SOMOS LO QUE VIVIMOS

Imagen de Eric Johansson. + info: ericjohanssonphoto.com
Recientemente he leído la magnífica novela "El huérfano" del escritor Adam Jonhson. Permitidme que, como crítica literaria,  únicamente diga de la misma que su lectura es más que muy recomendable, por mucho que el escenario donde se desarrolla la acción (una antiutópica Corea del Norte) tenga un parecido con la realidad sospechosamente ondulante. 

Eso al margen (yo no creo en los paraísos perfectos, pero tampoco en los perfectos antiparaísos), algo que la novela plantea de modo magistral es una honda reflexión sobre la pregunta de quiénes somos, de qué cosa es la que confiere identidad a una persona.

Dejadme hablar sobre eso.

Es cierto que el nombre nos individualiza, pero apenas dice nada de nosotros, no nos diferencia más allá del renglón que nos consagre el Registro de nacimientos y defunciones correspondiente.

Tampoco creo que cosas como la edad, el sexo o la altura, por ejemplo, digan nada acerca de nosotros que no compartamos, al mismo tiempo, con centenares de personas. Es lo típico de las descripciones policíacas de las series de detectives, eso de: "varón, raza blanca, entre veinte y treinta años, rubio..." Sales con esa descripción a la calle y hallarás centenares de tipos que respondan a la misma.

Si yo me pregunto quién soy, no me respondo que soy Fulanito de tal, que mido casi uno con ochenta y tengo ojos verdes. No. Tal vez pronuncie mi nombre, pero a continuación hablaré de mis padres, mis hermanos, de si tengo o no hijos, de lo que estudié en mi juventud, de mis lecturas y mis cuentos, de si me gusta la paella o aborrezco los espárragos trigueros, de si soy curioso o si me dejo llevar, hablaré de mi trabajo, de mis amigos, de si los domingos tomo vermú o salgo a pasear por la montaña o el puerto... Si me pregunto a mí mismo quién soy, lo que me contesto es mi vida. Lo que he vivido.

Creo que jamás podrá despersonalizarme el hecho de quedarme calvo (desaparece el tono trigo del cabello, si es que ese tono lo caracteriza), o si pierdo la vista, o si con la edad mengua mi estatura, o si me cambio de sexo, de vecindad o de estado civil. El día en que ya no seré yo, será ese en que me levante de la cama y ya no recuerde que me encantaban las filloas con azúcar que cocinaba mi madre, el día que olvide lo mucho que debo a mi hermana, lo amigo que soy de una buena parte de mis sobrinos, las dos grandes mujeres que a mí se unieron en matrimonio, el amor infinito que siento por mi hijo, lo mucho que disfruto de su compañía. Ese día dará igual si todavía recuerdo mi nombre: mi identidad se habrá esfumado cuando mi cabeza se quede vacía de recuerdos.

Ellos, y no otra cosa, son los que capa a capa han formado mi memoria, los que me permiten afirmar que, en cada una de esas capas, hay un tipo que puedo asegurar que soy yo.




3 comentarios:

  1. Eso somos, la fusión de cada uno de nuestros actos y ellos formados en recuerdos.

    No sé bien cómo llegué por aquí, pero me agrada. Estoy por postear algo muy parecido y me llamó la atención :)

    Un gusto leerte.

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  2. Gracias por pasarte, Nicky.
    Ojalá se convierta en una costumbre.
    Nos leemos.

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  3. Interesante reflexión, Luis, en la que estamos de acuerdo. Nuestro yo personal se hace a base de experiencias. Cuando aparece el olvido el yo se diluye en él.

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