemos recrear los paraisos que incendiamos, ni replantar los árboles que otros talaron, ni hacer que el tiempo corra en sentido contrario a las agujas del reloj.

Creo que vivir feliz tiene mucho que ver con aprender a desasirse del poder de esos bucles tóxicos y convertir en realidad eso a lo cual nos dirigen los otros, los que hablan de anhelos y aspiraciones, de deseos.

Hace muchos años oí un dicho que afirmaba que si se cambia lo que se piensa, se cambia lo que se dice, y que si se cambia lo que se dice, se cambia lo que se hace. Claro, si haces algo diferente acabarás por pensar diferente.

Puedo asegurar que es cierto. Que uno no tiene por qué pasar toda su vida encadenado a la toxicidad de esta o aquella espiral pensante. También en esto el papel de la voluntad, el querer es la clave.















Ilustraciones: E. M. Escher.

4 comentarios:

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