miércoles, 22 de febrero de 2017

LOS DESEOS SECRETOS (PRIMERA PARTE)

Que nadie diga que no los tiene, que no posee siquiera uno, un inconfesable deseo secreto. Sí, hablo de ese impulso de dar un beso a tu cuñada cada vez que se cruza contigo en el pasillo, o de pegarle una hostia, así, con toda la mano abierta para que se le queden bien grabados en la cara los cinco dedos de la mano, una buena hostia a tu jefe. O de levantarle la falda a la señora que regenta la panadería, o de pegarle un buen achuchón al revisor del autobús, ese del bigote, sí, el mozo ese al que te lo comerías sin necesidad de pan para untar en la salsa.
Hay deseos y deseos, claro.
Muchos de ellos es mejor que nunca los lleves a cabo, querido amigo pirómano. ¡Hay tantos insultos que es preferible que no vociferes, pequeño aprendiz de mal bicho! ¡Ni se te ocurra convertir tu deseo de morder yugulares en realidad, draculín de barrio obrero! Y sí, ya sé que los encargados de las empresas de envasado industrial de carne tienen días que parece que perteneciesen a la Gestapo, pero si ese es tu caso, créeme, no es una buena idea comprar un bate de béisbol para estrenarlo en sus rodillas. Ni siquiera si ya es Carnaval y tu disfraz es un remedo del atuendo de la doctora Quinn.
Hay otros deseos que quizá puedas convertir en realidad en alguna ocasión, si las cosas en la vida se dan como tienen que darse. Lo de besar alguna vez a tu cuñada, por ejemplo, tampoco es un impensable; depende de ti, y, ahí está el problema, también depende de ella. Pero nunca se sabe. Lo de tener un lío con el revisor del autobús ya lo veo más difícil, entre otras cosas porque cada vez son menos los empleados en ese oficio, cada día es más complicado ver a uno (en serio, ¿no serán los revisores un poco como los Reyes Magos o Papá Noel, un producto de la mente calenturienta de esos grandes mentirosos, “los padres”?)
Lo que todos poseemos es un deseo de naturaleza sexual no cumplido… y no confesado. Cada cual tiene el suyo, y cada cual se va a la cama a diario, se acuesta con su pareja, hace el amor con ella cuando toca y… casi nunca lo confiesa.
Es curioso. Ninguna de las parejas sexuales se podrían imaginar las cosas que llegamos a hacer con otras posteriores, a poco que estas nuevas muestren un pequeño gesto abriéndonos esa puerta que antes no nos atrevíamos siquiera a imaginar que alguien pudiera entreabrir. Luego no suele ser para tanto, o sí, vaya usted a saber.
Pero hay otros deseos que nos acompañan y que tampoco confesamos porque nos da cierta vergüenza hacerlos públicos. Por ejemplo, tener una cena íntima con Cañita Brava. O asistir en directo a una gala del festival de Eurovisión. O que nos escojan para participar en un reality de Tele 5, uno de esos con mucha carnaza y poco seso en el que pasemos tres semanas encerrados en una casa donde nadie tiene nunca nada que hacer. Hay mucha gente que gozaría mirando fijamente al adolescente que tiene como compañero de cuarto para espetarle, muy pero que muy seriamente esa frase absolutamente absurda que dice “Te nomino”. O aparecer en una película. Aunque sea de extra. El caso es que alguna vez puedas compartir con tu hijo ese momento mágico en que congeles la imagen del DVD y, señalando con el dedo a la esquina del cuadrante inferior de la derecha de la pantalla, le digas: “Mira, ese de ahí, el que está de espaldas, soy yo. Impresionante, ¡eh?”
Y digo yo, si eso es lo que nos gusta, si con ello no hacemos daño a nadie, ¿por qué no lo decimos abiertamente? Si requerimos de nuestra pareja para ello, pues se lo proponemos y ya está, que lo peor que nos pueda pasar es que nos digan que no a mantener un trío interracial, pero igual nos dice que sí al coito en el jacuzzi. Y si lo que queremos es ir a un programa chusco de esos, pues, qué coño, pongámonos en la fila del casting. O apuntémonos al club de fans de Madonna, o de Pablo Alborán, o de Pablo Motos.

(Si me interrogo yo acerca de mi deseo secreto, como los de naturaleza sexual últimamente los voy satisfaciendo -crucemos los dedos para que esto dure-, creo que es fácil formularlo: yo quiero cenar con Beyoncé. Vale, que puedo ir por la vida de todo lo intelectual que se quiera, pero qué le voy a hacer, igual que hace años me tenía atontado Madonna y suspiraba por la Halle Berry de Catwoman, hoy por hoy una velada con Beyoncé sería lo más de lo más. Como con la doctora Quinn, es cierto, pero más todavía. ¡Joder, si es que parece una diosa incluso cuando está encinta...!)


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