ESCAPAR DE LA CULPA Y DEL MIEDO

Hay varias cárceles donde nos encerramos nosotros solitos, contra toda lógica, siempre en nuestra contra. Sucede eventualmente, de modo voluntario y, por supuesto, sin hacer caso a la razón.

Hay dos cárceles de este tipo que son particularmente crueles: la de la culpa, la del miedo.

Creo que ambas dos tienen un mismo origen, el pensamiento monoteísta en torno al pecado y al infierno, ese germen que todos tenemos plantado hondamente en la tierra de nuestro pensamiento y que, para nuestra desgracia, no deja de dar fruto continuamente. Pecamos en el Edén, nos espera una vida de dolor y desgracia que sólo podremos redimir si nos olvidamos de nosotros mismos y santificamos a nuestro Señor por encima de todas las cosas.

La puta moral.

Si el sexo nos divierte: pecado. Si la comida nos apasiona: pecado. Si rompemos un matrimonio: pecado. Si decidimos abortar: pecado. En alguna religión: si nos tomamos un chato de sidra, pecado. No debemos hacer tantas cosas que, cuando hacemos alguna que raya la frontera del placer, lo primero que nos asalta es cierto sentimiento de culpa. Nos sentimos incómodos por tantas cosas que ni siquiera dependen de nosotros que difícilmente pasa un día en que no sintamos una punzada de remordimiento por algo.

Y la culpa tiene su propio ejército.

Que policías inculpen y jueces condenen está dentro de la lógica de las cosas. Así es, y así debe ser. Pero ¿que los padres jueguen a culpabilizarnos, o los profesores, o los amigos, o... o todos esos que durante un tiempo ocuparon el centro de nuestro corazón? 

Hay un juego perverso al final de cada matrimonio en que cada uno de los exmiembros de la pareja intenta culpar al otro de la ruptura. En el fondo la cosa, en la inmensa mayoría de los casos, se resume a algo muy sencillo: malos tratos aparte, generalmente es cuestión de que uno de los dos ha dejado de querer al otro. 

Pero están los niños. - Y se deben quedar conmigo porque tú has roto nuestro matrimonio.

Y está la casa. - Que debe ser mía porque tú has roto nuestro matrimonio.

Y los amigos. - Que me los quedo yo porque tú has roto nuestro matrimonio.

Lo malo de este asunto es que ese o esa que rompieron su matrimonio acaban creyéndose que efectivamente son culpables y se meten en una espiral de desprecio de sí mismos que, cuando está abajo la montaña rusa (que es el centro emocional de una persona los primeros meses de un divorcio) acaban llevándoles a un desprecio de sí mismos que no es sino una enorme mentira. En el amor no hay culpas. Quieres o no quieres. Y decides vivir juntos o separados porque, ante todo, eres un ser libre.

Hay exmaridos (alguna vez incluso exmujeres) que intentan dar una vuelta de tuerca más. Cuando no les funciona lo de apretar a las esposas que han dejado de serlo apelando al daño que van a hacer a la familia, comienzan a amenazarlas con que les harán la vida imposible, que de ellos nunca van a poder librarse, que si ellos no van a ser felices tampoco permitirán que lo sean ellas, etcétera, etcétera.

Hay personas, mujeres sobre todo, que transitan en esas situaciones de las penitenciarías de la culpa a las del miedo. 

La cuestión es que de las unas y de las otras se sale sólo con la voluntad de querer salir. Bastante cabrones somos ya como carceleros de nosotros mismos como para aceptar que nuestros exmaridos o exesposas lo sean.

Yo tengo la suerte de no habitar ninguna de ambas, al menos a día de hoy. Pero quien no haya usado alguna vez el recurso de generar miedo o culpa en otra persona que tire la primera piedra. Sea padre, profesor, cabo o expareja.

Por las veces en que yo pude haberlo hecho pido perdón, que también es de justicia. Pero nunca, jamás volveré a habitar voluntariamente una de esas cárceles. Me culparé cuando haya asesinado a alguien. En la prisión del miedo voy a encerrarme sólo cuando frente a la puerta de mi casa instalen de modo permanente una ametralladora.

Mientras tanto, las rejas son lo único que está prohibido en mi vida.


2 comentarios:

  1. ¡Hola Luis, tanto tiempo! Pensé que habías cerrado el blog y hoy te descubro por casualidad en el Google+ de Carmen Jiménez.
    Me alegro de haberte reencontrado y no puedo estar más de acuerdo con vos sobre esos dos grandes pilares, el miedo y la culpa, en los que fuimos educados muchas generaciones.
    Me gustó mucho la forma que expusiste el tema.
    Un abrazo y buen año.

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  2. Gracias, Mirella.
    No, no cerré el blog. Lo tuve parado durante año y medio porque tenía cosas que ordenar en mi vida personal. Y ahora ha renacido, distinto, incluso yo creo que mejor.
    Te deseo lo mismo, feliz año feliz.
    ;-)

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