miércoles, 1 de febrero de 2017

EL HIERRO EN NUESTRA VIDA

Los lugares son construidos por las personas, pero son coloreados por los modos de producción. Dime de qué viven los habitantes de un pueblo, de una región, y acertaré casi al cien por cien cómo son sus casas, sus horarios, sus juegos.
Cuando yo era pequeño en mi pueblo natal, allí donde transcurrió mi infancia, había una fábrica de la industria metalúrgica que daba empleo a quinientos de los cuatro mil habitantes del municipio.
Se llamaba Talleres de Miravalles.
La fábrica ocupaba un espacio inmenso a la ribera del río Nervión, al cual más de una vez contaminó con sus vertidos. Eso, el río contaminado por esa u otras fábricas cauce arriba, es una estampa imborrable de la niñez. Acercarte hasta la orilla y ver flotando sobre el cauce centenares de peces muertos deja una huella inmarcesible en la memoria.

Aquella fábrica hizo construir para sus empleados una barriada entera de ciento veinte viviendas de cincuenta metros cuadrados. Yo crecí en una de ellas. Y eso también forja carácter, pues la lucha por el espacio es tan continua que llega a pasar desapercibida. Y es que en esos cincuenta metros cuadrados hicieron que cupiesen tres dormitorios, un cuarto de baño, una cocina y un salón. Lo juro. Cabía todo eso. Y allí vivíamos, en mi casa, un padre, una madre, cuatro hijos varones y una chica, mi hermana.
No éramos muchos, la verdad. Mi portal era el número 8. Bueno, pues en el 11, en una casa igual que la mía vivía una familia con ¡diez hijos!
Decía que la fábrica marcaba los modos de vida. Dejad que lo ilustre con los juegos. En aquel lugar se trabajaba el hierro. Bien, pues teníamos juegos de calle que consistían en una especie de rayuela sobre barro en la cual se clavaba un punzón de hierro a modo de taba (el hinque), jugábamos al tino con chapas (de hierro), o hacíamos carricoches con ruedas de hierro que eran impulsados por su propia inercia por calles empinadas (se llamaban “goitiberas”).
La vida del municipio la pautaban las campanas de la iglesia (llamando a misa, avisando de la muerte de algún vecino) y la sirena de Talleres instando a entrar en sus instalaciones a los trabajadores por la mañana, o avisándoles del fin de la jornada cuando la tarde ya iba avanzando.
Talleres de Miravalles cerró a principios de los 80 y clausuró un tiempo y un modo de vida en mi pueblo. Como en tantos otros municipios de los alrededores la reconversión industrial nos hizo aprender a vivir con un desempleo del 25 por ciento y, a la larga, a tener que depender de otros sectores económicos. Exactamente igual que a la mayor parte de los habitantes de la cuenca del Nervión o de la del Ibaizabal. Todavía quedan industrias siderúrgicas, pero aquellas que en los 70 daban trabajo a dos mil empleados hoy apenas son atendidas por doscientos.
Y claro, ya no se juega al hinque, ni a las chapas, y yo hace muchos años que no veo a un chaval dando impulso a una goitibera.
Imagino que algo parecido sucede a aquellos que crecieron junto a puertos pesqueros que dejaron de serlo, a zonas mineras donde la extracción del carbón, por ejemplo, ya no resulta económicamente rentable, o incluso a los pueblos del agro montañés que se fueron despoblando.
Aquel tiempo no fue mejor que este. No vivíamos mejor. Creo que podría afirmar, sin ningún riesgo de equivocarme, que en realidad vivíamos bastante peor. Y lo curioso del asunto es que todos aquellos que vivimos una infancia en un entorno tan marcado por ese o por cualquier otro tipo de industria muy definida, cuando nos hacemos mayores, aquel tiempo lo vivimos con una enorme nostalgia.

Será porque éramos niños. O porque todo era más fácil. O porque toda época pasada fue mejor, incluso las que fueron notoriamente peores. Como aquella, sin ir más lejos.











Nota sobre las fotografías que acompañan a este post: las he extraído todas de Internet, así que pido a sus autores que me disculpen por no citarles a pie de foto. Salvo la primera de todas, la del obrero junto al hierro candente, y la de la goitibera, en todas ellas se ven diferentes lugares del municipio: un dibujo del siglo pasado donde se retrata la fábrica que mencionamos en este post, el frontón de mi barriada en el que jugué a diario hasta los diecitantos años, la estación del tren donde paraban los tranvías de cercanías para ir a Bilbao, a Llodio, a Basauri, a Arrigorriaga..., y la plaza del pueblo, con la iglesia local, en cuyo pórtico de entrada jugábamos siendo niños al emocionante juego de las cuatro esquinitas.

4 comentarios:

  1. Siempre estamos repitiendo la frase "todo tiempo pasado fue mejor", probablemente lo que estemos añorando es la infancia en sí, esos juegos sencillos que hoy -creo- no deben existir más.
    La memoria va borrando las incomodidades, los peligros de la contaminación y se queda con lo más afectivo.
    Me gustó conocer tu infancia, Luis, cómo la contaste, me retrotrajo a la mía en un barrio triste, gris, de casitas bajas en Buenos Aires.
    Un abrazo.

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    1. Fíjate, Mirella, en casa tengo una antigua foto de mi abuelo sacada en una tienda de fotografía de la calle Corrientes. Vivió en Buenos Aires una buena cantidad de años y, sin profundizar demasiado, por razones políticas, conservar su integridad física aconsejaba volver a España. Si aquello no hubiera sucedido, si él hubiera seguido allí, probablemente tú y yo (bueno, mi yo alternativo, ese yo que habría ocupado mi sitio en el mundo) habríamos compartido una infancia similar.

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  2. Creo que es simple nostalgia de la niñez, de ese tiempo perdido que (casi) siempre es feliz o se recuerda de ese modo. Sea con privaciones, estrechuras o con todo de sobra. Por otro lado, puede que también una vida sencilla, con menos, sea un camino más seguro hacia la felicidad que el que propone el consumismo actual. Interesante blog, he llevado a través del de Carmen Jiménez.
    Un saludo desde La Mancha.

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    1. Pues sí, Gerardo. Al final la memoria no recuerda, reconstruye. Y en el caso de la niñez reconstruye embelleciendo.
      Carmen, grande, muy grande Carmen.
      Buen lugar desde donde has llegado.
      Un abrazo.

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