VIDAS DE BAR


(DÍA 3)

La vida de un camarero es como la de cualquier otro trabajador. A la hora que le toque cada día se levanta de la cama, se ducha –si toca o si acostumbra-, afeita –en el caso de ser hombre-, se maquilla –en caso de ser dama-, se viste, desayuna, prepara el desayuno a sus hijos –si los tiene y hacen juntos esa primera comida del día-, los lleva al colegio –si es su tarea- y, al final, enfila el camino hacia su trabajo. Lo normal será que deba levantar una persiana y abrir una puerta ubicadas bajo un cartel que identificará el establecimiento donde pasará las siguientes ocho, diez, doce horas: Bar La Estación es un clásico, al igual que Cafetería París o Restaurante El Paso, pero uno se puede encontrar con lugares de nombres tan peculiares como El Gnomo Glotón o El Viandar del Motero. En esto de las denominaciones de los establecimientos hosteleros ocurre como con los nombres de los hijos; hay quien prefiere los apelativos de toda la vida (tanto da Dolores como Bar Lola) y quien opta por los bautizos que suponen un reto para el párroco (Jessica Jennifer de Jesús) o para la memoria de los clientes (Café de la Esquinita del Puerto).

El caso es que, se llame como se llame el local donde preste sus servicios, un camarero se enfrentará cada día a la complicada tarea de servir las comandas de sus clientes en tiempo y forma. Y la realizará correctamente si el tiempo es el adecuado y la forma es la correcta. Un primer plato sólo ha de llegar frío a la mesa si contiene una ensalada; un café sólo si se pidió helado. De eso es de lo que hablamos cuando nos referimos al tiempo.

A mi juicio, sin embargo, lo relevante son las formas. Lo que hace bueno o malo a un hostelero no es la mayor o menor velocidad con que traslade el gintonic de la barra a la mesa, siempre que los hielos no se derritan por el camino, claro. Lo que lo hace bueno es si al final de ese camino lo que lleva en la cara se llama “sonrisa”.

Ya sé que el de un camarero no es un trabajo más agradable, ni menos, que otros. Y que nadie le pide a un minero o a un camionero que realicen su tarea con amabilidad, pero es que ellos no forman parte del ocio de los demás. Esto es lo relevante, precisamente esto: uno va a un bar a beber y a comer, es cierto, pero, antes que cualquier otra cosa, uno acude a esos lugares a descansar. La cafetería tendrá como primer reclamo la calidad del café que sirva, su surtido de bollería, pero como la que se coloque detrás de la barra sea una “borde” va a dar igual que le hayan dado el premio Nobel de espumar cortados que su negocio irá derecho a la ruina en cuatro días.

Es tan importante que el barman de un establecimiento medio vacío sepa escuchar a un cliente cuando tiene un día complicado como lo es que no se siente a charlar en la mesa de un grupo de clientes cuando hay otros a los que todavía no les han servido el postre del menú. El principal ingrediente para el éxito de un desayuno completo no es que no se queme la tostada, ni lo es que el zumo recién esté recién exprimido: el principal ingrediente es que el cliente lo pueda degustar tranquilo, en un local limpio, adecuadamente iluminado,  con la televisión a un volumen razonable,  con la dosis adecuada de amabilidad y profesionalidad en el trato por parte de la dueña del local, de cualquiera de sus empleadas.

Profesionalidad hay mucha y está muy bien repartida por todo el territorio patrio. No negaré que a lo largo de la vida he topado con hosteleros que eran auténticos puercoespines, y no siempre en locales de donde huía la clientela, pero la verdad es que lo habitual ha sido encontrarme con verdaderos profesionales detrás de las barras de bares, cafeterías y restaurantes. Eso sí, no sé si será porque al final cada lugar fija una impronta a sus habitantes, pero no tiene nada que ver lo que un barman vasco entiende por simpatía con lo que por lo mismo entiende un malagueño. O, al menos, lo aplica de forma diferente.

En cualquier caso, lo que siempre es igual, es el concepto de mala educación. Va a dar lo mismo si a esta la llamamos “mala hostia” o “mala follá” que, como el camarero la exude va a impregnar todo su espacio de trabajo como si fuera la bocanada de un halitoso o el aroma del pachulí. Si yo huelo un día ese mal genio, esa falta de educación, ese trato desabrido o displicente, lo siento mucho, pero no me vuelven a ver el pelo en el local de que se trate. Puedo tomar un café malo porque una camarera sea amable, pero no soporto el desdén en el trato, la falta de amabilidad, la dejadez o la falta de higiene a la hora de servir un destornillador, una caña o una pulguita de jamón.


En el viaje de ida hacia Málaga hice un día escala en Úbeda. Allí comí y cené en un pequeño bar/restaurante llamado El Choyote. Permítaseme hablar de los dos camareros que atendían el local. Hubo un momento en que lo tenían lleno, tanto a mediodía como por la noche, pero ellos siguieron con su eficaz ritmo preparando cañas, tapas y raciones, encontrándose tras la barra una y otra vez sin chocar, pidiéndose paso el uno al otro con educación, hablándose entre sí con frases que acababan en un “por favor” o en un “gracias”. Debo reconocer que, tras la cena, alargué el tiempo en el local sólo por verles interactuar durante media hora más, realmente admirado de aquella amable forma de trabajar en común. Todo lo cual, por supuesto, sin descuidar en ningún momento la rapidez en el servicio y la amabilidad para con el cliente.

Algo similar me ocurrió en Málaga en un restaurante del barrio de Las Letras que se llama La Antigua. De cuatro comidas que hice en la ciudad, elegí ese local para tres de ellas. Y sí, la cocina era buena, pero lo que marcaba la diferencia, lo que me hizo repetir no fueron ni los boquerones ni el jamón; fue la cortesía, la simpatía con la que me fueron servidos unos y otro.


Vamos, que hicieron que mi estancia en sus locales de trabajo fuera agradable, estuvieran ellos pasando personalmente por el momento vital que estuvieran pasando. Y es que no lo olvidemos: si quieres llevar tu mala leche al trabajo hazte pocero; detrás de una barra, en medio de un salón de comidas, en el momento en que se abre la persiana comienza una pequeña obra teatral en la que un buen profesional sólo puede salir exitoso si se cree a su personaje.



*   *   *   *

Entre el día 27 de febrero y el 6 de marzo hice un viaje que me llevó a atravesar, en varias etapas, España de punta a punta, de Bilbao a Málaga, con la excusa de ver una exposición de Mark Ryden en esta última ciudad. A lo largo de esos días, y a propósito de lo que iba viendo y viviendo esos días, me fueron surgiendo una serie de reflexiones que ahora comparto con vosotros. Esto no es, por tanto, un diario de viajes. Es lo que me pasa por la cabeza mientras viajo. 

Mi paso por Úbeda sucedió el tercer día de ese viaje. Las fotos que ilustran este post son, por supuesto, fotografías sacadas durante esa jornada.



5 comentarios:

  1. Es cierto lo que escribís. Yo soy de frecuentar muy seguido bares para tomar un café en mis ratos libres entre una cosa y otra, siempre con un libro o un anotador para escribir. Hay lugares que de solo verle la cara al mozo (camarero) te dan ganas de huir.
    Los que están cerca de mi casa ya los conozco y voy siempre a los de clima agradable y distendido, con el mozo/a con la sonrisa pronta y el saludo amable.
    Un abrazo, Luis.

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    1. Mirella, estoy seguro que en esos momentos de pausa leyendo o escribiendo ofreces una imagen adorable.
      Te imagino recostada contra la silla, con la taza de café sujeta por dos dedos, a medio camino entre la mesa y tus labios, detenida ahí, en ese punto del espacio, porque en ese momento, justo en ese momento, en tu libro se va a desvelar el misterio del asesino.
      Pero, por dios, ¿a qué llamáis en Argentina "un anotador"?
      Un abrazo, guapa.

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    2. Anotador es una libreta, un cuaderno chico para tomar apuntes.
      Muchas gracias por tu imaginación, Luis, es muy exuberante.
      Abrazo.

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  2. Qué bien dicho y cuánta razón tienes, Luis. Para estar cara a la gente, sea cual sea el trabajo tienes que olvidarte de ti y de tus problemas. Concentrarte en los demás.

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    1. No sé, Tin, no sé. Tampoco tengo yo muy claro que los problemas se puedan olvidar en e trabajo. Lo que sí se debe intentar es orillarlos lo suficiente para entender que las personas a las que sirven son personas y, por tanto, se merecen la mejor versión de ti mismo.
      Un abrazo, amigo.

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