martes, 21 de marzo de 2017

EL DHARMA DEL VIAJERO


















(DÍA 4)

Viajar es un poco como despersonalizarse.

Uno tiene una vida hecha en un lugar determinado. Es allí, normalmente, donde se desenvuelve su vida social, amorosa. Allí construye uno su familia, cultiva su círculo de amigos, acude a su polideportivo a nadar, o a jugar al pádel, o queda cada lunes con alguien para disputar dos o tres partidas de ajedrez. Allí existe. Es lo que es, exactamente el que es.


Creo que no habrá ni una sola persona que no pueda decir que se viaja un poco para dejar, precisamente, todo eso atrás. No se trata de que nos disguste nuestra vida; podemos adorarla y, sin embargo, unos pocos días al año deseamos darle esquinazo. No ser nosotros durante unos días. Ser otro. Perfectamente desconocido. Totalmente otro.

Y luego está ese momento de vacío perfecto. A veces se da mientras observas el mar en una playa desconocida. De pronto no eres ni tú, no te sientes ahí. Has dejado de ser, de estar presente. Careces de entidad, de importancia. Eres sólo el paisaje que está ante ti. El mar. O la montaña. Sí, creo que eso es lo que les pasa a los alpinistas: que cuando alcanzan esa cima imposible hay un momento en que la visión del infinito nevado a su alrededor compensa el esfuerzo y el frío. 

A mí ese momento de perfecta vacuidad me suele sobrevenir conduciendo. Mientras escucho mi música preferida, al cabo de veinte o treinta minutos de tranquila conducción a ciento veinte por hora, de pronto la carretera, el paisaje se adueñan de mi mente, mis pensamientos se callan y sólo soy capaz de mirar al frente fundido en el entorno. Para eso hace falta un paisaje sorprendente, eso es verdad. Y que no apriete el tiempo porque hay una cita a la que acudir. Que el viaje tenga como sentido sólo eso: viajar.

Camino de Málaga, durante el cuarto día me vi recorriendo una larga autovía que me llevaba de Úbeda hasta mi destino final. Entonces me sobrevino esa sensación de la que hablo. Fue entre las provincias de Jaén y Granada, envuelto en un infinito mar de olivos. No sé si duró media o una hora, pero cuando ahora pienso en ello, recuerdo perfectamente el tipo de éxtasis del que tan a menudo hablaban los beatniks de la novela "Los vagabundos del Dharma", de Jack Kerouac (una de mis novelas de adolescencia favoritas).

En realidad, yo creo que viajo sólo para reencontrarme con esa sensación ser luz en una oscuridad tupida. Veréis, en esa novela leí por primera vez esta expresión: "Y así sea el rayo en el negro vacío", que era la trasliteración que él atribuía (me temo que no muy adecuadamente) al mantra "Om mani padme hum". Al margen de lo acertado de la traducción del bueno de Kerouac, yo me quedo con esa imagen del rayo restallando sobre la nada oscura para identificar esos momentos de perfecta comunión con el entorno.

El tiempo que duró fue mágico. 

Y cuando se acabó me encontré pensando en los olivos. Mi amiga Carmen tiene 140 olivos en La Mancha y dice que en cierta ocasión tuvo una oferta para venderlos. No pudo aceptarla. 

Los olivos viven más que las personas y que los edificios. Hay olivos en España que llevan existiendo desde hace más de dos milenios. Desde nuestro punto de vista como seres humanos, cualquiera de esos olivos milenarios es previo a la configuración de España como reino, como nación, previo al cristianismo... ¡Es sólo pensarlo y ya produce escalofríos!

Mientras yo iba camino de Málaga y me sentía como un rayo en medio de un oscuro vacío todo lo que me rodeaba era un océano de olivos. Y me sentí dichoso y pequeño. Y un poco borracho, como los protagonistas de la novela que antes he citado, rodeado de música, de olor a aceituna, de carretera, y de un cielo tan azul que parecía inusitadamente irreal. (Y juro que no había probado una sola gota de alcohol).




¿Entendéis ahora por qué digo que viajar es un poco como despersonalizarse? Si hay suerte, al menos durante un rato puede llegar a serlo.


*   *   *   *

Entre el día 27 de febrero y el 6 de marzo hice un viaje que me llevó a atravesar, en varias etapas, España de punta a punta, de Bilbao a Málaga, con la excusa de ver una exposición de Mark Ryden en esta última ciudad. A lo largo de esos días, y a propósito de lo que iba viendo y viviendo esos días, me fueron surgiendo una serie de reflexiones que ahora comparto con vosotros. Esto no es, por tanto, un diario de viajes. Es lo que me pasa por la cabeza mientras viajo. 



Este post lo abre una transcripción en sánscrito del mantra Om mani padme hum. En la mitad del texto os he puesto una foto de la edición del libro que yo leí -creo que fueron 4 veces- como si en él se encontraran todas las verdades verdaderas del dios de la verdad cierta. Las dos fotos de olivares las saqué en las cercanías de la ciudad jienense de Linares.

Por cierto, se calcula que en España hay 280 millones de olivos. Es una cifra que marea.

4 comentarios:

  1. "Ser luz en la oscuridad"
    caminando entre olivares repletos
    de caldos viejos, de ilusiones entre lagrimas
    y de seres que venero, los que enterrados
    en ellos solo silban, solo dejan sin tino
    hoy sus recuerdos.
    Andaluces de mi tierra donde partieron
    mis sueños a tierras estriñas un día
    para volver cuando puedo a la tierra...
    a esa tierra que venero.
    Gracias por compartir.
    Un abrazo

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  2. Pues igual te sorprendes, Antonio, pero en el viaje de vuelta a casa pasé al lado de una salida que marcaba Fuente Vaqueros. Conociendo tu amor por Lorca resulta que me acordé de ti. Ya ves. Mundo pequeño es este.
    Un abrazo, de basauritarra de adopción a basauritarra de adopción.

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  3. Me encantó tu texto, Luis. Cuando se viaja se puede reflexionar más, con serenidad y estar en permanente contacto con lo que el paisaje o el lugar produce en nosotros.
    Es más intenso si viajamos solos, en otros tiempos me gustaba hacerlo. Si estamos en compañía es completamente distinta la sensación y si hay afinidad con los que nos acompañan, también es grato compartilo.
    Un abrazo.

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  4. Gratamente sorprendido ya que la vida es casi perfecta. Pero no lo queremos entender.
    Fuente Vaqueros... (La fuente de los vaqueros, la cuna de tantos mitos que pusieron al poeta. Donde descubrí a mi abuelo cuando Federico, un uno de enero de 1936, inauguraba su primera Biblioteca... textos a mano con muchos tachones, que luego pasaron a maquina legible y cuyo alcalde del momento dejo constancia del acto... y mi sorpresa fue que entre los firmantes del documento aparece mi abuelo Antono Molina y su hermano Francisco Molina.
    Lo mame desde la cuna y me hice su devoto. Para mi no hay más dios que Federico el de la Fuente el que me cambio la mente en todo lo que realizo y asi seguiré, por la gracia de sus ,libros.
    Un saludo

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