viernes, 17 de octubre de 2014

MANIUCA

                         

    Texto:   Luis García  Centoira.

 Ilustraciones: fotografías de la serie de esculturas en cristal de Luke Jerram titulada Glass Microbiology.




Tenías razón: por mucho que ya no sirva de nada, tu esperanza era más sólida que mi escepticismo. Hoy atracó en el Puerto una embarcación trayendo a un centenar de médicos y a todo un destacamento del ejército. Al parecer, han logrado vencer a la Maniuca y hasta los Airados van a recibir tratamiento. Supongo que la mayoría de ellos pasará directamente de la Isla a la cárcel, pero para el Gobierno una cosa son las cuentas con la justicia y otra los requerimientos de la salud. Eso dicen ahora.

Han venido –el personal sanitario, la tropa- sin ninguna protección especial, como si hubieran llegado a una ciudad cualquiera y no al C.R.A.M. Según le explicaron a Fuertes, hace seis meses que un laboratorio noruego acertó con la formulación del inhibidor. Lo han llamado MVI –acrónimo en inglés de “inhibidor del virus de la Maniuca”- y se aplica por vía intravenosa. Vi una ampolla cuando ayudaba a instalar el material médico en el hospital; tiene un aspecto verde bilis ciertamente desagradable, pero, a pesar de esa fealdad aparente, no deja de ser un dios de vida para nosotros. Todo el país está vacunado desde hace semanas y, según parece, nos van a dejar volver a casa, pues ya no somos un peligro para nadie. Afirman que la mayor parte de nosotros podremos recuperarnos, si no del todo, lo bastante como para llevar una vida poco más o menos “normal”. Mañana iniciamos el tratamiento, luego un mes sin salir del C.R.A.M. mientras expulsamos al virus de nuestro organismo y, después, de vuelta al hogar, quien tenga hogar al que volver, al trabajo, aquellos que puedan recuperarlo, a nuestras familias, si es que nos han sobrevivido.

Un oficial del ejército me contó que se ha publicado que una representación de la Isla acudirá en breve a cenar con el Presidente en Madrid. Un acto de desagravio, precisó. Acabará por resultar que se sienten en deuda con nosotros, que, cuando ya están fuera de peligro, la culpabilidad ha hecho mella en sus corazones. Ahora querrán recompensar nuestro “sacrificio” con homenajes y dinero. Lo llaman así: sacrificio. Van a levantar en la Isla un obelisco recordando a los fallecidos y el Papa piensa beatificar a los católicos que han perdido la vida en estos “sanatorios” marinos. No sé lo que los beatificables pensaréis –tú eres católica, yo no-, pero imagino que hubiérais preferido al Papa de vuestra parte mucho antes; lo de la beatificación parece que es un producto más de la euforia por el MVI.

Desconozco si fue justa o injusta la medida de aislarnos a todos aquí, como en tantas otras colonias hospital, pero tal vez hubieran podido hacerlo de manera distinta. Consiguieron detener a la Maniuca –mejor sería decir echarla de casa-, aunque abandonarnos a nuestra suerte… No sé, no sé si con la pensión que nos han prometido conseguirán borrar de nuestra memoria el dolor de sentirnos apestados, olvidados. Solos.

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Al principio convinieron en llamarlo “mal de las pústulas” o, en los titulares de la prensa sensacionalista, la “maldición rusa”. El primer caso, la primera veintena de afectados, fue descubierta en una zona proletaria de la ciudad de Vjatka, cerca de Moscú. Los enfermos acudían al hospital aquejados de altísimas fiebres y con la piel hirviendo de pústulas, de ahí el nombre original que recibió cuando se pensó que se trataba de alguna infección folclórica propia de desheredados. Un mes más tarde padecían idéntico mal casi la totalidad del personal sanitario del centro hospitalario y alrededor de diez mil personas en todo el país, desde San Petersburgo hasta Manchuria. Se cerraron las fronteras de la nación y los enfermos fueron aislados en salas esterilizadas de decenas de clínicas. Tarde. Aquello no era una epidemia local ni una afección de desarrapados.

La medida de cerrar las fronteras rusas no sirvió para nada. Las fronteras son lindes inútiles para un virus que viaja con la gente, y la gente viaja, viaja y viaja, por muchas púas que decoren las alambradas. Así que tampoco sirvió para nada cerrar Polonia a cal y canto, ni Alemania, más tarde, ni Azerbaijan, ni China, ni Hungría. En seis meses la “maldición rusa” ya no era rusa, sino mundial; había corrido por el orbe ligera como el fuego entre sarmientos.

Se abrieron las fronteras y cada país optó por un método diferente de enfrentarse a la catástrofe. Hubo naciones, en ciertas regiones de África, donde se quemaba a los enfermos según iba apreciándose la señal de las llagas en su piel. Consecuencia: ciudades diezmadas, revueltas populares, una excusa para precipitar golpes de estado. En otros lugares se decidió aislar a los enfermos en clínicas especialmente habilitadas para combatir el contagio: resultó ser una medida respetuosa con los pacientes, pero terminó por no haber ni clínicas suficientes ni presupuesto para  costear tan gravoso aislamiento. Porque había dos tipos diversos de enfermos: aquellos sobre cuya piel el virus descrito por Walter Maniuca había puesto su rúbrica y aquellos otros que, aperentando ser sujetos sanos, portaban el bicho dormido en su interior y podían transmitirlo. Al final, medió la OMS y casi todos los países –unos con mayor suerte y otros, la mayoría, prácticamente vaciando los cofres de sus arcas públicas- siguieron su recomendación: ya que la pandemia parecía imparable, se imponía aislar tanto a portadores como a enfermos en lugares controlados por la policía sanitaria, donde ni ellos salieran, ni entrase nadie todavía sano. Dicho de otro modo: las Islas Hospital.

Así surgió, obedientes nuestros gobernantes al mandado de la OMS, y localizada en lo que en tiempos se llamaba Cabrera, la Isla de los Malditos, o, según la terminología del Boletín Oficial del Estado, el C.R.A.M., Centro de Recuperación de Afectados por la Maniuca. Y aquí, en esta versión hispana del Remedio Universal, en esta isla maldita te conocí, te amé y viví contigo ocho años de dolor y ternura, ocho años de pus y olvido.

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Tú no tuviste que pasar por la experiencia de ver cómo la Maniuca acababa con la vida de nadie hasta que llegaste a la Isla. Yo sí. El tuyo fue un periplo previsible, dentro de lo que fueron los primeros meses de la pandemia; pasaste de ser una enfermera del Carlos III, en Madrid, a convertirte en paciente de una de esas primorosas salas esterilizadas del año en que lo desconocíamos todo acerca del “mal de las pústulas”. Y cuando supimos más, formando parte de la partida original, pasaste a engrosar la lista del recién inaugurado censo de la Isla sanatorio. El contagio, en tu caso, fue la consecuencia de una vocación de servicio retribuida y elegida libremente.

A mí se me murió entre los brazos una hija de tres años, Olga. En apenas dos semanas la Maniuca había convertido su piel en un paraje yermo y su corazón en una máquina prematuramente achatarrada. Sólo en los niños más pequeños se desarrolla tan rápidamente la enfermedad. Mes y medio después nos conducía el recién creado Servicio de Policía Sanitaria a las pruebas obligatorias del Hospital, tras pasar por la inevitable cuarentena. Amelia, mi mujer, y las otras dos niñas –Auri y Cristina- gozaban de una salud excelente. Yo di positivo. Aunque no hubiera desarrollado el mal, lo portaba y podía transmitirlo. En mi sangre convivían, por el momento sin mutuas agresiones, el virus asesino y los leucocitos.

Madrid y mi familia quedarían atrás inmediatamente; esa era, ya para entonces, la exigencia del bien público. El C.R.A.M. solamente necesitó cincuenta y dos horas para atraparme entre sus fauces. Juro que por la televisión nos lo habían pintado de otra forma, con enfermos jugando a la petanca y médicos vestidos como astronautas, algo así como un balneario terminal en mitad del mare nostrum.

Nada podía parecerse menos al hospital del Olimpo.

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Esta mañana, mientras nos inyectaban el MVI a los que todavía conservamos alguna posibilidad de recuperarnos (somos los primeros de la lista), el ejército salió al campo. Zerballos ha herido a tres soldados antes de caer abatido a balazos. Seguramente, la muerte era lo mejor que podía ocurrirle. ¿Para qué el MVI?, habrá pensado, ¿para cumplir treinta años en otro presidio? Mejor irse con sus crímenes a la tumba y confiar en la existencia de un Dios no vengativo. Aquí, al menos, era alguien; el rey de los locos, sí, pero alguien. Fuera, sólo sería otro criminal expiando sus culpas.

Los demás Airados, incluso los más activos en las fechorías del grupo, comprendieron al momento lo que significaba un batallón sin mascarillas y corrieron a arrojarse en brazos de los soldados. Algunos de ellos van a tener que pasar por más de un proceso judicial, pero siquiera se convertirán en reos sanos. Y todo –hasta la Maniuca, como hemos visto- pasa.

Dicen que Zerballos mantenía seis concubinas en su huronera, si bien hacía un año que no podía yacer con ninguna de ellas. Aun así las mantuvo a su lado hasta el final. ¿Un signo de ostentación de poder? Indiscutiblemente. Imagino que esa gente debía regirse por la milenarias leyes de la barbarie y, según ellas, cuantas más hetairas, más autoridad; sin otras reglas que la voluntad de ese orate, esa sería otra credencial del caos. De todas formas, ninguna de ellas ha decidido acompañarle en su viaje al infierno.

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Ahora que veo el rosa pustuloso de las llagas en tu frente y oigo el minúsculo hilillo de tu respiración –es difícil hacerse a la idea de que todavía estás viva tras esa máscara de destrucción- no puedo evitar las lágrimas al recordar el día en que nos vimos por primera vez. Con aquella bata blanca que lucías, y flanqueada por Fuertes y Ana Pedregosa –presentados, respectivamente, como alcalde y jefe de Seguridad de la Colonia- completabas el trío que salió a recibir a mi grupo (cuatro personas en total) al malecón sur de Puerto Esperanza, como habíais bautizado al lugar donde nos abandonaba a nuestra suerte la policía de verdad. Puerto Esperanza, porque algún día –confiábais- llegaría por ahí, como entonces los enfermos, el milagroso fármaco de la curación.

No hubo lugar a extemporáneas ceremonias de presentación. Esta es Angela Uriarte, encargada de la sanidad en la Isla. El alcalde Fuertes y Ana Pedregosa, algo así como la responsable de que sólo la Maniuca pueda acabar con nuestras vidas. Encantado, yo Alfonso Ibáñez, hasta hoy analista informático. Hoy, hermano de peste.

Todavía no entendía para qué podía servir en una Isla llena de despojos una responsable de policía -¿quién iba a imaginar la existencia de un ser tan particular como Zerballos?-, pero la idea, en cualquier caso, no me desagradó. Fuertes, envuelto en su americana de cuadros y con aquellos mechones blancos de patriarcal aureola sobre las sienes, expelía cierto aroma paternal, especialmente cuando dijo aquello de:

- Os llevaremos al recinto habitado.

Eras la jefe médico. Seguramente, pensé, una dignidad alcanzada por la peste en un momento de descuido. La Jefe Médico, nada menos. Para un enfermo su médico es Dios, o, en tu caso: la Jefa de Dios.

- Así es –te explicaste, sacando a relucir esa cortés sonrisa que acompañó siempre todos tus actos-, yo también soy una residente. Las personas sanas nunca salen de ese barco y, si alguna vez llegaran a abandonarlo, jamás les permitirían emprender a bordo el viaje de vuelta.

Ni presos, ni enfermos, éramos “residentes”. No sé si alguno llegaba a creérselo, pero casi todos preferían pensar en sí mismos como en turistas de paso por un balneario. En aquella época aún había quien sostenía con ciega terquedad que pronto hallarían una cura en algún lugar del mundo y regresaríamos a nuestros hogares vivos y sanos en unos pocos meses. Un año, a lo sumo.

Zerballos no, por supuesto, él hacía mucho que tomó la decisión de que aquel paraíso para las cabras sería su última morada.

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Era pronto para amarte; la cadena que me unía al pasado y al dolor era demasiado pesada para pensar en un camino que condujese, aunque fuera a trompicones, a cualquier suerte de paz. En apenas mes  y medio había visto morir a una hija –nunca he averiguado quién de los dos contagió al otro- y abandonado a la fuerza un hogar que era toda mi vida. Mi vida -¡vaya una mierda de vida!, me decía-; ni siquiera podía esperar que la Maniuca acabase pronto con ella. Era un maldito portador, nada más, un hombre señalado por la ausencia de señales, una ofensa para los pustulosos.

Un apestado aparentemente normal que únicamente conoce su enfermedad por referencias y que, por si fuera poco, acaba de perder familia y trabajo, no está en condiciones de amar; sólo puede encerrarse en su autocompasión y esperar que la melancolía lo venza. Precisamente eso hice yo durante año y medio, inmolarme en mi pequeñez sin gloria, en mi olvido de mí mismo.

Como allí no había nada que pudiera hacer un informático (Internet estaba proscrito y cualquier cosa que llevara un chip incorporado se quedaba al otro lado del agua), Fuertes me puso una guadaña entre las manos y me envió a segar amentos a un campo de la granja comunal. Te puedo asegurar, mi amor, que en el mundo hay pocas cosas más torpes que un urbanita segando. Si nunca antes la usaste, manejar la larga cuchilla de La Parca para usos civiles es más complicado que componer un soneto sobre el motor de un Boeing.

En medio de todo, había llegado mi segundo estío balear, y yo seguía como al principio, sin una llaga que me igualase como residente, con lo cual continuaba viéndome como un bicho raro. Decidí volcarme en el trabajo y no pensar ni en el aislamiento, ni en mi familia, ni en la Maniuca. Con mi guadaña por oriflama, el mundo se reducía a yerba que cortar.

Y entre la hierba apareció una tarde. Zerballos, como un torbellino, así lo recuerdo. Serían alrededor de las ocho, entre ellos al menos dos mujeres. A treinta metros de distancia habían tomado a una segadora y la desnudaban para forzarla cuando, alertado por sus gritos, salí de mi apatía y acudí a socorrerla. Poco pude hacer, bien es cierto; mi cerebro registró un sonido hueco y, al poco, fue incapaz de registrar nada más. En el campo a esa hora únicamente estábamos trabajando la muchacha y yo, de modo que es fácil imaginar lo que sucedió durante mi inconsciencia. Amaia, así se llamaba, no tendría dieciocho años, tal vez ni siquiera diecisiete.

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Sí, amor, tu rostro  fue lo primero que vi cuando resucité. No te extrañe la expresión, pues fue como te digo: el día de mi despertar no fue el adiós al coma, no, fue un verdadero renacer. Y allí, unidos a la luz del día recobrado, estaban esos ojos que parecían auscultar mi alma tras el parapeto del dolor.

Acababas de pasar por una de esas crisis de fiebre que te mantuvo en cama durante diez días y, al fin, la misma tarde en que pudiste levantarte sucedió lo de la granja: los Airados, con Zerballos al frente, habían violado y matado a una adolescente y herido de gravedad a un portador.

A falta de nadie con más preparación, tuviste que ser tú misma quien extrajera la bala de mi hombro. Sin instrumental adecuado, sin un título habilitador, tu cirugía acababa de salvar mi vida. En otras épocas –tiempos de reinado de otros virus- hubo naciones donde por menos de eso uno debía corresponder a su salvador con un vasallaje de por vida.

No digo que fuera esa la razón, pero desde que resucité, después de tres días en brazos de la inconsciencia, tus ojos son para mí el logotipo de la existencia, incluso ahora que la Parca teje el lino mortuorio a los pies de tu lecho.

Debería estarle agradecido a Zerballos: con su salvajismo consiguió sacarme de la ingravidez en que me había aislado. Me fue revelado entonces que no quería morir. Con Maniuca o sin ella había que intentarlo, y si tú estabas a mi lado, ¿qué otra cosa podía pedir?

Ya lo sé, podía pedir mi hogar, mi familia, aunque tampoco quería engañarme esperando un retorno que tal vez nunca fuera a suceder. Una viejísima canción decía: “Hay una rosa en el guante empuñado Y el águila vuela con la paloma Y si no puedes estar con quien amas Ama a quien está contigo”. Quizá fuera por eso (¿quién conoce los motivos que llevan a dos personas a encontrarse y reconocerse?), el hecho es que desde que abandoné la enfermería Angela Uriarte y Alfonso Ibáñez formaron una pareja estable, un intocable refugio de comprensión dentro de la decadencia pustulosa de la Isla de los Malditos.

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Esta mañana no acudí a verte, ¿lo notaste? Seguramente no. Los doctores que te atienden me dicen que ya no sientes nada de lo que ocurre a tu alrededor, que no me esfuerce porque perteneces a un mundo sin sensaciones. Da igual. Quiero continuar a tu lado hasta que boquees tu último aliento.

No vine porque recibí una visita inesperada. Después de tantos años sin noticias suyas, hoy vinieron Amelia y las niñas a la Isla. Procuré que no se dieran cuenta, pero me encontré incómodo. Aunque me entristezca pensar en ello, era notable ver cómo habíamos cambiado todos durante este tiempo. Auri está hecha toda una mujer, a sus diecisiete años. Fue la que más habló, contando cosas del barrio, de sus amigas, de sus estudios. Me adora; creo que, con la separación, ha sublimado mi recuerdo. Cristina, la pequeña, no se acordaba de mí. Le decían que yo era su padre y, mientras la obligaban a besarme, me miraba como supongo que debe mirarse a un extraterrestre. Cuando se estaban marchando se negó a repetir la escena del beso. Lo comprendo, de las dos es la que más se parece a mí cuando tenía su edad. ¿Quién soy yo para la niña, a fin de cuentas?
 
Amelia estuvo distante. No te extrañe; yo también. Nuestras vidas han seguido trayectorias tan diversas desde que Olga murió que de lo que en tiempos fue una familia hoy sólo conservamos las cenizas del incendio.

Esperó a quedarnos solos para decírmelo: hace un par de años que vive con otro hombre y quiere el divorcio. Pide la custodia de las niñas –“por supuesto, yo podré visitarlas siempre que quiera”, ha dicho- y la casa –“como es lógico”- A cambio, ella y su compañero me ofrecen una compensación económica. “Lo suficiente para que puedas empezar de nuevo”.  He aceptado, claro; no quiero convertirme en un extraño impuesto en la vida de nadie.

No hablamos de tu lenta agonía, pero le conté que también yo me había enamorado de otra mujer. Y una pequeña maldad: me pareció ver un destello de celos asomar a sus ojos cuando lo oyó.

Da igual. Tú te mueres. Y yo quiero que tus últimos días sean un acto íntimo, y en eso nada tienen que ver mi mujer, las pequeñas o el ejército de doctores de verdad que ahora te atienden. Sólo tú y yo. Y yo, insisto, aunque estos galenos recién llegados digan que no sirve para nada.

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Fuertes –otro portador, como yo- ha asistido al sepelio de Zerballos. Yo, después del baño y la toma –dicen que la de hoy es la última toma, que el inhibidor ha obrado maravillas en mi salud, por mucho que yo ni antes sintiera la enfermedad ni ahora perciba la cura-, vine, como cada día, a verte. No quiero saber nada de Zerballos; para serte sincero, me alegro de que acabase como ha acabado.

Según el bueno de Fuertes, se trataba de un pobre hombre que no supo aprender a convivir con la Maniuca. Yo no soy tan comprensivo como él o como tú, posiblemente porque, a diferencia de vosotros dos, yo no creo en Dios ni en esa moral que glorifica el perdón. Para mí Zerballos era un psicópata que hallaba gozo en infligir daño a los demás. Los que decidieron seguirle al monte, esos a quienes llamamos “Airados”, a mí se me antojan alimañas de compañía. ¿Cómo van a pedirme que sienta piedad por ellos? No, ni piedad ni comprensión.

Fueron ellos quienes dejaron a un lado la comunidad, nadie les forzó a decidirse por vivir en el monte, a regodearse con nuestra miseria como si no fuera también la suya. ¿Qué habría sido del Enclave si todos hubiéramos elegido su homocida atavismo? ¿Habríamos llegado alguno vivo al día de la curación? En la selva hubo siempre lobos y corderos; yo soy un cordero, ¿por qué debiera perdonar a la fiera que diezmó mi rebaño? Antes al contrario, como en el cuento, llenaría de piedras su estómago y lo arrojaría a la corriente.

Fuertes puede llamarlo como quiera, a mí no me apura admitir que el nombre que recibe esta sensación es odio. Y no me importa. En serio, no me importa en absoluto.

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Cuatro años llevábamos juntos cuando él, ese por quien reza hoy el rebaño herido, parecía habernos olvidado. Era agosto, un mes de hierba seca y de sol lacerante sobre las llagas –al menos, de quienes las teníais-. Era una jornada feliz, calores aparte. Habíamos construido un pozo en el Enclave y el agua potable, hasta ese día nuestra principal carencia, empezó a manar abundantemente. Fuertes estaba radiante, además, porque el día anterior nos habían dejado caer en paracaídas  más de dos toneladas de carne en salazón. Recordarás lo hartos que estábamos todos de la dieta local: leche de cabra, carne de cabra, queso de cabra… y, muy de vez en cuando, algo de pescado. Ahora teníamos yodo, vendas esterilizadas, calmantes… y cecina y jamón y chorizo y panceta. Parecía evidente que algún funcionario del Ministerio correspondiente había recordado que en una isla llamada Cabrera había centenares de enfermos olvidados que tenían fiebres que calmar, llagas que curar, estómagos que complacer.

Desde entonces, para mí esa fecha y Zerballos constituyen una indisoluble unidad; caprichos de la memoria, supongo, heridas de la barbarie que no logran curar. Al llegar la noche se dio inicio a una fiesta a la cual, excepto los inquilinos de la enfermería en peor estado, debió acudir la inmensa totalidad de los residentes. Gustamos la carne regalada, procurando que sobrase lo suficiente para todo el verano y aun el otoño, y nos servimos vino de las cepas  que habíamos conseguido adaptar a la isla y que en octubre dieron su primer mosto. Hubo incluso una orquestina con acordeones y guitarras. Se bailó, se rió; parecíamos gente normal en un baile pintado por un impresionista rebosante de optimismo.

Imprevisiblemente, empezó en la granja y, al acudir a lugar todos, hubo un segundo brote en el corazón habitado del propio Enclave: el fuego devoraba nuestras casas de madera como si fuera el predicado lógico de la frase que empezaba con el sintagma “el estío mediterráneo”.

Nadie propuso una explicación diferente; Zerballos nos enviaba recuerdos. Había aprovechado la confusión de las llamas para saquear el almacén y la clínica. Se llevaron casi toda la salazón y buena parte de las medicinas. La indignación –que todo es posible- había prendido, como nenúfar en un secarral, en el corazón de Fuertes, pero apenas nadie quiso aventurarse con él entre sabinas y acebuches, y tuvo que olvidar cualquier intento de recuperar lo robado. Muerta Ana Pedregosa cinco meses atrás, Zerballos no sólo había aguado nuestra fiesta, quemado nuestras casas y saqueado nuestras provisiones; nos había mostrado, como si lo viéramos en una inmensa pantalla de cine, el aspecto desolador de nuestra infinita cobardía.

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Ignoro si fue sólo la operación, o si ayudó cierta sensación de culpabilidad, la que convirtió desde aquel invierno tu salud en una cuerva siempre hacia abajo. Tampoco me pareció justo que echaras sobre tus hombros el peso completo de la decisión, que dijeras que eras tú quien debió poner los medios para que no se produjera.

Si te digo lo que pienso, creo que ese catolicismo tuyo te jugó una mala pasada. Si te había permitido cohabitar con un hombre casado (“cuyo enlace no sacramentó la Iglesia”, precisabas) “porque Dios es Amor”, debiste haber pensado que tu Dios no querría que trajeses un niño al mundo únicamente para verlo morir unos días más tarde a manos de un virus asesino. Si ese Dios al que alabas es, efectivamente, Amor, El tampoco podría querer que naciese nuestro hijo por mucho que dijeras que “Dios es Vida”. Esos son palabras, palabras y nada más.

Hubiera sido mejor que la Maniuca incluyera, entre sus efectos, el ser causa de esterilidad; al menos así tu paz no se habría quebrado. Pero la peste afectaba a las gónadas solamente en sus últimos estadios y, sin darnos cuenta –al menos yo- de cómo, acabaste encinta como si eso, quedarte embarazada, fuera el lógico imperativo de una naturaleza que también en esta ocasión, como siempre, optó por la perpetuación de la especie, aunque eso nos condujera a la aniquilación. Discutir con Dios es un pecado, no sé si además no será un absurdo, pero tú discutiste con El y no te convenció. Aunque engendrar sea cosa siempre de dos, esa vez te echaste sobre los hombros el peso exclusivo de la decisión: irías al infierno para toda la eternidad, pero aquel bebé no nacería.

Yo ni me había enterado del embarazo cuando acudieron de la enfermería para que fuese a velar tu descanso; acababan de hacerte un raspado y, por la inevitable falta de asepsia, se había infectado tu matriz.

Quisieron evitar dar un paso tan definitivo, pero dos días más tarde resultaba evidente que no había solución alternativa: te la extirparon. Tú sólo pensaste que era el primer castigo que Dios te imponía por haberle robado una de sus criaturas.

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Desde aquella jornada se acabaron los días felices. Mientras duraron, envueltos en la sábana de nuestro amor compartido, no me daba exacta cuenta de ello, pero así era: a pesar de la soledad isleña, de la Maniuca y de Zerballos, aquellos primeros años de residencia en el C.R.A.M. fueron una época feliz. Debo decir que lo descubrí después, cuando te envolviste en un caparazón de desidia, cuando todo parecía haber dejado de tener sentido para ti.

Los años siguientes ya no te afectaron las fechorías de los Airados, no mostrabas ninguna sonrisa, nada te alegraba, nada te indignó. Ensombrecida por un íntimo desgarro, te culpabas en silencio por la muerte de nuestro hijo, por haberle faltado a Dios, quién sabe por cuántas otras causas. La Angela vivaz que yo conocí se había transformado en una mujer temerosa de un pecado para el que no esperaba redención; para qué seguir viviendo –te mortificabas- si al final de este insular purgatorio aguardaba el más ultraterreno tártaro.

Nuestro amor casi dejó de ser un hecho. Seguiste acostada a mi lado, continuaste dejándote abrazar, de cuando en cuando –ya no había peligro- aguardabas silenciosa mi orgasmo en tu interior. Tus crisis febriles se multiplicaron en el tiempo y cada vez eran más largas. Cuando te restablecías, segura de que era el Señor quien prolongaba tu agonía, acudías cada mañana al hospital, cubrías con eficiencia el expediente de una buena enfermera, no hablabas con nadie, ni, apenas, conmigo.

Hace cuatro meses entraste en coma y no he faltado un solo día a nuestra cita. Sé que es inevitable tu muerte, sé que pierdo el tiempo hablándote porque no puedes oírme. Y me pregunto por qué razón todavía no has muerto, ¿acaso, aunque no tengas ya la voluntad de estar viva, pretendes quedarte para siempre en esta frontera inmóvil porque temes que el portero que abra la puerta del otro lado no será sino el gran capataz del fuego?

Quiero que sepas, amor mío, que a pesar de estos últimos años, te he amado siempre, que de ti no voy a guardar el recuerdo de la derrota previa al coma sino aquella sonrisa del día en que saliste a recibirme a Puerto Esperanza, aquel ansia por vivir con la que donaste cada día a tu lado antes del aborto, aquella dulzura con la que negabas que la Maniuca fuera a acabar con todo. Esa es la mujer de la que yo me enamoré, la que conservo en el alma, impoluta, como mi más hermosa posesión. Esta de ahora, a menudo he pensado que fuera otra mujer, una mujer aherrojada por el odio de su Dios. A ésta sólo puedo velarla, guardar silencio junto a su cama, pues entre su Padre y ella no queda lugar para nadie más.

Señor, sal de esta habitación un minuto y permite que bese las llagas de sus ojos sin ver en ellos reflejada tu ira.

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Por alguna razón que te vas a llevar a la tumba, nunca quisiste hablar del tema. Si yo te preguntaba, decías que mejor no despertar al diablo, que si las cosas estaban bien como estaban, para qué removerlas.

Te oía respirar con la mejilla apoyada en mi pecho y me preguntaba cómo habría sido con él, si también le habrías confiado ese pacífico sueño. Me estremecía pensar cuántas veces habrías estado a un paso de convertirte en otra víctima de su locura. Entonces redoblaba mi abrazo y, en voz baja, para no despertarte, ponía mi vida como garantía de tu seguridad.

¿Llegaste a amarle? Qué podía haber en él que llamase a tu corazón tan poderosamente todavía hoy se me antoja un misterio; tú preferías esconder aquello en el baúl del olvido. ¿Es posible que aquel hombre cambiara tanto, o mejor: que hubiera sido un hombre alguna vez? Me permito dudarlo, la mala hierba no nace siendo escaramujo.

Hoy puedo decírtelo; todas las noches que dormimos juntos acudía a mi mente la misma desazón: esta mujer a la que quiero fue la amante de Zerballos antes de que él se echara al monte. Los demás me lo habían contado; yo, sencillamente, no lograba comprenderlo. Y aun otro resquemor acompañaba mi vigilia, ¿acaso hoy todavía no se ven en las lindes del bosque para compartir un amor que los devora? Celos, ya lo sé. Zerballos no era solamente quien trató de robarme la vida aquella tarde en la granja, no, ni tan siquiera el azote que quemaba nuestras casas; antes que nada, Zerballos había sido mi predecesor en tu cama, el avanzado de tus besos, quien primero atesoró tus abrazos.


Tenía celos de un lobo sin más leyenda que la brutal del asesino. Permíteme que entretenga mi vigilia con su recuerdo: a Zerballos nadie lo echó. Se fue porque no podía quedarse. Sabía que después de aquellas elecciones –las primeras que Fuertes organizaba y en las que Zerballos mismo optaba a la alcaldía de la colonia-, si no era él el vencedor, alguien buscaría una explicación para las siete personas asesinadas últimamente. Aquellas muertes fueron la razón de las elecciones que él no ganó y, al tiempo, la explicación para su huída. Detrás de cada cadáver estaba su rúbrica; y ni un solo motivo por que debieran haber muerto.

El era un hombre con carisma: muchos le siguieron al monte como apóstoles de un cristo de la ira. En tu casa quedó hasta hoy mismo el aroma de su pecho. Claro, claro que tengo celos. ¿Quién podría no tenerlos?

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En el papel que me dieron puede leerse: “El Estado Español, y en su nombre el Presidente del Gobierno, se compromete a pagar a D. Alfonso Ibáñez Rotaeche una pensión equivalente al salario mínimo interprofesionales como debida compensación por su permanencia durante ocho años en el Centro de Recuperación de Afectados por la Maniuca.” Fecha, firma y sello oficial.

Cambiaron los planes. Dentro de tres meses hay elecciones, y deben ir pensando en la campaña. Ya sabes, Angela, cómo son estos mendigos del voto. Así que el mismísimo Presidente del Gobierno, acompañado por dos de sus ministros, ha venido “a interesarse por nuestra situación”. En helicóptero, no podía ser de otra forma, asustando la paz montañera de todas las cabras baleares.

Te ha visitado, a ti y a los que como tú estáis en estado terminal. Ha rezado una oración por el alma de los fallecidos y, a mediodía, ha presidido un almuerzo de campaña. A un lado, Fuertes, callado y absorto en sí mismo como nunca antes lo viera; al otro, sus Ministros, buscando un perfil adecuado que ofrecer a las cámaras.

Tuve que acudir. No quería, pero Fuertes me lo pidió como un favor personal y carecí de valor para negarme otra vez. Una pantomima, créeme. Había decenas de reporteros sacando fotos –también a ti- y haciendo preguntas estúpidas. En la prensa de mañana saldrá una imagen del Padre de la Patria besando tus pústulas que será la imagen más rebotada en las redes sociales y, esto nunca cambia, antes del fin de semana habrá venido por aquí también el líder de la oposición implorando le acerquen a una llaga que pueda tocar.

Cuando el helicóptero se fue, me crucé con Fuertes en la antesala de la enfermería. Me dijo que, aunque militó siempre en el partido del Presidente, de ahora en adelante pensaba abstenerse en las elecciones. Lo hallé deprimido; al final ha terminado por convencerse de que lo de hoy había sido una bufonada, como yo le advertí. Al Estado no va a resultado demasiado oneroso comprar nuestra complacencia. ¡Jesús, si hasta nos han curado! Bastante con que, además, nos dan una pensión.

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No ha servido de nada intentar reanimarte con el shock eléctrico. Al cabo, tu corazón se emperró en que ya no andaba más y no hubo forma de sacarlo de su testarudez.

Me han permitido velar tu primera noche de diagrama plano, probablemente porque amenacé con suicidarme si me echaban de tu vera. Fuertes les dijo que, efectivamente, era capaz, y le creyeron. Como almorzó junto al Presidente, el personal sanitario piensa que es alguien importante.


Y ahora que estoy a tu lado y tu piel es una fina película blanquecina, créeme, no sé qué decirte; que pronto volveré a Madrid, que no hallaré a mi familia esperándome, que deberé buscar un trabajo, que no me importa que hayas sido la amante de Zerballos, que te amo, que siempre te amaré.




2 comentarios:

  1. Me lo lei todito de una, me llevó entretenida y curiosa. Qué historia! Cuánto tiempo te llevó? En un párrafo que comienza con 4 años tenés un hacia por un habia, despues lei cuerva creo que por curva y en el inicio del párrafo que cuentas como viste llegar en un torbellino, me parece que le cambiaría el orden a la oración. Perdón que no sea más clara pero estoy desde la tablet.
    Por lo demás me pareció una prosa clara y atrapante, me gustó mucho amigo.
    saludotes!

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    1. Sil, guapa, un placer que te haya gustado, que digas que te ha atrapado.
      Sobre lo otro, ya corregí la errata del hacía por el había, no encuentro la de la cuerva y, respecto a la frase del torbellino, la dejo como está.
      Mil besos, reina del sur.

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