lunes, 5 de junio de 2017

ENEMIGOS INTIMOS


De vez en cuando es bueno echarse un enemigo que nos devuelva una imagen de nosotros mismos distorsionada por la ira. Un buen enemigo es como un espejo de odio que saca a relucir lo peor de nosotros mismos: la envidia, el coraje, la agresividad,… 

A un enemigo como dios manda siempre estamos retándolo. Queremos y no queremos encontrarlo a todas horas. Ocupa una buena parte de nuestro pensamiento. Tenemos con él largas conversaciones cuando no está presente, le largamos cuatro o cinco frescas cuando no le tenemos delante y alguna pulla cuando se nos cruza en un pasillo, en la mesa de al lado, cuando nos topamos en el ambulatorio o en la oficina del paro.

A un enemigo le negamos el agua en el desierto, el asiento en el autobús, los apuntes de Derecho Canónico en la facultad y el turno de vacaciones en el trabajo. Si se le cae el bono del metro al suelo lo pisamos para que no lo encuentre, si pregunta por un buen restaurante para cenar lo enviamos derechito al garito donde peor nos sirvieron en nuestra vida. La cura que le proponemos para una escocedura le tendrá una semana rascándose sin parar, con la piel en carne viva. Que se prepare para una muerte dolorosa si es a nosotros a quien pide el antídoto tras una mordedura de serpiente.

Yo he tenido tres, cuatro, tal vez cinco enemigos en esta vida a los que pudiera denominar como tales y, lo más curioso del asunto, es que a algunos de ellos les debo una pequeña parte de lo más luminoso de mi existencia.

Josetxu fue enemigo ocasional, apenas durante unos meses. En quinto de la EGB –la primaria de los años setenta- era un rival en clase en casi todos los aspectos: jefe de la cuadrilla, notas en las asignaturas, altura y complexión física,… Al fútbol yo era mejor, pero él tenía más fuerza.

Hubo un día en que él dijo que Cristina era su novia y a mí me dio por afirmar que no, que era la mía. Teníamos once años, así que a Cristina no le preguntamos nada y solucionamos ese asunto como se arreglan las disputas a los once años: él me arreó media docena de puñetazos, yo le asesté cuatro o cinco patadas en las costillas, acabamos abrazados contra la pared del aula intentando ahogarnos el uno al otro durante la hora del recreo escolar hasta que el profesor entró en clase, nos separó, nos dio un pescozón a cada uno… y ninguno de los dos confesó la razón de aquella pelea. (Con once años uno no anda por ahí diciendo que ventila sus cuitas de amor a puñadas, no por el uso del puño como arma letal, que eso queda muy propio de la edad, sino por la palabra “amor”. Asusta. Provoca una infantil sensación de ridículo).

Josetxu era mi enemigo, es cierto. Pero también se convirtió unos meses más tarde en un buen amigo con quien organizar vibrantes juegos del escondite, el bote o la cazuela, un amigo que cambió de colegio en sexto y ya apenas pude ver durante los años siguientes.

Murió con poco más de veinte años, víctima, como tantos otros de mi generación, de la heroína. De todos mis enemigos íntimos, él ha sido el único que ya falleció y, mira por dónde, resulta que su fallecimiento me sigue conmoviendo, así que imagino que muy enemigo no debió ser. Eso, o que al cabo la fase de amigo aportó más que la previa enemistad.


¿Y Cristina? Bueno, Cristina se enteró de aquella pelea casi cuarenta años más tarde. Los mismos que yo tuve que esperar para que aquella disputa acerca de quién de los dos era su novio quedase dilucidada.

Por suerte, gané yo.


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