sábado, 12 de julio de 2014

(RE)ENCUENTROS

 (Ilustraciones de Danny O'Connor. 
Ver al final enlace a su página personal)

Más de una –y de cincuenta- películas se basan en un mismo argumento: un grupo de nostálgicos organiza un reencuentro de antiguos alumnos, da igual si del colegio, el instituto o la universidad. Allí se vuelven a ver viejos amigos que crecieron juntos y cuya amistad es inquebrantable, los protagonistas de más de un primer beso, el nuevo millonario que quiere restregarle al listillo de la clase que “tanto estudiar y, mira tú, al final el que se ha hecho de oro con el comercio de grifos esmaltados he sido yo”, o la feuchina que con trece años paseaba acomplejada su falta de tetas y su exceso de brackets por la clase y que ahora exhibe un título en doctora en ciencias, un pecho recién operado y la melena más glamourosa a este lado del Danubio. Para que lo vean la Sonia y la Marta, que siempre andaban presumiendo de que a ellas la regla les bajó con doce y que con catorce ya andaban besando a muchachos de dieciséis y que, ahora, con treinta, son dos patéticas amas de casa, con tres churumbeles cada una, y bla, bla, bla.


¿A que os suena esta historia como argumento de película? En la realidad, algo de esto pasa, pero hay otras peripecias que nunca se narran. Más allá de patitas feas que se convirtieron en cisnes y de borricos que se enriquecieron con el comercio internacional de miel de brezo, hay silencios que se desanudan, explicaciones que por fin se producen, descubrimientos y redescubrimientos, y un tiempo para la nostalgia que tal vez no dé para el argumento de una peli pero  sin duda permite trasegar más de una botella de vino con la sonrisa permanentemente dibujada en la boca.

Os contaré dos de esos momentos que no dan para películas. Hablan de invisibilidades y de reencuentros que, de alguna forma, sólo lo son en el nombre.

En una reciente reunión de ese tipo oí de un gran amigo de la infancia comentar acerca de una de las participantes en esa comida de la que hablo: “pues Menganita es bien simpática; nunca me había dado cuenta”. No, no es que nunca se hubiese dado cuenta, es que nunca había mirado, porque Menganita, como Zutanito y Fulanvaina estuvieron allí, delante de sus narices, durante toda nuestra infancia. Hizo falta solamente un plato de gambas entre ambos para que uno descubriera, sencillamente, que la otra tenía boca y que esa boca articulaba frases interesantes
 
A mí me pasó lo mismo con otra persona en otra reunión. Habíamos compartido aula durante al menos cinco años y no me quedó más remedio que confesarme a mí mismo que aquel era el primer día que me fijaba en que tenía una sonrisa arrebatadora, unos ojos profundos y brillantes y una conversación que te atrapaba. Había necesitado veinte años de no verla para poder verla por primera vez.

¿Con cuántas personas nos sucede algo parecido? Observemos y veremos que hay conversaciones donde nadie escucha a Integranito, que nadie se ríe de los chistes de Sosanita, que todos alabamos el escote de Siregüay y no nos damos cuenta de que nadie iguala la esbelta figura de la pecosa Ocultina, que jamás hemos dado una oportunidad a Piolín para que nos explique por qué adora criar pajarillos o a Pacientín para que nos muestre su colección de sellos.

Alguien nos ve y no quiere vernos. Muchos no nos ven. A muchos que no queremos ver, si abriéramos los ojos, seguramente nos harían partícipes de experiencias que bien merecen ser vividas. ¡E ignoramos la presencia de tantos  sencillamente porque nadie enfoca en esa dirección!

Vamos, que hay reencuentros a los que les sobran las dos letras del principio.

Nota.- Hemos ilustrado este post con cinco imágenes de sendas creaciones de Danny O'Connor.

Podéis seguirle pinchando

2 comentarios:

  1. Interesante reflexión Luis. Pero que si bien soy más joven que tú, no me ha pasado esto, porque no he tenido este tipo de reuniones. Tuve una hace casi dos años con los compañeros de la preparatoria, pero éramos pocos, sólo conocidos. Fue una gran borrachera.
    Disfruté leerte.
    Abrazo.

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  2. A todo se llega, Gildardo, amigo, que todo lo que tiene fecha acaba llegando...

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