miércoles, 13 de agosto de 2014

LA MONTAÑA DE PIEDRAS

Como voy a realizar una pausa digital durante unas semanas (que siempre es recomendable), os dejo con un texto que hasta ahora no había visto la luz.

Se trata de un relato corto de mi autoría escrito en una época de mi vida en que me planteé hacer oposiciones y, mientras trataba de memorizar texto legal tras texto legal, se me ocurrió esta historia que, digo yo, supuso alguna forma de catarsis. Ojalá la disfrutéis, por muchas piedras que en ella debáis contar.

LA MONTAÑA DE PIEDRAS




1. La cabra sobre el tonel.

Con el fin de la siesta han llegado los gitanos. Claro, es martes; ellos siempre vienen los martes. Lo malo es que el escritorio está junto a la ventana y que los zíngaros soplan su chirriante trompeta, golpean su tambor de hojalata a los pies de la casa. No sirve de nada tratar de concentrarse, es imposible seguir estudiando. Hasta que cojan su cabra y se marchen lo único que puede hacer es dejar los libros y acodarse en el alféizar.

El puerto es un mundo de bofetadas para los sentidos. Al asomarse fuera lo primero que llega, ahogando incluso al ruido, es el olor del pescado almacenado en la lonja, la pestilencia del alcantarillado abierto al mar, el hedor del gasoil de los motores a ralentí. Después la vista se pasea por el malecón: bajo esta ventana, las cuatro ancianas de cada tarde cosiendo redes, recordando la época en que eran gloriosas sus anatomías, exagerando –como siempre- los atributos de aquellos mareantes con quienes vivieron tórridos romances, amores veloces que tardaban lo que sus barcos permanecieron anclados al puerto; los gitanos haciendo bailar a su cabra sobre un tonel, presentando sombreros mendicantes a la ciudadanía porteña; una chiquillería ruidosa saltando desde los bolardos al agua, niños desnudos, malnutridos, rapazones semidesnudos jugando a ser peces anfibios. En la lonja, marineros bretones que acaban de llegar de Groenlandia con un cargamento de bacalao arrastran su mercancía dirigidos por un almacenista local; sin duda, el intermediario necesitará más de una semana para vender toda esa salazón. Una vez que hayan cobrado su comisión sobre la venta, los marineros llenarán las noches de los bares portuarios con sus canciones groseras, sus curdas, los picores del morbo gálico.

— ¡Hola, Arso!

Es una adolescente de unos dieciséis años que le ha gritado desde el malecón antes de lanzarse, en presencia de su grupo de amigos, al agua. Ese salto es un acto de amor; él no lo sabe, pero Camille siempre ha creído que el estudiante es el hombre de su vida. Lo ha hecho bien, un salto con las palmas unidas hacia delante y una zambullida perfectamente vertical, sin apenas salpicaduras. Cuando su cabeza retorna a la superficie y con los ojos busca a su adonis perfecto, encuentra la sonrisa de quien acoge, desganado, la cabriola caprichosa de una niña. Se da cuenta de que Arso todavía no la ama. “No importa –se dice-, un día mirará como siempre, pero esa vez me verá como nunca”. Hoy por hoy, Arso, bachiller opositor al Cuerpo General de Numeradores, cree pertenecer a un mundo que no la incluye, ni a ella ni a ningún otro porteño.

Con  su frágil anatomía, el opositor sólo daría la imagen de un mareante tísico. Su padre, él si era un hombre de mar. Cuentan que el recordado Pietro “el Genovés” tenía el mismísimo aspecto de un cachalote. Era patrón de ballenero. En cierta ocasión, toparon con un témpano glaciar y el barco no regresó a la costa. Arso tenía catorce años por aquel entonces, y ya nunca logró reconciliarse con un mar taimado y pugnaz que devoraba sin piedad a sus jardineros.

El mundo que Arso sueña es una tierra sin rederas deslenguadas bajo su ventana, sin cabras de zíngaros trompeteros, sin chiquillos malcriados zambulléndose en el agua rebosante de brea. Él estudió latín, historia y matemáticas. Él oposita. Jura que algún día quedará en el olvido esta urbe desafinada y pestilente. Puede que sea duro estudiar esos mamotretos de apretada caligrafía, pero al menos en ellos habita una promesa: siguiendo el camino que marcan, uno no muere ahogado en las gélidas aguas de los mares del norte.

Cuando Camille ha saltado por quinta vez, Arso cierra su ventana. Concentrado sobre sus libros una vez más, la tarde va avanzando hiperactiva en el puerto y, ahora, por primera vez, acompañada de una apacible fragancia: mamá está cociendo pan dulce en el horno. Pronto llegará la hora de cenar. En esta Babel atlántica, llena ahora de los gritos de los marinos que llegaron de América por la tarde, las prostitutas holandesas empiezan a ocupar los espacios que dejan libres las rederas en los soportales del malecón. Se enfrentan a una noche lucrativa. Para cuando vuelva a subir la marea, Arso habrá culminado otro día de estudio y su anciana madre le servirá, para cenar, anchoas fritas, vino blanco y panecillos dulces.



2. La ciudad de todas las desidias.

Otro puerto, el de los adioses. Otros galopines correteando ruidosos y lanzándose al agua desde los bolardos, pero más, muchos más galopines. Muchas rederas más, jóvenes y viejas, con sus husos y sus agujas, procaces, deslenguadas, vociferantes. Furcias que trabajan desde primera hora de la mañana, marineros griegos, magrebíes, rusos, argentinos, barcos atuneros, merluceras que un día antes atravesaron el Estrecho de vuelta de los caladeros americanos, algún transatlántico, borrachos durmiendo en los soportales de la gran lonja, indigentes hurgando entre el pescado sobrante. Niños, rederas, prostitutas, barcos, marineros, gasoil, betún de Judea, gitanos, cabras, orín, sudor y refajos. Muchos más olores, muchos más ruidos. Otro puerto, sí, el de La Capital, pero aquí no hay aromas hogareños. Aquí no se hornean panecillos dulces.

— Señor Bachiller, la que ha sonado es la sirena del ferry. Enseguida partirá.

Arso paga el jamón ahumado y las patatas hervidas que le han servido de almuerzo. Abandona la taberna con paso decidido y embarca, con su gran maleta a rastras, en ese ferry que, atravesando el Mediterráneo, le llevará desde su Europa natal a las soñadas colonias africanas.

El hijo de Pietro, ese manojo de sarmientos, lo ha conseguido: Agente Contador de la Escala Básica del Cuerpo General de Numeradores. Este es el puerto de la Ciudad de Todas las Desidias. Al otro lado del charco le aguarda el Desierto de todas las esperanzas. Y, ciertamente, en su viaje sólo añora las fragancias del pan en el horno.



3. El Supervisor Técnico del Cuerpo General de Numeradores.

Se fue a media mañana con la misma precisión con que había estado hablando, paso a paso, dotando con su ritmo al camino arenoso de un ordenado itinerario. Arso lo ha estado siguiendo con la mirada durante dos horas hasta que su erguida silueta se ha confundido, como un grano más, en esta inmensidad granulada.

Habló oficial y formulario. Vendré un viernes sí, un viernes no, y recogeré los impresos del recuento parcial efectuado. El procedimiento habitual, como ya sabe, es llevar la cuenta de oeste a este, de sur a norte. Quiero un número exacto y una distribución exhaustiva por zonas. De cuando en cuando, sin previo aviso, efectuaré una comprobación selectiva de sus datos. Un error en cuenta o situación constituye una falta grave. Tres faltas graves en un año acarrean la inmediata separación del Cuerpo. Cuando venga le traeré agua y comida suficiente, así como correspondencia, si la tuviera. Si algún día le flaquean las piernas no se deje vencer por la soledad, recuerde que dispone de quince meses para numerar este desierto y que su sueldo se paga gracias al esfuerzo de toda la ciudadanía. Sea minucioso en su labor y elevaré de usted un informe favorable.

El Agente Numerador Arso, feliz en su desértico aislamiento, ha visto cómo el mediodía se ha ido llevando –ajeno a jerarquías- el andar procedimental del Supervisor Técnico. Arso tiene ante él una infinidad de piedras que contar, y cualquier momento es bueno para un inicio. Un sombrero en la cabeza, un cuaderno, un lapicero, de oeste a este, de sur a norte hasta que la noche caiga, el hijo de Pietro, que era un cachalote, comienza su trabajo: una en línea… dos… tres… cuatro… cinco… seis…



4. El procedimiento habitual.

… ochenta y dos mil doscientas diez… ochenta y dos mil doscientas once… ochenta y dos mil doscientas doce y ochenta y dos mil doscientas trece. De oeste a este y de sur a norte, después de dos semanas ése es exactamente el número de piedras, sin que falte ni sobre ninguna, en una franja de, poco más o menos, trescientos metros de ancho. El Supervisor se ha llevado el impreso dando fe del recuento parcial con el mapa adjunto, en seis colores, de la mayor o menor presencia de guijarros en cada cuadrícula. Comprobó una de ellas por la mañana y dio el visto bueno.



Por la tarde se plantea el problema que cambiará el curso de su vida. Como el Supervisor se ha llevado el mapa, empieza de nuevo la cuenta donde antes quedó interrumpida. Ochenta y dos mil doscientas catorce… Todo bien durante la primera hora, pero después, ¿la ochenta y dos mil novecientas setenta y cinco era, efectivamente, la ochenta y dos mil novecientas setenta y cinco, o ya había sido numerada anteriormente como la sesenta y siete mil cuatrocientas dos? ¿Y qué decir de la ochenta y tres mil nueve, no era la setenta y una mil seiscientas cuarenta y ocho? El Supervisor Técnico lo había dejado claro: un error es una falta grave, tres faltas graves en doce meses acarrean la separación definitiva del Cuerpo. El procedimiento oficial de recuento en línea de oeste a este, de sur a norte, presentaba un problema aparentemente sin solución: en las zonas de gran acumulación de piedras nunca podía estar uno seguro de que un guijo no acabase siendo numerado dos veces. Así que se impone dar con un método fiable antes de seguir.

La noche se echa encima y ya no es un día de trabajo lo que se ha perdido, sino dos semanas. Se sienta con su libreta entre las manos a contemplar el desierto –su desierto- y acaba por concluir que el único modo de evitar la doble numeración es ir separando cada piedra contada de las demás. En lugar de ir en línea recta, trazar círculos cada vez más amplios, amontonando las piedras numeradas en un solo punto: si anota en un gran mapa donde coge cada piedra para, al acabar, volver a depositarla en su sitio, y sigue con este procedimiento hasta el final, evitará que un guijarro cualquiera pueda ser inventariado dos veces: la que esté en el montón habrá sido contada; la que esté fuera, no. Tan sencillo como eso. Si Arso vuelve a colocar las piedras en su lugar y no sobrepasa el plazo fijado, el Supervisor no podría oponer ninguna objeción.

Sin embargo, ya es de noche y ha perdido dos semanas siguiendo el procedimiento oficial de inventariado. Apriete o no el sueño, tendrá quince meses para contar aquello y devolver todo al estado en que lo encontró al llegar. Es un riesgo que, definitivamente, el Supervisor se oponga al nuevo método, y entonces será un mes lo que habrá perdido, pero en ese caso el problema de cómo evitar la doble numeración en su desierto ya no será algo que él deba resolver. Ante esa eventualidad, Arso habría presentado su solución y no le habría sido aceptada. De todos modos, si se va a arriesgar a hacer bien las cosas, mejor empezar ya. Elige un punto al azar, traza un mapa de todo el desierto y comienza de nuevo su cuenta; durante un mes entero las noches de la magna llanura se llenan de una monocorde cantinela: una al montón… dos… tres… cuatro al montón… cinco… seis…



5. La montaña de piedras.

Bajo el peso de las piedras contabilizadas como dos millones trescientas doce mil quinientas cincuenta y ocho, cincuenta y nueve y sesenta, Arso camina sudoroso exhibiendo al sol  una faz alegre porque, a pesar del calor, del desprecio con que últimamente lo mira el Supervisor, de las arduas discusiones que se han suscitado en la Secretaría Muy Técnica del Ministerio por culpa del revolucionario “método circular” por él creado, a la distancia a la que ahora se encuentra y a esta hora del atardecer, aquel montoncito de piedras de la primera noche se está volviendo adulto y, por la sombra que proyecta, es evidente que se está convirtiendo en una montaña, pequeña todavía, pero que promete seguir creciendo durante varios meses.

En este momento del día, a esta distancia y con alguna piedra numerada entre los brazos, el hijo de “el Genovés”, que murió  cuando su barco chocó con un témpano polar, siempre siente idéntica satisfacción. Cuando vivía en la ciudad del puerto tenía una madre que cocía pan dulce en el horno y tardes llenas de ruido para oír desafinar a los gitanos, escuchar la cháchara de las rederas, ver chapotear a una Camille que guardaba en su pecho el secreto de su amor. Luego tuvo una oposición ganada a pulso después de memorizar a lo largo de años volúmenes y más volúmenes llenos de líneas apretadas, un desierto lleno de guijarros que contar y el más inmaculado de los silencios. Al final se le ocurrió una idea original y de esa idea única ahora está surgiendo una obra monumental: su montaña. Quizá hubo faraones que pudieron enorgullecerse por haber ordenado erigir grandes pirámides, arquitectos henchidos por ser los padres de afamados edificios; pero nadie pudo antes alardear de estar construyendo ÉL SOLO una montaña. Él sí, Arso, Agente Contador del Cuerpo General de Numeradores con destino en aquel secarral africano, él, que había jurado no morir en el Mar del Norte siguiendo los pasos de su padre, él está convirtiéndose en el primer hombre que erigía SOLO una montaña. No es ya únicamente un funcionario. Hablamos de un héroe. Y esta grandeza de piedra en medio de la nada arenosa es, más que una paciente labor, el modo en que vence definitivamente a la Parca. Arso nunca podrá volver a ser un vulgar porteño: aunque más tarde deba redistribuirlas por todo el desierto, todos dirán de él que una vez construyó una montaña de piedras y que, mientras su montaña estuvo aquí, este desierto fue otro desierto, tuvo dueño, fue el desierto de Arso, Su desierto.




6. La cuenta definitiva.

Esta es la última jornada previa al desmontaje. Por la mañana llegará el Supervisor y él podrá darle un informe definitivo y sin ninguna posibilidad de error: con toda exactitud en este desierto hay un total de tres millones seiscientas ochenta y nueve mil ciento treinta y siete piedras. Después de once meses y dos días de andar en círculos sin olvidar ninguna, la cuenta está hecha y ahora sólo quiere volver, a partir del momento en que su jefe se haya ido, a recolocar cada una en su sitio.




7. Epílogo: la tierra llana.

Así que allí andaba Arso cuando aquel jueves anochecía, portando el peso de la última piedra mientras sus pies hollaban la montaña en busca de su cima. Sucedió que, tras colocarla, tantas noches en vela hicieron su efecto y, vencido por el sueño, se quedó dormido. Al despertar, bajo una bóveda esplendorosamente estrellada, tuvo una visión nueva: desde aquella altura en el horizonte podían columbrarse las luces de los puertos que el mar tocaba más allá del secano. Después de tanto tiempo, era incapaz de recordar a los mareantes con rencor. El hijo de Pietro, que al cabo algo de Pietro también tenía, pensó en muchos Arsos posibles, unos que hubieran nacido solos en aquel lugar y, puesto que carecían de montaña a la que ascencer para mirar el horizonte luminario, nunca pudiesen saber que en otro mundo junto al mar había multitudes abigarradas, un puerto, ruido y olor a gasoil. El silencio de la arena para ellos habría supuesto una condena mayor que la que fue para él la atestada orilla marinera. Además, ¿qué puede hacer un hombre en el desierto cuando ya ha numerado todas sus piedras?

De modo que el vástago de “el Genovés”, el ídolo raquítico de la hasta hace poco impúber Camille, decidió que aquel secarral necesitaba aquella montaña y que, a fin de cuentas, de nada podía servirle a nadie con una pizca de sentido común saber cuántas piedras había entre la arena.

Dicen que en el que ahora llaman Desierto Despedrado anda todavía hoy un Supervisor Técnico del Cuerpo General de Numeradores esperando un informe que cierto Agente Censal, a quien se expulsó en ausencia del Cuerpo por abandonar su trabajo, nunca llegó a entregarle. La Montaña de Arso todavía permanece intacta, aunque en alguna ocasión –por fortuna, aquel año faltó presupuesto- se propuso crear un Cuerpo Especial de Desmontadores de Colinas para dar fin al afrentoso túmulo.

Acerca de lo que después sucedió con Arso hay versiones diferentes, una por cada puerto de mar que pisemos de Cádiz a Constantinopla. Una de ellas dice que volvió a su ciudad natal y llegó a capitán de un mercante que daba la vuelta al mundo dos veces cada año. Otros narran que vagabundeó por África hasta que pudo colarse en una nao irlandesa que comerciaba con el té y las especias de Ceilán. El caso es que varias veces pudo vérsele, ya entrado en la cuarentena, acompañado de una bella francesita diez años menor que él, comprando telas en los populosos mercados de Hong-Kong, a la que susurraba al oído, cuando nadie miraba, “te quiero, Camille”.


Ilustraciones: las dos escenas marineras son obra del pintor español Joaquín Sorolla. La escena del desierto es un trabajo digital propio. La mujer en el columpio es una pintura china sobre vidrio de autoría desconocida.




8 comentarios:

  1. De tu relato me encanta ese final que deja al lector de dueño y señor de la historia. Después de acabar de leer tienes la posibilidad de escribir mentalmente los pasos de Arso. Genial.

    Saludos

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    1. Gracias, Nel. Me agrada tu comentario viniendo de ti. Personalmente considero algunas de tus historias de Villapalofrío verdaderas joyas del relato breve.
      Pasa buen verano, amigo.

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  2. Me ha parecido un relato espléndido, Luís, feraz e imaginativo de principio a fin. Cómo se nota que eres de puerto de mar y has vivido de cerca su cromatismo.
    Puro y duro realismo mágico. Una gozada que comparto.

    Hasta tu vuelta.

    Namasté.

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    1. Gracias, Mor. Siempre estás ahí, guapa.
      Y es cierto, no soy de puerto de mar, pero cerca del mar he vivido ya durante un decenio. El desierto es otra cosa. Lo más parecido a un desierto que he conocido en mi vida son Los Monegros.
      Besos.

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  3. Como alguna vez me contaste,vivir al lado del mar da muchas herramientas a la imaginación que no todos poseemos por desconocimiento o por simplemente conocerlo pero no vivirlo todos los días.
    Me encantó leerte amigo, muy bien relatado e imaginativo. Cariños!

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  4. Me encantó el final. Un relato genial.
    Un abrazo.

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    1. Gracias, Josefa, por pasarte y comentar. Me gustó que el relato te gustara.
      Otro abrazo para ti.

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