lunes, 12 de diciembre de 2016

AMIGOS


Recuerdo haber fabricado con mis propias manos billarines con clavos, gomas y tapones de botellas. Y haber pasado tardes enteras, siendo niño, construyendo carreteras con túneles casi imposibles en las laderas de cualquier terraplén del ferrocarril por las que hacíamos circular coches de plástico, camiones de metal, mientras hacíamos vibrar lengua y labios al son de ese característico “brrrr” que remedaba el ruido de los motores. Me he hecho heridas sangrantes subiendo a árboles por el placer de estar sentado a horcajadas sobre sus ramas más altas y he fabricado tirachinas con las más pequeñas, unos tiragomas que luego descargaban nubes de piedras en las cristaleras de las fábricas que se iban abandonando en mi pueblo al compás de la crisis del petróleo de los años setenta.

Éramos un poco macarras entonces. Más que traviesos, éramos pequeños delincuentes juveniles cuyos modelos estaban en los Warriors de la peli americana o en los más españoles Vaquilla o Torete.
Acabamos por convertirnos en gente de bien, al menos la mayoría de nosotros. A unos pocos se los llevó por delante el sida, a algunos otros el tiempo los convirtió en verdaderos hijoputas, necio sería negarlo, pero la mayoría acabamos, es cierto, convertidos en personas de bien. Y con poca gente estoy tan a gusto como con ellos, con mis amigos, esos que fueron creciendo a mi lado y hoy nos saludamos reconociéndonos como iguales.
Cuando miro a mi hijo con sus amigos sé que también él está ahora, tres décadas después, compartiendo eso que llamamos “crecer juntos”, compartir un tiempo, un espacio, un espíritu. Ya no hacen billarines con clavos, gomas y tapones de botellas y jamás construyeron una autopista de tierra para sus coches de plástico. En su infancia ha habido máquinas electrónicas con nombres impronunciables en inglés con los cuales jugaban a Pokemon, o a matar bichos extraterrestres, o a lo que fuera, que si he de ser sincero tanto me aburrían esos artilugios que jamás les presté ninguna atención. En eso su infancia y la mía quizá han sido distintas, pero en nada más.
Como yo, también ha pasado miles de horas charlando con ellos acerca de los descubrimientos de la edad, de sus enfados para con sus padres, de sus desencuentros con otros compañeros, ha pasado miles de horas poniendo motes a los profesores del colegio o del instituto, alabando, seguramente, algún culo bien formado de una compañera de clase, o asombrándose de un pecho prematuramente prominente en la vecina del otro lado de la calle. O hablando de fútbol. O de skateboard. O de música. O programando su primer beso, su primer cigarro o su primer botellín de cerveza.
De esa pasta están hechas las amistades, con eso vamos construyendo nuestra identidad y el fondo emocional que hace que ahora, (tantos años después, al ver a Cristobal, a Luisal, a Tere, a Alfon,… a todos esos que fueron mis amigos y conmigo crecieron), sienta que son ellos, ellos especialmente, mis “amigos”.
Yo no sabría definir qué diantre es la amistad, qué diferencia a un amigo de un compañero de trabajo con quien mantienes una afinidad y una camaradería diaria; o con un vecino a quien incluso dejas al cuidado de tu prole. No lo sé definir, pero lo siento inmediatamente. En cuanto estoy al lado de un amigo algo en la composición química de mis fluídos cerebrales debe cambiar, porque enseguida noto que ese, sí, justo ese que está junto a mí, es mi amigo.
Y es curioso, pero a buena parte de los que hicieron aquellas carreteras conmigo hoy los siento de esa forma. Rompimos juntos muchos cristales con aquellos tirachinas, claro que sí. Escalamos muchos árboles juntos. Seguramente será por eso.

(No todos mis amigos son amigos de la infancia. Debo dar gracias porque en eso la fortuna me ha dotado con largura, pues amigos he ido haciendo muchos, y buenos, a lo largo de los años. Pero es cierto que de los de la infancia, al menos a los que he ido recuperando con el correr del tiempo, nunca me he olvidado. Igual es porque con ellos vas compartiendo las primeras veces de tantas cosas, o porque lidias con las mismas frustraciones, no lo sé, pero es ese catálogo de lo compartido lo que hace que sea perfectamente visible, para quien mire, cada uno de los hilos que a ellos me unen).
Imagen: Winslow Homer. Y en las fotos, gente a la que quiero mucho. Casi todos, amigos de la infancia. En cualquier caso, todos amigos.

4 comentarios:

  1. Que hermoso lo has escrito, Luis. Leyéndote me has recordado a mis amigos, esos amigos de infancia, de siempre, esos con los que he ido descubriendo la vida, compartiendo como fue mi primer beso , o el chico que me gustaba, las dudas, las quejas, los motes, las "excursiones" por el monte o las leiras, descubriendo casas abandonadas, trepando a los arboles o jugando a ser princesas ( je)
    Doy gracias por haberme criado entre lo salvaje de la aldea y el colegio de monjas, ( creo que esto último me hizo más rebelde si cabe)doy gracias a mi infancia y a ti; Luis por traer la tuya

    Y coincido en algo también contigo, mis hijos por suerte guardan lazos desde pequeñes, con solo mirarles a los ojos cuando comentan algo de ellos se sabe que sienten ese amor de amigo

    un beso

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    1. Un ejercicio que hacemos en común.
      Aunque la mía fue una infancia vivida en Euskadi, por mis orígenes puedo imaginar cómo fue la tuya, en las leiras, entre los eucaliptus, los maizales, las vacas y, en el tránsito a la adolescencia, en los escondrijos que siempre ofrecen las pendellas.
      Biquiños.

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    2. Ni vacas ni pendellos Luís, a lo sumo gallinas qué la vida de mis padres no edraba orientada a la agricultura ni ganadería. Una aldea a 16 km de Coruña y una familia paterna de pijos coruñeses jaaaaa.. digamos que era la extraña niña que vivía en el campo y su abuelo siempre llevaba a conocer gente de la cultura , de la farándula, opera y zarzuela
      Por parte materna mi madre enfocada en la pintura, colaboradora de cerámicas del Castro hoy grupo sargadelos: por suerte de ahí tb conocí a Díaz Pardo y demás....
      Pasé muchas tardes disfrutando la fábrica desde la descarga del caolin, ver cómo las piezas (bizcochos) entraban en las muflas, los tornos para dejar las piezas perfectas y la sección de decoración a mano...en fin una aldeana sin zocas ni madroñas que los domingos enseñaba las rodillas deshechas de tanta gamberrada sobre un vestido de nido de abeja.

      ��

      MaRia

      La que vive entre mar y ría


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    3. Pues qué quieres que te diga, MaRía. A mí la tuya me parece una infancia cojonuda.
      De travesura en travesura.
      Alguna vez contaré yo las mías.... que dan para varios volúmenes.

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