MEMORIAS DE UN CREYENTE EN EL DIOS DE LA MÚSICA DISCO


Acabo de hacer la compra en un supermercado que se ubica en el mismo espacio donde antaño estaba mi discoteca de referencia y no puedo sacudirme de encima la sensación de que han profanado un templo. Es como cuando entras en una de esas iglesias que han desacralizado para construir en su interior un restaurante o una sala de conciertos, sólo que al revés.

Donde antiguamente estaba la barra ahora se ubica el pasillo con el pan tostado, las galletas y las magdalenas envasadas. En el mismo lugar donde en otro tiempo pasaba horas bailando los temas de Ace of Base o Michael Jackson ahora se apilan las bandejas de carne envasada. Donde antaño estuvieron las butacas en las cuales tantos besos fueron entregados a media luz ahora se alinean las botellas de vino, las latas de refresco, los botellines de kas de naranja y kas de limón.

Debo confesarlo: cuando he ido a pagar he estado a punto de intentar ligar con la cajera. A modo de homenaje, quiero decir, pero no, me he dicho en ese momento, no hubiera sido lo mismo. Ligar en una caja de supermercado no tiene nada, pero nada de excitante.


Esa sala de fiestas se llamaba Doria Club. Estuve yendo de forma discontinua, pero como un cliente fiel, entre los quince y los veinticuatro años. Allí no di mi primer beso en la boca, pero sí muchos de los mil siguientes. No fue en su reservado donde toqué por primera vez una teta, pero seguramente ha sido el lugar donde más pezones he rozado. Y sí, fue la primera discoteca a la que asistí, la primera en que tomé un San Francisco (y un JB con naranja) y la primera y única que sentí como mi hogar.


La  cosa llegó a tal punto de fidelidad que acabé no pagando entrada para asistir a la misma, haciendo una cierta amistad con el hijo del propietario del local y, sí, besando a la guapa, reguapa, la top de las tops que asistían al lugar.

Ese fue un momento mágico. Permitid que os arranque una sonrisa contándooslo.


Diré la verdad. No recuerdo cómo se llamaba. Era morena y muy, muy guapa de cara. Solía verla por allí cada fin de semana, con sus amigas, o con su novio. A veces me cruzaba con ella cuando yo subía para los baños de caballeros y ella salía del de las damas, ocasionalmente pasaba a su lado cuando comenzaban a sonar "las lentas" y tocaba pedir baile a las jovencitas mientras rodeábamos la pista de baile repitiendo como un mantra cada dos pasos "¿bailas?" casi sin mirar a la interpelada.

Lo solía soñar, o imaginar en momentos de autocomplacencia en mi casa: me cruzaba con ella en las escaleras que daban al baño, como tantas veces, y sin mediar palabra, nos fundíamos en un beso apasionado, sin límites, desarbolándonos el uno al otro. Una fantasía adolescente como otra cualquiera, una excusa para dar la bienvenida a Onán de vez en cuando.


Y el caso es que acabó sucediendo. Sonaron las lentas esas y, mientras de fondo una balada llenaba de sensualidad el local, ella, sí, ella, se acercó a mí y me pidió baile. Nos arrimamos mucho durante las siguientes cinco canciones mientras dábamos vueltas en la pista de baile pegados como dos lapas, y cuando la quinta acabó nos trasladamos al reservado del local. Durante una hora nos besamos y nos magreamos en aquella semioscuridad hasta que, de pronto, a ella se le cruzó la vena y decidió que aquel escarceo había tocado a su punto final.

Tenía novio la muchacha, y era mayor que yo, tal vez uno o dos años. Yo entonces tendría unos dieciocho o diecinueve. Y nunca volvimos a bailar, a besarnos,... ni siquiera me saludaba cuando se cruzaba conmigo, y rara vez nos miramos fijamente a los ojos el uno al otro. Pero, ¡joder, cómo recuerdo aquel día! Y no por la parte física, no por los besos o los toqueteos, no. Lo que me viene a la mente es esa sensación de ser "el puto amo", "el rey del local"... No sólo había pillado con la guapa reguapa requeteguapa del antro aquel, ¡ella había venido a buscarme a mí! Llamadme fatuo, si queréis; yo lo recuerdo como si hubiera subido a un pódium después de ganar una maratón de montaña.


En aquella sala de baile viví una de las épocas más divertidas, plenas e instructivas de mi vida. Pasé de la adolescencia a la juventud al ritmo que marcaba su pinchadiscos, varios de mis mejores amigos se echaron novia arrimándose en esa pista entarimada, hasta yo me eché allí varias novietas que apenas duraban dos o tres semanas después del primer toqueteo.

Y todo eso me ha venido a la mente esta mañana mientras transitaba por los pasillos de ese supermercado apóstata. Al final sólo he podido comprar un paquete de pan tostado y he tenido que huir de ese establecimiento con la sensación de que poner allí el mostrador de la pescadería, las neveras de la charcutería, el expositor de la carne, era un pecado que el dios de la música disco difícilmente va a perdonar a sus promotores.


(Tu nombre sea loado, Boy George).

4 comentarios:

  1. Pues la verdad es que he pasado un buen rato leyendo y escuchando estos temas que has incluido en la entrada. Por un rato volví a mi época adolescente donde la discoteca era un máximo de felicidad para mí. Música para bailar y chicos interesantes a los que conocer.

    Cuentas con mucho sentido del humor tu experiencia con la chica buenorra que luego te ignoró, pero que creo que tampoco te afectó demasiado, jajaja!!
    Supongo que para ti fue un éxito en toda regla que ella se hubiera fijado en ti.

    Es increíble como la memoria nos trae recuerdos tan nítidos sobre situaciones transcurridas hace tanto y que en su momento no tuvieron ningún tipo de transcendencia en nosotros.

    Personalmente creo que es una sensación de nostalgia estupenda recordar anécdotas como estas y que formaron parte de nuestra historia particular.

    Un abrazo Luis.


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    1. ¿Qué puedo decir, Carmen, más allá de lo que he dicho? La discoteca era para mí, durante tantos y tantos fines de semana, mi segundo hogar..
      Besos.

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  2. Respuestas
    1. Y a mí, Nieves. Por lo que cantaba, por cómo lo cantaba, y por esa pinta de canalla travestido y simpático que sólo rompía platos a escondidas.
      :)

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