sábado, 11 de marzo de 2017

DOS HORAS SIN WHATSAPP


(DÍA 2)

Comía con una amiga manchega en el parador de Almagro a mediodía de mi segunda jornada de viaje. Charlábamos y yo rebullía sobre mi asiento debido a una ciática que vengo arrastrando desde navidades y a la cual (¡bendita farmacopea!), mantengo relativamente a raya. (La puñetera no me deja correr ni brincar, pero al menos me muevo de un sitio a otro arrastrando la pierna izquierda).



El caso es que al final del almuerzo, cuando ya nos levantábamos para marchar, mi amiga me dice, sorprendida y agradecida a un tiempo, que le había gustado que durante las dos horas en que estuvimos sentados ni una sola vez había sacado mi móvil del bolsillo para comprobar si tenía o no tenía mensajes, si me había llegado alguna foto o un chiste en movimiento de esos que infestan las redes de mensajería instantánea. Al parecer mi comportamiento normal, el de hacer caso a la persona que está a mi lado, era algo extraordinario. Algo en lo cual habría que poner muchos emoticonos de caritas sorprendidas como estas:
 😲😲😲😲😲😲😲😲

Lo he estado pensando después, y es cierto. Total y absolutamente cierto.

Durante las reuniones laborales es raro que cualquier ejecutivo de medio pelo no acabe sacando el celular para comprobar su cuenta de WhatsApp. O que encargados o gerentes no se comuniquen con un tercero mandando un mensaje de texto, incluso una imagen de la propia reunión con el emoticono de un bostezo a modo de leyenda sobre la misma. De pronto los ves sonreír de medio lado a cualquiera de ellos y no sabes si es que lo que acabas de decir es una idiotez, como tampoco inverosímil, o si es que acaban de leer un chistecito de esos aparentemente ocurrentes, tales como "Hoy será el mejor lunes de toda la semana" ,o bien alguna barbaridad del tipo: "Cuando te enfades, cuenta hasta diez. Cuando llegues a ocho, sueltas una hostia. Nadie se lo espera".

Si quedas con alguien para tomar unas cañas, siempre habrá un momento –o muchos- en que cada cual se quedará absorto en su propio teléfono, redactando con los dos pulgares (si son usuarios avanzados) o con los dos índices (si son, como es mi caso, desorientados usuarios de las tecnologías digitales). Y así casi en cualquier lugar, casi en cualquier momento. En el parque con los niños, en la parada del bus, en el vagón del metro... Millones de personas simultáneamente escriben, copian, envían, reenvían, leen y releen su correo instantáneo.

Ya nadie habla por teléfono. Últimamente hasta me encuentro que cuando alguien quiere charlar conmigo por ese medio previamente me envía un wasap en el que se puede leer la siguiente pregunta: “Estás hablable?”. Sólo llamará si contesto que sí. Y no me parece mal, la verdad, porque a veces esas charlas telefónicas acababan siendo larguísimas conversaciones en torno a la meteorología local cuando el que llamaba sólo quería saber si esa tarde pasearíamos juntos, o si al día siguiente le acompañaría al médico, por poner dos ejemplos tontos. ¡Ay, aquel tiempo en que los enamorados pasaban cinco minutos extra al teléfono diciéndose el uno al otro: "cuelga tú", "no, hazlo tú", para acabar en un extático "colgamos los dos a la vez: una, dos y tres"!
Pero también es verdad que esos mensajitos nos han vuelto bastante maleducados. Interrumpimos una conversación familiar porque nos acaba de sonar un “beep” agudo en la americana, o distraemos la mirada en una convención pública, en una sesión del parlamento, en una vista oral del juicio solamente para conocer el último “meme” tonto que se ha vuelto viral en los celulares de medio país. Y que si lo pensamos un poco, diez minutos después ya ni recordamos. ¡Tan importante era!
Así que sí, supongo que es bastante destacable que ni ella ni yo hubiésemos mirado el teléfono ni una sola vez mientras comíamos. Será que estamos bien educados. O que tenemos una conversación entretenida. O quizá poseemos lo segundo gracias a lo primero. Pero es de agradecer, e igual que ella lo hizo entonces, ahora lo hago yo, que, como decían nuestros mayores, de bien nacidos es ser agradecidos.

*   *   *   *

Entre el día 27 de febrero y el 6 de marzo hice un viaje que me llevó a atravesar, en varias etapas, España de punta a punta, de Bilbao a Málaga, con la excusa de ver una exposición de Mark Ryden en esta última ciudad. A lo largo de esos días, y a propósito de lo que iba viendo y viviendo esos días, me fueron surgiendo una serie de reflexiones que ahora comparto con vosotros. Esto no es, por tanto, un diario de viajes. Es lo que me pasa por la cabeza mientras viajo. 

Mi paso por Almagro sucedió el segundo día de ese viaje. Las fotos que ilustran este post son, por supuesto, fotografías sacadas durante esa jornada.

1 comentario:

  1. Cuando le digo a alguien que no tengo móvil -o celular como lo llamamos en estas latitudes- se me queda mirando con una expresión desorientada, como diciendo: pero esta mujer en qué siglo vive...
    Es muy triste ver parejas jóvenes, y no tanto, sentadas a la mesa de un café o de un restaurante, cada uno ensimismado en leer o contestar mensajitos y casi sin hablarse durante largos ratos.
    Lo que es una comodidad se ha vuelto una obsesión, una atadura.
    Bien por vos y tu amiga, que disfrutaron de una charla agradable sin interrupciones. Hoy día todo un logro.
    Abrazo, Luis.

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