sábado, 24 de junio de 2017

EL (NUEVO) REPARTO DE LA RIQUEZA

El progreso económico consiste en que cada vez hace falta menos gente para hacer las mismas cosas, pero el volumen total de riqueza que el total de las cosas genera para una sociedad es, no obstante, cada vez mayor. Lo cual no quiere decir que el total de los habitantes de una sociedad viva cada vez mejor, puesto que no hay ninguna regla natural que conlleve una tendencia innata al reparto de la riqueza. A medida que hay más recursos disponibles en el mundo es un hecho que el reparto de los mismos es cada vez más desigual.


Y lo que pasa con la política de hoy es que no es capaz de anticipar un hecho que está a la vuelta de la esquina: ¿de qué van a vivir todas las personas que no necesitaremos que produzcan nada de aquí a dentro de unos pocos años? Es verdad que la inmensa mayoría de la población mundial vive con una parte casi insignificante de la riqueza global pero, aun y con todo, quien invierte en la industrialización de su empresa lo hace, sencillamente, para ganar más, en algunos casos para ganar todavía más.

Observemos nuestras sociedades, las industrializadas quiero decir, esto es; casi todas. El caso es que las llamamos industrializadas cuando en ellas el peso económico de la industria es realmente marginal. Al igual que hoy somos mil veces más eficientes en el campo –producimos muchos más alimentos con porcentajes casi ridículos de población siendo mano de obra campesina-, también somos más eficaces en la industria. Un ejemplo entre millones: cerca de donde yo vivo hay una enorme empresa siderúrgica que hace treinta años empleaba a más de 4000 personas. Hoy produce diez veces más acero que entonces y emplea a escasamente 800 trabajadores.

Esa gente que ya no trabaja en la industria ni en el campo lo hace en lo que llamamos “sector servicios”. Agentes de seguros, de cambio, limpiadores, enfermeros, camareros,… Hoy es un hecho que buena parte del trabajo que realizan estos profesionales puede ser realizado por máquinas: podemos contratar seguros por Internet, o encargar por ese mismo medio la compra o venta de acciones, la limpieza de muchos espacios públicos está ya casi completamente automatizada, hay camas que monitorizan a los enfermos de tal forma que las labores de enfermería cada vez se pueden sostener con menos profesionales sanitarios, y hay ya locales de restauración atendidos íntegramente por máquinas que hacen  café, sándwiches, gintonics, etcétera.

Como sociedad podemos decidir ralentizar el proceso que nos irá conduciendo a un mundo donde las máquinas hagan buena parte de las cosas que, todavía, hacemos nosotros, pero ese mundo acabará llegando. ¿Y entonces de qué van a vivir todas esas personas que no realicen las tareas que todavía queden en manos de las personas?

Creo que la lógica capitalista que lleva a afirmar como un axioma que el dueño de la fábrica se queda con todos los beneficios resultantes del proceso productivo queda fuera de este mundo, o al menos debiera ser enormemente modulada. E igualmente cada vez significan menos muchos eslóganes izquierdosos como “la tierra para el que la trabaja” o “en lucha por un convenio justo”. En esto las ideologías religiosas poco tienen que aportar y el nacionalismo poco añade, si bien la idea de nación y la de nacional –como sujeto con derecho a sobrevivir en una comunidad que se autodenomine “nación”- está destinada a cumplir un rol relevante en los nuevos tiempos que nos esperan. Por muy mundialistas que nos pretendamos, la solidaridad es algo que se da entre aquellos que se sienten iguales y en el terreno de los derechos la nacionalidad es el primer parámetro que nos hace sentir igual a otro.

Es difícil imaginar un tiempo en el que un hombre dueño de una empresa pudiera ganar tanto como hoy ganan los fundadores de Inditex, Facebook o Apple, por poner únicamente tres ejemplos, y aceptar como un dato del paisaje que haya en nuestras sociedades millones de personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza. Y ojo, no hablo de quitar al rico para dar al pobre, porque es verdad que la mayor parte de esos ricos trabajan doce horas al día para seguir siéndolo, y que buena parte de esos pobres tampoco se esfuerzan demasiado por salir de esa pobreza (y soy capaz de nombrar con nombres y apellidos a bastantes de esos pobres satisfechos con su vida costeada por instrumentos de solidaridad social como el de la renta de garantía salarial, por poner un caso). Hablo de hasta qué límite puede ser uno rico, hasta dónde podemos permitir que uno sea pobre.

Lo que seamos como sociedad en el futuro es algo que escapa a mi capacidad de proyección, pero sí veo, de una forma meridiana, que el verdadero problema de nuestro tiempo no está en el terrorismo o en las burbujas inmobiliaria o financiera, sino en el hecho de que vamos a tener en pocos años un mundo capaz de generar una riqueza infinitamente mayor que la actual y que nos toca ir imaginando cómo repartir los excesos permitiendo una acumulación de rentas razonable de emprendedores y trabajadores y un nivel de ingresos suficiente para masas, cada vez mayores, de personas total y completamente improductivas.

Y no veo a un solo político pensando en esto. O sea, que me temo mucho que seguiremos improvisando.




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