CONVIVIR CON LOS MUERTOS

Qué difícil es convivir con los muertos, ¿verdad?


En realidad, podría decirse que las personas se mueren sin ninguna consideración hacia los demás. Uno se va y no se preocupa de las heridas que ha dejado abiertas, las que no fueron cerradas antes de su marcha, las que se abrieron precisamente desde el momento de su falta. Pero se va igualmente, y ahí se quedan los vivos, a solas con sus preguntas sin responder, sus deseos por complacer incumplidos, sus ya imposibles revanchas.


A tenor de mi propia experiencia se me ocurren diferentes formas de relación con los muertos.

La mayor parte de ellas giran en torno a la indiferencia, al olvido, que es lo que sucede con muchas de las personas que se han cruzado por nuestra vida. No nos dieron nada, nada nos quitaron. Nada quedó pendiente, por tanto.

Con las otras, ¡madre del amor hermoso!, ¡la de cuitas que nos quedan por resolver!

Por un lado están los muertos a quienes quisimos complacer en vida pero no fuimos capaces. El padre que quiso que estudiáramos medicina y tuvo que conformarse con tener un hijo carpintero. O la madre a quien apenas pudimos visitar en la residencia. O el hermano a quien intentamos devolver la protección que nos brindó en los años de colegio. Queremos que nos perdonen por no haber cumplido sus expectativas, porque la vida nos llevó por un camino en el que sus domicilios no nos quedaban de paso, o por no haber devuelto los cuidados que ellos antes nos prodigaron porque otras ocupaciones nos alejaron de su bienestar en favor del propio, de nuestra nueva familia, de esa otra vida que cada cual vivimos. Cada vez que vienen a nuestra memoria nos asalta una punzada de remordimiento. De estos necesitamos su perdón. Que nos digan que están bien. Que no pasa nada. Que nos entienden. Que nos aceptan.

Hay otros muertos que se fueron sin que pudiéramos meterles la hostia que merecían. Esos jefes cabrones que nos gritaban cada dos por tres y a quienes no tuvimos la fortuna de encontrar a solas en una calle vacía durante una noche cerrada. Los profesores de matemáticas que nos hicieron repetir curso y que fueron incapaces de dar una explicación coherente de para qué demonios servían las puñeteras integrales. Las novias que nos dejaron por otros más tontos, más calvos,… (Vale, y más jóvenes y con tableta en el abdomen, hay que reconocerlo). A aquellos psicópatas que enturbiaron con su mala leche nuestra vida lo que deseamos es darles esa patada en la entrepierna que objetivamente siempre merecieron y escuchar que nos pidan perdón… Y de esas novias, pues poco más o menos lo mismo, que nos pidan perdón, pero que además nos digan que se equivocaron. (Y eso con independencia de que también nosotros hemos buscado alguna vez otra más bella, más dulce, más alegre,… y ni muertos volveremos para decir que nos equivocamos. Lo hayamos hecho, o no).

Los muertos que nos quisieron pero que todavía piensan que están en deuda con nosotros, esos creo que andan a nuestro lado, esperando la hora en que les digamos que se pueden ir. Que no les guardamos rencor. Que quizá nos quitaron algo, pero también nos dieron mucho. Que somos como somos precisamente gracias a ellos, y que muchos rasgos de nuestro carácter, también los positivos, provienen de verles a ellos, de haber crecido a su lado, de haber compartido con ellos mesa, mantel, aula, hogar o lecho.

Al que a mí me acompaña últimamente también se lo digo: que vale, que bien, que lo entiendo. Que lo acepto. Lo que no sé es si me cree porque ahí sigue todavía. Tal vez espere que primero le meta una hostia y luego, ya más tranquilo, le diga eso, que sí, que me dio grandes cosas y por eso le agradezco que haya formado parte de mi vida.

(Digo yo que el hecho de que los muertos se queden a nuestro lado durante años es porque, de algún modo, son como jubilados, pero a lo bestia. Una vez muerto, la verdad es que mucho no tienes que hacer, así que no sucede nada por pasarte uno o dos decenios acompañando, atormentando, siendo la sombra de otra persona… Y este es el momento en que algunas de las personas que me quieren me formulan esa pregunta que acompañan con un gesto de preocupación: Oye, todo esto lo dices en sentido figurado, ¿no? ¿No quieres decir que ves o percibes a un muerto específico a tu lado? ¿O sí? Creo que esa va a ser la pregunta que conteste cuando yo mismo haya fallecido. Espero que en ese momento, si no encuentro mi camino, alguien toque el tambor cuyos golpes me vayan guiando… a donde sea que deba ir. Incluso si ese destino es, exactamente, la mitad de ningún sitio).

6 comentarios:

  1. Realmente has dejado esa duda en el aire... estamos acompañados??? Yo creo que sí.
    Un placer leerte.

    Mil besitos.

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    1. Gracias, Auroratris. Un placer contar contigo entre mis lectoras.

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  2. No lo dudes..... Seguro que el tambor sonará paea ti.

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    1. Ahora sí que estoy tranquilo, Eva. Que suenen tambores también para mí.

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  3. también tenemos a nuestros propios muertos en vida, esos por x motivos dejamos flecos sin resolver ... para cuanto más aquellos que tenemos en la memoria del corazón sobre todo cuando esos "insensatos" se van sin despedirse
    ... y queda tanto por decir

    en fin hoy me tocaste la fibra Luis,

    un beso

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    1. Ay, MaRía, ya sabes tú que con los vivos nunca se acaba de decir todo. Y que es mejor que así sea.
      Con los muertos, bueno, con ellos es más fácil. Nadie espera que respondan.

      Otro

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