martes, 5 de agosto de 2014

NO ES EL ROCE LO QUE HACE EL CARIÑO

A D.G.R., in memoriam
Ilustraciones: Mary Jane Ansell

Si hay un dicho con el cual estoy completamente en desacuerdo es ese que afirma que el roce hace el cariño. Se me ocurren unas cuantas cosas que hacen que el cariño aumente, y entre otras la más efectiva suele ser precisamente darlo para poder recibirlo, pero el roce, la convivencia, el contacto diario así, sin más, no consiguen alimentarlo. A mi juicio resulta claro que la rutina no alimenta el afecto, que el cariño no come del plato de la inercia.

Esta reflexión viene a raíz de algo que sucedió la semana pasada. Os lo cuento.

Últimamente han muerto algunas personas de un entorno próximo pero no inmediato, y empezaba a preocuparme el hecho de que, en general, tales fallecimientos me habían dejado bastante indiferente; en algunos casos se trataba de antiguos compañeros de estudios o de trabajo, con los cuales compartí miles de horas de proximidad física. En los casos a los cuales me refiero su muerte me dejaba, he de ser sincero, un eco de dolor, no un dolor verdadero.

Sin embargo, la semana pasada han hallado el cuerpo sin vida de una antigua compañera de colegio. Llevaba tres días fallecida cuando la han encontrado.

Saber que ella ya no estaba ha producido un verdadero terremoto emocional en mi interior, un seísmo que pone en cuestión una vez más esa tontería de que el roce hace el cariño. 

A esta amiga la vamos a llamar L. Pues bien, a L. nunca la tuve de compañera de pupitre, ni yo le chivé las respuestas de un examen ni copié las suyas, no recibió ni mi primer beso ni el más intenso, mi cara no recibió una caricia de su mano ni las yemas de mis dedos rozaron jamás sus pómulos, no formamos parte de la misma cuadrilla, crecimos yendo de vacaciones a diferentes lugares y ni siquiera estuvimos juntos en el colegio demasiados años, pues a ella le tocó repetir algún curso que otro. De alguna forma, pudiera decirse que la niñez de uno ignoró deliberadamente, como dos líneas paralelas, a la del otro.

Hubo, sin embargo, un día, cuando yo tendría dieciocho años y ella uno o dos más, en que, después de cuatro años sin vernos, nos cruzamos en la calle e iniciamos una conversación que, trasladada después al interior de una cafetería, se extendió por no menos de cuatro horas. Fue una charla intensa, de esas en las que cada tema tratado lo abordábamos con sinceridad y pasión, sin dejar de mirarnos a los ojos, admirados, sorprendidos de tener enfrente a un interlocutor que nos entiende y por quien sentimos una punzada de reconocimiento, de... de afecto, del afecto que se siente por los que reconocemos sin género de dudas como nuestros semejantes.


Aquel día descubrí que L. era un ser libre, sin prejuicios, con una moral abierta al conocimiento y la experimentación, sensible y muy sincera, que procuraba, y no es poca cosa, no engañarse a sí misma, ni en sus filias ni en sus fobias. O sea, lo que yo siempre he querido ser y casi nunca he conseguido.

Tras aquel día no volví a verla nunca. Nuestros caminos se separaron tras haber coincidido en un solo punto del viaje. Volvimos a ser dos lineas paralelas trazadas con milimétrica distancia en un cuaderno de matemáticas. 

Hace un año un amigo que ambos compartimos me contó que la vida a L. no le había tratado nada bien durante los treinta años transcurridos desde aquel encuentro, que por el camino que ella transitó se fueron cruzando algunas de las bichas que merodean buscando víctimas alrededor: los malos tratos, el alcohol, el desamor, la tristeza,... y que de aquella joven que yo había conocido por una sola tarde ya no quedaría, seguramente, nada. La vida no había pagado su deseo de libertad con una biografía que afirmara frente a cualquiera que vivir merece la pena.

Ahora, cuando ha muerto, la mujer que se ha ido, para mí al menos, no es esta que me cuentan que tuvo un devenir tan lleno de inclemencias existenciales, sino aquella joven de mirada profunda y sincera, aquella que sostenía su diferencia como un derecho, aquella que para mí, y gracias a una sola conversación, ahora me doy cuenta, alcanzó un lugar de honor en mi universo de referentes, en mi país de musas.

Con dolor, amiga, descansa en paz.

Nota.- Las ilustraciones que acompañan a este escrito pertenecen a la obra de Mary Jane Ansell. Podéis conocer otras creaciones de esta autora visitando
su página web

En los comentarios que diversos amigos y compañeros escritores han hecho a esta entrada en las redes sociales y en este mismo blog, una gran poeta a quien conocemos como Morgana de Palacios ha incluido el siguiente canto fúnebre de su autoría. Para quienes somos ateos, bien puede servir como oración:

Siempre es ayer para algunos dolores
porque no existe placebo piadoso
para el agudo dolor luminoso
que prende el cirio de sus amargores.

No pasa el tiempo ni crecen violetas
sobre la tumba del prístino duelo
ni se apaciguan sus ojos de hielo
cuando disparan impías saetas.

Siempre es ayer aunque pasen los años
sobre el dolor que no sube peldaños
de la escalera que lleva al olvido.

Que siempre es hoy y es aquí y es ahora
en el dolor que me ataca a deshora
por la tragedia de haberte perdido.

Gracias, Mor.

11 comentarios:

  1. Momentos, esa es la palabra que llena nuestra vida. Hay momentos atípicos, sin apenas qué contar, y hay otros en los que el sonido de la vida deja todas sus notas tocadas. Hay momentos mágicos y momentos anodinos. Por esos momentos pasa la gente y nos deja una impronta que no tiene nada que ver con el tiempo.

    Saludos

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  2. Lui, amigo:Me tocó tu historia, y concuerdo en muchos pasajes con tu pensamiento..Somos un decálogo, un acopio de imágenes, de vivencias en una escala de impacto variado e inexplicable..La vida nos da momentos que perduran como instantáneas con seres, como en tu caso tu amiga, que siempre irán por delante de las que la costumbre y la cercanía nos han impuesto...Me asocio absolutamente.
    Un gustazo, amigo
    Abrazos

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  3. El amor es un enigma, Luís, en cualquiera de sus variantes. Uno no sabe el porqué alguien te llega a lo más hondo y los demás se quedan en superficie.
    Comulgo absolutamente con lo que dices y con esa química especial que puede darse entre dos personas, pese a la falta de roce cotidiano. No tiene nada que ver.

    Te acompaño en el sentimiento por esa pérdida que es de las que no se olvidan nunca, más allá de planteamientos convencionales, porque ese seísmo emocional que te ha zarandeado sólo es entendible desde el corazón.

    Una vez escribí un Canto fúnebre, te lo dejo aquí, acompañando tu dolor, con sonido de gaita gallega.

    Siempre es ayer para algunos dolores
    porque no existe placebo piadoso
    para el agudo dolor luminoso
    que prende el cirio de sus amargores.

    No pasa el tiempo ni crecen violetas
    sobre la tumba del prístino duelo
    ni se apaciguan sus ojos de hielo
    cuando disparan impías saetas.

    Siempre es ayer aunque pasen los años
    sobre el dolor que no sube peldaños
    de la escalera que lleva al olvido.

    Que siempre es hoy y es aquí y es ahora
    en el dolor que me ataca a deshora
    por la tragedia de haberte perdido.

    Un abrazo fuerte, fuerte. Comparto emocionada.


    Al margen, porque no quede así la elegía, creo que es una redundancia (alguien lo dijo antes que yo) esta frase:

    mi cara no recibió una caricia de su mano ni la suya se posó jamás en mi mejilla

    debería ser algo como:

    mi cara no recibió una caricia de su mano ni la mía se posó jamás en su mejilla.

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  4. Me ha emocionado tu recuerdo. Es completamente mágico la forma en que a veces uno se reconoce en otro sin saber cómo. Y como dices, el roce es lo de menos, hay un entendimiento mutuo sin más, como si conocieses a esa persona de otra vida. Un abrazo y lo siento mucho.

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  5. Gracias, Nel, Daniel, Mor y Marimar, en mi nombre y en el de aquellos que crecimos juntos y a quienes estos días nos falta el viento.

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  6. Me discursa muy bien, amigo. Lo subjetivo siempre va más allá de lo objetivo.

    Abrazo

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  7. Descanse en paz. Luis, es una historia que me sobrecoge, la de esta chica. Muchas certezas en tus palabras y hondas reflexiones, también.
    Gran poeta Morgana, es un deleite su voz poética.
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Gracias por pasarte, Sete. Un placer estar acompañado por ti.

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  8. José, qué razón tienes, lo subjetivo siempre camina un pasito más.

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  9. Hay conexiones que se establecen en un instante determinado y duran lo que el alma de un fósforo, pero su recuerdo queda con toda su intensidad. Me ha gustado la entrada. Un saludo.

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  10. Gracias, Maria José. Y sí, como el alma de un fósforo... que arde.

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