sábado, 22 de noviembre de 2014

PEQUEÑA BIOGRAFÍA DE UNA VEJEZ AVARICIOSA

José y Luisa se casaron dos años después de que él se jubilara, cuando ella llevaba viuda ya ocho . Para él era su tercer matrimonio, para ella, el segundo.

Bueno, he dicho que se casaron, aunque en realidad entre ellos nunca hubo papeles. Él no creía en Dios salvo si le convenía. Ella, que se  vio ante el dilema de elegir entre el Dios de la cohabitación sacramentada y mantener la pensión de viudedad procedente de su anterior matrimonio, prefirió ésta a aquél. A los demás dijeron, no obstante, y aunque de la ceremonia no hubiese testigo alguno que pudiera atestiguar su existencia, que ante Dios sí que se habían casado, que un sacerdote había santificado su unión. Y, claro, a misa continuaron acudiendo, sin faltar un solo domingo, hasta el día de su muerte.

Como marido y mujer vivieron, no obstante, durante veinticinco años.

José tenía tres hijos. Luisa, ninguno.

Cuando se casaron, José y Luisa vivieron durante un año en casa de Luisa, una casa grande y con muchos gastos, como es habitual en las casas grandes.

Un año más tarde el hijo pequeño de José, Mario, fue invitado amablemente a abandonar la casa del padre, pues ya tenía veintitrés años y, aunque no se ganaba la vida todavía por sí solo, edad, lo que es edad, esa ya la tenía.

Mario abandonó la casa y pasó cerca de dos años viviendo de alquiler, teniendo que reducir su dieta hasta límites insospechados para que lo que ganaba con una sucesión de trabajos temporales le diera, al menos, para pagar la casa donde vivía, la luz, el agua, en fin, ese tipo de cosas que uno ha de pagar cuando vive solo. Dos años, ni uno más, ni uno menos, dos años en los que perdió veintiún kilogramos de peso, necesitó para rehacerse. En ese momento un trabajo estable le permitió volver a hacer tres comidas al día, recuperar los estudios, casarse y, llegado el momento, incluso tener un hijo.

En el acuerdo que tenían José y Luisa quedaba claro que él aportaría su pensión íntegra para el mantenimiento del hogar y de la pareja y que Luisa, a cambio, sería quien atendería en adelante las labores domésticas. 

Dos semanas después de que Mario abandonase la casa donde había vivido hasta entonces, la pareja ya se había instalado en la misma. Luisa, carente de fortuna, se encontró con que, tras vender la vivienda donde moró con su antiguo marido, ahora tenía una pequeña fortuna en el banco que, gracias al acuerdo que tenía con su actual pareja (y, ciertamente, a llevar una vida miserable, no podemos negarlo), le permitió ahorrar en los siguientes veinticinco años prácticamente todo lo que cobró en intereses del dinero ingresado en la caja de ahorros, así como, al cien por cien, la pensión de viudedad. 

En veinticinco años que duró su nueva relación  de pareja Luisa, que había partido de cero monedas en su cuenta, pasó a poseer una enorme masa de dinero en forma de apuntes en cuenta corriente. Durante todos esos años jamás fueron al teatro, al cine o a un concierto, no compraron libro alguno ni financiaron a ninguna ONG, comían fuera de casa apenas un día a la semana, siempre el menú del día. Eso sí, en ropa nunca escatimaron gastos. Dos veces al año gastaban un buen puñado de dinero en trajes para él y vestidos para ella. En cualquier caso, Luisa siempre consiguió que las facturas constasen a su nombre, si bien nunca tuvo que recurrir para aquel gasto a la pequeña montaña de monedas que iba creciendo en su libreta del banco.

Hace un año murió José y dejó escrito en su testamento que ella disfrutaría del piso como usufructuaria hasta su muerte, cosa que sucedió apenas once meses más tarde. 

Hacía ya diez años que los hijos de José apenas tenían relación con aquella mujer y con su padre. Lo justo, ya se sabe: una visita al mes que giraban los hijos, una comida al año coincidiendo con el Día del Padre. En realidad, mucho más que mucho, pues José en veinticinco años no les llamó más allá de dos o tres veces a cada uno de ellos con motivo de algún bautizo, boda o comunión.

Los hijos de José ahora pueden vender esa casa y repartirse los ingresos que con la misma obtengan. Una herencia que, en alguno de los casos, incluso permita que alguno de ellos cambie de coche, siempre que no elija uno nuevo de gama alta. En realidad, todos esos ingresos juntos, todo lo que puedan obtener por la vivienda apenas va a alcanzar un tercio que el dinero que Luisa amasó en el Banco.

Por cierto, ese dinero ha acabado en manos de dos sobrinos que en toda su vida se ocuparon de ella, ni cuando era joven, ni cuando necesitó apoyo en la vejez. En realidad, en el último año de su vida, el único apoyo que a diario encontró Luisa, paradójicamente, fue el de uno de los hijos de José, que viviendo a apenas cien metros de su casa, tal vez no tuvo otro remedio que cuidar, codo a codo con su esposa, de aquella que un día su padre escogió como compañera. Eso no hizo que la quisiera más, ni que Luisa lo odiara menos, pero habrá que dar a César lo que del César es, y este hijo, que César se llamaba, fue el único que veló su sueño en el hospital las dos veces que a ella la ingresaron durante ese tiempo, el único que acudía cada día a su casa para asegurarse que no le faltaba de nada, que todo iba "bien". Y, de hecho, fue él quien encontró el cadáver el domingo en que ella murió, quien organizó velatorio y funeral, quien recibió pésames por alguien que en su vida tampoco es que hubiera aportado demasiadas alegrías.

Pudiera haber sido de otra forma pero, en cualquier caso, así ha sido. El saldo final en cariño fue cero, un cero redondo y barrigón como un agujero de donut.

5 comentarios:

  1. Queda claro que los avaros solo tienen dinero y se pierden mucho de lo bailado.
    Su dinero les trae el sufrimiento de cuidarlo y prescindir de bienes y servicios, mejor vivir como rico e irse sin nada.

    ResponderEliminar
  2. O, sencillamente, Carlos, vivir amando y dejándose amar, dando y recibiendo, no acaparando, construyendo y dejando construir.
    Es exactamente como dices, Carlos, has dado en el clavo.

    ResponderEliminar
  3. Es que clarito se me ha venido a la mente el inicio de la canción:

    "Era tan pobre que no tenía más que dinero............"
    :s

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Este es un tema tan viejo como el dinero mismo. Lo malo, Nicky, es que casos tan reales como este hay casi uno por familia.
      Besos.

      Eliminar
  4. Ya no es sólo avaricia. Es egoísmo y una capacidad de cariño interesada y muy limitada. Este tema e incluso peores se dan con más frecuencia de lo que parece.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Los comentarios en esta página están moderados, no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. No seas hiriente al comentar, no seas más listo que nadie, no te las des de inventar el huevo porque el huevo ya está inventado. No descalifiques a otros sin ton ni son. No utilices el anonimato para decirles a las personas cosas que no les dirías en caso de tenerlas delante. Intenta mantener un ambiente agradable en el que los demás puedan comentar sin temor a sentirse insultados o descalificados.Este no es un blog ni triste ni gesticulante: comenta para que los demás disfruten porque has decidido disfrutar de la vida. Los comentarios que incumplan esas normas básicas serán eliminados.