domingo, 14 de diciembre de 2014

LA MUJER DEL DIOS AVENA

Texto: Luis García Centoira.

Cuando despertó lo primero que hizo fue tantearse los dedos de las manos: uno, dos, tres, cuatro y cinco… Sí, estaban todos, luego ella era ella, o por lo menos podía sentirse intacta, entera, viva. Viva en Baclo, que es como decir “eterna”. Pero, curiosamente, la eternidad era una gran cueva oscura en una montaña llena de cuevas. En adelante esa tumba sería su casa. Baclo no tenía comodidades, pero los resucitados no las necesitan. Eso dicen. De todos modos, le gustaría poder sentir el milagro obrado en su cuerpo. Había vencido a la muerte, pero una gran roca taponaba la puerta y ella no podía, por mucho que abriera los ojos, ver nada.
— Deklam –llamó en voz baja-, ¿ya has resucitado? –según el sacerdote eso ocurriría durante el primer día después de la ceremonia.
Sin embargo, por lo que al silencio afectaba, Kaloumi Deklam, su marido, el Rey Dios, no había vencido a la muerte. “A lo mejor la que ha vencido demasiado pronto he sido yo”. Puede ser así. No obstante, a él lo mató el abrazo de una serpiente. Lo de ella, Nónede, fue simplemente el efecto catatónico de la raíz del sueño. No es lo mismo, claro. Nónede tenía asegurada la resurrección. Por el contrario, Kaloumi sólo reviviría si era un Dios. Lo era, de eso tenían pruebas definitivas: Deklam, el Dios-Rey Avena. “Mi esposo, mi Rey, mi compañero.” Su ídolo, el padre de sus hijos, el responsable, en último término, de aquella muerte compartida.
— Pronto te levantarás, amor mío, y la luz llenará Baclo como una dulce emanación de tu divinidad liberada.
Baclo era una tumba excavada en la roca de una montaña, una gruta sellada después de haber conducido a ambos, Rey y consorte, al lugar que iba a ser su yacija para toda la eternidad. El vulgo plebeyo, al morir, iba al Infierno de los Elefantes; los Dioses y sus esposas iban a Baclo, la colina funeraria donde Deklam y su mujer conocerían a cientos de Dioses resucitados de otras épocas.
— De todas formas, ¿es normal que una revivida tenga ganas de vomitar?
Aquel brebaje que le hicieron beber para que su vida simulara su muerte sin duda afectaba al estómago de los inmortales. Y en lo que a Nónede respectaba, acabó tendida de costado, vomitando la tisana en una pasta que, si pudiera verla, sabría que era rojiza.


*


Antes de que el Sumo Sacerdote lo declarase Heredero Legítimo de la Madre Huerta y, por tanto, Dios Avena, ya tenían dos hijos, una cabaña y seis puercos. El Portavoz de Batú dijo lo que había visto en un sueño naciendo de una calabaza y que ahora podía descubrir los signos divinos pintados en el iris de sus ojos. La vida junto a un Dios cambia, pero hay que seguir cuidando a las marranas si se quiere tocino.
— Era normal que fueras un Dios, querido mío –durante estas últimas horas Nónede hacía lo que había estado haciendo, a escondidas, durante toda su vida: hablar sola-; tú eres el sexto hijo varón del rey Fánae, Dios del Agua.
De tal pecho, tal costilla. Un Dios ha de empuñar la lanza y convertirse en guerrero, de forma que los cerdos quedaron para ella. Pero una vida de sacrificio al lado del Heredero Legítimo de la Madre Huerta también tiene sus compensaciones: Baclo. Su esposo vencería a la muerte y ella habitaría su misma cueva. Los demás miembros de la tribu acabarían en el Infierno de los Elefantes, mientras que ellos dos vivirían una eternidad en la barriga de la montaña. Podrían conocer a grandes Reyes pretéritos, a esposas de Dioses resucitados. Sólo había que esperar a que Kaloumi muriese; ella estaría preparada a su lado.
— ¡Y qué día orgulloso aquel en el que te aclamaron Rey!
Le impusieron la estola peluda de jefe de la tribu a la muerte de su padre, pues cuando Fánae murió su esposo era el único Dios vivo en toda la región. Entonces, como por una santa bendición, se acabaron los puercos. La gente acudía para adorarles, sus deseos se convertían en ley… Toda su contraprestación para el buen gobierno de los linajes consistía en tener hijos.
— Diecisiete, nada menos; de ellos, catorce todavía están vivos.
Se trataba de perpetuar la sacra genealogía, a fin de facilitar cuerpos al Cielo donde encarnarse. El segundo, Onés, ya presentaba signos de divinidad. El Portavoz de Batú, el sacerdote, afirmaba que se trataba del Heredero del Viento. No voy a ser yo quien dude de su palabra.
— Amor mío, en una montaña seca y oscura como lo es esta, ¿qué explicación encuentras a que un ser inmortal como yo tenga sed?
Mucho no podía faltarle para revivir. Hacía ya muchas horas que el óbito se había consumado.
— Estás frío.
Lo tenía a su diestra, engalanado de oro para la oscuridad, con las cuencas de los ojos rellenas por dos esmeraldas… frío como un muerto. Y los muertos, hasta que resucitan, sólo están muertos, desconocen todo acerca de las necesidades de los vivos. “Aun así, amor mío, despertarás en seguida y me explicarás cómo debo hacer para aplacar esta sed que me consume”. Él era un Dios; los Dioses, cuando reviven, lo saben todo. Él tendría una solución, seguro.
Fuera debía hacer ya un buen rato que la noche habría caído. La montaña tardaba en acusar los cambios de temperatura del desierto pero, una vez que los acusaba, dentro de la cueva sus efectos se multiplicaban. Y el sacerdote -¡qué desconocimiento acerca de las necesidades propias de la inmortalidad!- la hizo vestir de joyas. Decenas de collares, pulseras y anillos, pero ni una triste gasa con que cubrir su desnudez.
— Debería saber que los inmortales tenemos frío, como los vivos. Se supone que Batú a quien le habla es a él. Si es Él quien elige a sus Dioses, ¿por qué no dispone un ritual que solucione los problemas de nuestra resurrección?
Deklam –había enrollado su mano en la tela que cubría el pecho de su marido- llevaba sobre los hombros la estela peluda que, durante su mandato, luciera en las celebraciones como símbolo de su poder.
— Esposo mío, amor de mi vida, si puedes escucharme, tengo mucha sed y frío.
Lo peor de aquella situación era que el Dios Avena comenzaba a oler como un campo recién abonado. “Yo diría como un muerto”. Pero no puede ser, claro, él lo tenía escrito en el iris de sus ojos; él era el Heredero de la Madre Huerta. Entre otras cosas…
— …porque si no lo eres, amado mío, ¿cómo explicar que, al menos yo, haya resucitado?
A no ser que la raíz del sueño no matara, ella había vuelto a la vida. Que pudiera pensarlo era una prueba indiscutible de la veracidad de su existencia.
— Si tú resucitas yo habré muerto. Esa será la confirmación definitiva.
Pero, si no lo hace, Baclo será una pesadilla y Batú un gran mentiroso.
— Hambre; además de sed, los inmortales tenemos hambre.
No pensó que aquello pudiera constituir una traición, así que decidió apropiarse de la estola real –cálida piel de guepardo- para acurrucarse dentro de ella.
— Si no vas a resucitar no te sirve para nada. Y, al menos yo, mientras estuve muerta, ni frío ni calor sentía.
Se mordió la cara interior de los carrillos. Al fin algo que beber: su propia sangre.
— Seguro que han pasado ya un par de días. Kaloumi Deklam, ¿por qué no te dejas de juegos? Los Dioses debéis resucitar el primer día después de vuestro funeral, ¿es que nunca te lo explicó el Sacerdote?
Tal vez Batú estuviera engañándoles a todos. O su Portavoz. Cuando uno siente esa sed, esa hambre, cualquier blasfemia parece una posibilidad.


*


Al final de aquella noche la sangre de su boca no calmaba ya la sed; tenía la garganta acartonada, por ella corría el líquido sin acabar de paliar la quemazón que la incendiaba. Además ahora, con cada sorbo, el estómago se le revolvía y las arcadas hacían que se estremeciera.
El día avanzaba sobre el valle arenoso de ahí afuera y el calor del sol meridional se filtraba por los poros de la roca. A su lado, el husmo de Kaloumi empezaba a ser insoportable y, con la temperatura, hacía que las arcadas aumentasen. Pero ya no le quedaba bilis que vomitar. Toda la que alguna vez había tenido ahora formaba un charco, resbaladizo y verduzco, a su lado. Lo había probado, pero eso sí que no quitaba la sed.
— Nos engañaron, amor mío; los Dioses no resucitáis, y yo dudo de que alguna vez haya estado muerta.
Quizá si se acercaba a la entrada de la cueva, ese gran agujero taponado por una roca aun más inmensa, lograría que sus gritos fueran oídos por la tribu. Si era así, ¿qué iba a decirles? “Les diré que nunca dejen de cuidar cerdos porque los Dioses no vuelven a la vida, que Baclo está lleno de esqueletos de Dioses muertos, de esposas de Reyes que fallecieron respirando los hedores corruptos de sus maridos”.
Era la segunda vez que sentía aquel cosquilleo recorrer la cara interna de sus muslos. Esta vez fue más cuidadosa y lo atrapó. Un escarabajo. Dejaba cierto regusto amargo en el paladar, pero hubiera dado un brazo a cambio de diez como aquél. Y, cuando al fin reunió fuerza bastante para ponerse en pie y caminar, la roca de la puerta hizo que sus nudillos sangraran. Aporreándola, gritó las únicas palabras que podía gritar:
— ¡Socorro! ¡El Dios ha muerto!
Ante la falta de toda respuesta, derrumbada en el suelo y recogida sobre sí misma, de nuevo, pero solamente para sus oídos:
— ¡…socorro…!


*



Si pudiera verse a sí misma, con aquella sonrisa enajenada y sucia de pies a cabeza, seguramente pensaría que estaba ante otra persona. El producto de cinco días de encierro había sido ese millar de venitas reventadas, esas decenas de rasponazos, la docena larga de pequeñas cicatrices repartidas por su orografía de piel caoba, antaño hermosa. Ahora trataba de combatir el frío de la noche renacida golpeándose  los muslos con las palmas de las manos. Algo había cambiado; en su rostro brillaba una desquiciada mueca de felicidad.
— Te amo, mi querido Deklam, aunque no fueras un Dios te amaría igual.
¿Cuál había sido el milagro que le había llenado el estómago, cuál la magia que había colmado su sed?
— Te prometo que no volveré a aporrear la entrada.
Se había roto dos nudillos la última vez que lo hizo. Además, había tropezado con el cuerpo pútrido de su dios hogareño y, al caer sobre él y abrirse una ceja, decidió que ya no había tiempo para más esperas.
— Ya no vas a resucitar –le dijo entonces, o tal vez se lo dijo a sí misma.
Él, como todos los demás, se había marchado al Infierno de los Elefantes.
— Todos los Herederos de la Huerta acaban yendo al mismo lugar al que pronto irá también Nónede.
Sí, no tenía muy buen aspecto. Tampoco creo que le importara. Dentro de su enajenación había encontrado un modo de ir sobreviviendo incluso en Baclo.
— El sabor es francamente repugnante, pero al menos tiene sabor.
¿Cuánto tiempo tardaría aquella dieta en matarla?
— La primera vez, amor mío, lo vomité todo. Ahora ya me he acostumbrado y aguanto las arcadas. Estarías orgulloso de mí. Ya no lloro, ni me pongo a gritar como una loca. No, ahora me comporto con la dignidad propia de toda una mujer del Dios Avena.
Entonces repite aquel movimiento: alza la mano y se lleva a la boca el pedazo de carne y fémur. La pierna derecha. Algunos de los abalorios de sus joyas han resultado ser cuchillos aceptables.
— Te amo; más que nunca te amo. Ahora eres tú quien me da la vida. Gracias a ti alcanzaré la muerte.

Hoy el Heredero de la Huerta es un heredero cojo. Mañana tal vez deba perder ambas orejas, o la nariz, o el antebrazo. Por el momento, la sangre que aún no se ha coagulado sabe a néctar de dioses.


Luis García Centoira

Si os ha gustado este cuento, podéis encontrar una recopilación de los relatos breves que he ido publicando en este blog haciendo click sobre

2 comentarios:

  1. No estoy muy segura de los sentimientos que me han ido embargando conforme avanzaba en la lectura... algo de angustia quizá, primero, ante la imposibilidad de ver (o salir de la oscuridad), tal vez un poco de desconcierto al no centrar perfectamente a los personajes por la novedad de los mismos o sus nombres, y hasta náuseas con la descripción de lo ingerido...
    Sin embargo tengo clarísimo el sentimiento de liberación final, aunque esté ligada a la muerte.

    Creo que bajo alguna óptica, en algún punto... muchos de nosotros hemos conocido (y más que conocido) Baclo...

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Nicky. Por tu comentario, veo que lo has pillado: sí, esta historia es una alegoría.
    Besos.

    ResponderEliminar

Los comentarios en esta página están moderados, no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. No seas hiriente al comentar, no seas más listo que nadie, no te las des de inventar el huevo porque el huevo ya está inventado. No descalifiques a otros sin ton ni son. No utilices el anonimato para decirles a las personas cosas que no les dirías en caso de tenerlas delante. Intenta mantener un ambiente agradable en el que los demás puedan comentar sin temor a sentirse insultados o descalificados.Este no es un blog ni triste ni gesticulante: comenta para que los demás disfruten porque has decidido disfrutar de la vida. Los comentarios que incumplan esas normas básicas serán eliminados.