viernes, 11 de noviembre de 2016

¿NOS GOBIERNAN LAS PALABRAS?



Estamos gobernados por las palabras. En serio, esto no es una afirmación que busque llamar la atención. Las palabras que usamos al describir la realidad la recrean, en el mejor de los casos, la inventan, en el peor.

En esto hay niveles, claro.
El nivel más bajo de esa invención es cuando las palabras pueden significar una cosa (en principio, cualquier significante es neutro, unos sonidos, unas letras,…) pero la sociedad –o nuestra familia, o nosotros,…- le damos otro significado. Cuando decimos que Sara es lesbiana podemos referirnos a su orientación sexual y eso, de por sí, ni pone ni quita. Pero cuando eso lo dice su madre, que vive la imposibilidad de un matrimonio con hijos en la vida de su hija (o eso cree ella) como un fracaso personal, “lesbiana” aquí significa otra cosa, una muy desalentadora, o una tendencialmente inquietante entre sus compañeras de la oficina desde que una vez una de ellas la vio besuqueándose con su novia en una cafetería del centro (“esta no será un peligro, ¿no?, ¿no se nos irá a insinuar a alguna de nosotras?). Sara no es alguien diferente por eso, pero su realidad, la realidad social en la que se desenvuelve su día a día se ve modificada por cómo los demás le perciben, como un peligro en un caso, como un fiasco en otro, en ocasiones incluso como el desorientado disparo de una flecha por parte de la naturaleza.
El nivel intermedio viene a estar ocupado por la usurpación de las fronteras por parte de algunos nombres de significado, digamos, “arrollador”. Ejemplos los hay a miles. Siguiendo con el anterior, un hombre es homosexual cuando tiene una relación de ese tipo, o cuando tiene diez, o cien,… ¿O sólo por sentir atracción por otro hombre? Y ¿cuándo un desliz se convierte en una infidelidad que afecte a la continuidad del santo matrimonio?, ¿ya en el primer encuentro?, ¿después de veinte?; ¿sólo con fantasear con otra persona uno ya se ha convertido en infiel? Un insulto es una conducta de maltrato, pero ¿cuándo uno se convierte en maltratador?, ¿después del primer insulto?, ¿al cabo de mil? ¿Sólo si al insulto lo ha acompañado una marca de cinco dedos en la piel de la cara? Y sin embargo aparece el estigma de homosexual, de cornudo o de maltratador (o el rol de infiel o maltratada, en su caso) en cuanto alguien nos señala con ese nombre. Y va a dar igual en dónde haya puesto esa persona el momento en que nos convertimos en eso que la palabra señala: si para él un maltratador es cualquiera que una vez dé una bofetada, va a dar igual si tuvo o no explicación la misma, seremos un maltratador sólo por haber puesto nuestra autoría en el golpe. Y es que ahí las fronteras de lo subjetivo son muy pero que muy permeables. O mejor, son muy pero que muy volubles.
Hay un nivel máximo dentro de esta tiranía, consistente en que las palabras crean la realidad. Ese nivel es el de la mentira. Y ojo, no hablo de que quien use la palabra realice un acto deliberado de falsear la realidad, no, hablo de que la palabra se esté usando para describir algo que, sencillamente, no existe. Recuerdo un juicio en que se condenó injustamente a una mujer por el asesinato de una niña en Andalucía. Unos años más tarde se detuvo al verdadero asesino, pero durante todos esos años asociamos a aquella mujer todos los atributos de un homicida sólo porque un tribunal decidió que ella lo era. Aunque no lo hubiera sido. Este es un caso muy evidente, pero ¿acaso no hay miles de estos en nuestro entorno?
Hace años conocí a un tipo al que todos llamaban “Follanenas”. Yo lo miraba y no me encajaba el mote con su personalidad, así que después de mucho hablar con él (por razones laborales me tocó pasar cientos de horas a su lado) consegui que me confesara que había conocido íntimamente a tres mujeres en toda su vida y que si había decidido no darle la vuelta al bulo era porque, joder, si a uno le tenían que poner una fama “mejor la de follador que la de ladrón, ¿o no?” Como razonamiento, una joya. Y la constatación de que ya que no puedes cambiar el hecho de que acabarán hablando de ti, al menos que sea por algo que en tu entorno te haga ganar popularidad.
El problema radica en que hay personas que acaban por creerse lo que los demás dicen de ellas. Y lo que es peor, a veces incluso llegan a actuar del modo en que esas otras personas esperar que lo haga. Esto es algo habitual en la adolescencia, pero no es menos frecuente entre los adultos. En el trabajo hay un caso típico de bullying consistente en repetirle a un subordinado que es un inútil día tras día. Al cabo de un tiempo lo ha interiorizado de tal modo que acaba actuando como un verdadero inepto. ¿Y quién no ha conocido casos en que, dentro de la pareja, tanto le ha repetido la esposa al marido que es un “vivalavirgen” que, al final, acaba saliendo de fiesta un día tras otro? O en el caso contrario, ¿no hay millones de inexpertos que acusan de frígidas a sus mujeres? Bueno, pues sucede que esas mismas mujeres hay un día en que conocen a un hombre que les dedica la desvergüenza y el tiempo necesarios y la frígida de antaño se convierte en un volcán en erupción. Hasta ellas mismas descubren entonces que de frígidas sólo tenían el apelativo, nada más.
Continuamente las palabras construyen nuestro mundo, le dan significado, lo explican, para bien o para mal nos definen y nos dotan de atributos. Cuidado con ellas, por tanto. Al menos para hablar de nosotros mismos usemos las que nos describan, no las que nos menoscaben.

Y si podemos, al menos de vez en cuando, intentemos liberarnos de su poder. Dios puso nombre a los animales, de acuerdo. ¿Nosotros tenemos que ponerle nombre a todo lo que hacemos o pensamos? Sinceramente, creo que no.

5 comentarios:

  1. tengo que leerlo con calma , porque ahora estoy enrredada con cosas "de casa" aún así , en mi primera ojeada , rapido por eso,siempre vuelvo , me parece que te voy pedir algo de tu texto o el enlace completo porque me toca de lleno
    Besos y disculpa la brevedad , tan pronto pueda te leo bien, como dios manda y como yo quiero

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    1. Estoy aquí , después de haberte leído con detenimiento,
      sabes? das mucho en esta entrada, mucho para pensar(se) y reflexionar.
      La palabra y todo lo que conlleva: espada, caricia, condena, altar... según el texto, el contexto, la entonación ... hay infinidad de valores que sin alterar su significado etimológico dan un significado "vital, real" .
      Es sencillo juzgar , a simple vista o con un solo ojo, siempre hay al menos dos ópticas, y estas a veces hasta ni ven bien.
      De uno se puede hablar, pero solo el que lanza el verbo sabe( salvo que se cree varias realidades paralelas,hechas de sueños y/o mentiras) si lo que de si mismo dice es verdad o ficción
      con respecto a algo que puedo matizar es que un maltratador no se es por un acto, por un hecho puntual, es la carcoma que se va metiendo entre la piel y el alma y generalmente a sabiendas de...

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    2. Yo creo, MaRía que ni siquiera uno mismo suele saber si lo que de sí mismo dice es verdad o es ficción. Al menos no de todo lo que dice de sí mismo. Al menos no durante todo el tiempo.
      ¿No es cierto, por ejemplo, que a todos nos han sucedido cosas como enredarnos durante meses en un hobby que, el día que te detienes a pensarlo te das cuenta de que no sabes por qué estás todo el rato con eso si, en realidad, no te gusta nada? Y quien dice hobby dice novio, o amigo, o club social, o deporte,...
      Esto pasa mucho en las relaciones de pareja. Te vas creyendo que estás bien mientras te repites mil veces que estás bien. Hasta que te lo dejas de repetir porque entiendes que han sido las palabras las que están sustentando en ese momento la relación.
      Y entonces llegan otras palabras, o las mismas pero referidas a otra persona, y ayudan a crear otros mundos.
      Espero que los tuyos sean ahora dulces.

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  2. Qué razón llevas Luis, como la palabra puede engrandecer o destruir,a alguien para toda la vida incluso.

    A veces creo que nos limitamos a mirar desde fuera, no nos quedamos a entender al otro, no interesa la empatía, buscamos las imperfecciones y las juzgamos para demostramos que nosotros somos mejores.Se puede hacer tanto daño con la palabra...

    Creo que una gran mayoría de personas prefiere hablar de los demás para no hablar de sí mismos.

    Eso cuesta más verdad? Exponerse al pensamiento que da origen a la palabra.

    Qué bien escribes y cuánto me identifica todo lo que expresan tus palabras!!

    Abrazos y buen fin de semana.


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    1. Para hablar de uno mismo, Carmen, al menos en prosa, hay que ser capaz de tomar cierta distancia. Te tienes que echar dos pasos más allá de ti mismo y mirante por delante, por detrás y por los lados. Y quererte mucho.
      Si te miras sin quererte sólo vas a ser capaz de encontrar errores y fealdades. Si te quieres pero no te miras vivirás una vida centrada en tus caprichos, usando a los demás para tus propios fines.
      (Te diré algo en voz baja, ahora que no nos oye nadie. Ahora que he vuelto a escribir después de año y medio, con otra vida, otra casa, otro entorno... reencontrarte ahí como lectora me hace muchísima ilusión.)

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