LA ALEGRÍA VOLUNTARIA

Todos concebimos cada etapa de la vida como un tránsito hacia algo. Soportamos los desengaños, las frustraciones de cada momento porque somos capaces de imaginar un tiempo posterior, una etapa nueva donde esos problemas que nos angustian quedan superados.
El futuro, o mejor dicho la idea de un mejor futuro es el bálsamo que nos cura de la angustia del presente, del aburrimiento diario, cuando es ese el caso, de la tristeza, cuando la imaginamos transitoria.
Es cierto que concibo la vida como un tiempo de alegría, al menos mientras nuestra voluntad así se empeña en construirla. Pero no es un perfecto recorrido de sonrisas en pancartas, eso es cierto. De este modo, superamos la sensación de desamparo de la infancia y la desorientación de la adolescencia ante el panorama de una luminosa juventud, transitamos sus oscuridades juveniles porque esperamos llegar a una productiva madurez, cuyos sinsabores, su acumulación de responsabilidades, obligaciones y preocupaciones por los demás los vamos sobrevellando porque soñamos con una jubilación dorada.
Y, de pronto, un día nos aparece ahí, la vejez. Nos cae a plomo un tiempo que sólo tiene presente.
La vejez nos plantea un problema de actitud y muchos problemas físicos. Y los problemas físicos, claro, acaban conduciéndonos de nuevo a un problema de actitud (cómo puede uno ser feliz cuando te duele todo, cuando te cuesta caminar, cuando es una odisea conciliar el sueño o recordar el nombre de tus propios hijos).
No nos han enseñado a vivir el presente. Seguramente hay algo de tremebundo en la idea de que si eres bueno, si te sacrificas por los demás, si aguantas dolor y humillación Dios te premiará con un tiempo de Gloria infinito. Es la programación cerebral a la que casi todos hemos estado sometidos. Y por esas ideas que condenan como pecados las cosas divertidas de la vida (la gula, el sexo, el deseo,…) vamos avanzando esperando recompensas que sólo van a llegar después. Pareciera, así, que la felicidad fuese un verbo y no un sustantivo, un verbo que sólo puede conjugarse en futuro.
No nos equivoquemos. Ser felices implica superar esa trampa, mandar la idea de pecado a un rincón de nuestro cerebro, encerrarla allí y darle seis vueltas a la llave que cierre la puerta.
Voy a lanzar una idea arriesgada: creo que, en la generalidad de los casos, actuamos y  luego no buscamos alguna justificación, algún razonamiento que nos permita explicar lo que hacemos cuando eso que hemos hecho bordea, de alguna manera, nuestra idea de pecado, de cada pecado en concreto. Primero el hecho, luego el razonamiento (porque antes, en el origen de todo, ya estaba el cepo, la trampa del miedo a pecar). No me cabe ninguna duda de que para avanzar hacia una vida feliz la mejor estrategia es hacer lo que nos alegra sin buscar justificaciones para nuestros actos. Ni antes de hacerlos, ni  después de haberlos realizado.
¿Y qué pasa cuando llegamos a viejos? Pues que viviremos un tiempo casi sin tiempo. Un puro presente. Cuando seamos algo más que “mayores”, cuando seamos viejos, pero viejos de verdad, “mañana” será una palabra de arcano significado.
Ser felices, entonces, será algo que medir en cuestión de grados. Como siempre, pero entonces más, su consecución deberá requerir un esfuerzo.


Los cinco últimos años de vida de mi padre los pasó sentado en el mismo sofá. Le visitabas un día y lo hallabas allí acomodado, frente a la televisión, calzado con sus pantuflas, aburrido, desganado, casi siempre triste. Una semana después, un mes después, un año más tarde volvías a hallarlo sentado en la misma posición, en el mismo sofá, reproduciendo miles de capítulos de un inagotable día de la marmota. Decía que  la vida ya no tenía alicientes para él.
Mi padre no era un tipo acosado por la idea de pecado, o lo era mucho menos que tantas personas como he conocido y, sin embargo, hubo un tiempo en que ya el presente para él era un número cero, un conjunto vacío, un agujero de tedio sin objetivos. Y no voy a ser yo quien lo niegue: cuando dejas de tener ganas de vivir sólo puedes recuperarlas si haces el esfuerzo de recuperarlas. Si te esfuerzas en querer recuperarlas.
Así que viejo o joven, con pecado o sin él, ser feliz se vuelve a mostrar como un ejercicio activo, un acto de voluntad que, cuanto más tiempo llevamos viviendo, más irremediablemente centrado en el presente ha de estar.
Y como todos los actos de la voluntad tampoco este es obligatorio, por supuesto. La voluntad se llama voluntad precisamente porque es eso: voluntaria.

7 comentarios:

  1. a estas horas de la madrugada llegué a ti
    no sé como py veo que me lees
    el azar no suele ser causal aunque lo parezca
    así que de momento me instalo y agarro una silla y te digo que prometo leerte y de cuando en vez dejar mi huella si no te importa

    un saludo

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    1. ¡Qué curioso, MaRía! Justo a la hora en que tú escribías en mi blog, yo leía la última entrada del tuyo.
      Por supuesto que eres bienvenida aquí. Siéntete en tu casa.

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    2. Hola Luis

      siempre digo que el universo nos compensa
      ante una perdida , siempre nos otorga un hallazgo
      agradezco muchisimo el haberte encontrado
      seguiré tu estela
      entre palabras

      Bicos ¡¡

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  2. A veces en una arruga se guardan cientos de presagios, y tantos y tantos consejos no dados...
    Al leerte, tus letras me recuerdan a mi abuela , tengo con ella esa sensación de la que hablas... En algún momento el tiempo se detuvo y desandó historias ... La moraleja es el presente combinado al instante en el que le das sentido y lo difícil de asumir no encontrar el tino.


    Mi abrazo de luz

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    1. En eso de volver hacia atrás siempre hay algo de descubrimiento y, desgraciadamente, mucho de ajuste de cuentas. Pero si el presente aquilata las cosas todo está bien.
      Por cierto, Athenea era una diosa, ¿no? Madre mía, este blog cada vez tiene visitantes más ilustres.
      Bienvenida, pues, señora del Olimpo.

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  3. Hola Luis,no imaginas la alegría que me produce volver a leerte y saber de ti.
    Mira que llevo unos días sin entrar a Google, pero no me preguntes por qué el otro día se me ocurrió así sin pensarlo, visitar tu perfil.Me vine a tu blog y leí una entrada reciente tuya y que me encantó donde hablabas de la relación tan especial con una de tus primas y que me identificó muchísimo por un primo que tengo en Londres al que no puedo ver todo lo que querría pero adoro por nuestra tremenda complicidad.

    Entro de nuevo esta mañana a leer y me encuentro otra entrada especial Luis.
    Hablar de la vida, de nuestras propias experiencias y las conclusiones a las que llegamos, sólo nos sirve para aprender, para no detenernos en la tristeza a pesar de que el cuerpo nos lo pida.
    Todo lo bueno es tan efímero y tú esta mañana me diste una lección sin pretenderlo de humildad.
    Te abrazo muy fuerte que lo sepas y te sigo por aquí.Leerte otra vez significa que estás bien y eso me alegra mucho.

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    1. Carmen, eres pura luz. Ya sabes que siempre lo he creído.
      Gracias.

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