UNA CANCIÓN DE DESAPEGO


¡Estoy de enhorabuena!

Hace apenas cinco días que concluí, después de más de dos años de contar sílabas y rimar versos, mi ROMANCERO DE BAR, y ayer por la mañana fui a registrar los poemas que aún no constaban en el Registro de la Propiedad Intelectual.

Estoy encantado con el resultado final de este libro.

Os recuerdo su estructura. Consta de un prólogo, en el cual una camarera, Rosa, de un bar de extrarradio avisa que, mientras va reuniendo fuerzas para contar la suya propia, irá narrando las historias de sus clientes. Esas historias hablan de amores digitales, el ocaso de un alcalde corrupto, un amor a edad madura, una poeta harta de la poesía, un mercenario,... y así hasta once. Y el libro se cierra, precisamente, con la historia de Rosa, esa que quedó pendiente desde el Prólogo del romancero y que ahora os presento en esta entrega que cierra dicho libro.

Espero que os guste, aunque jamás me había salido un poema tan largo. Más de trescientos versos que aspiro a que os entretengan, os emocionen.

Y ya sabéis, si queréis conocer el resto de los poemas del Romancero, tal como fueron apareciendo en este blog, aquí están sus enlaces:

Os dejo con el último poema de la serie. El que cuenta Rosa en primera persona.

(Nota.- Las imágenes que acompañan a este poema son obras de Simon Siwak. Podéis conocer más de este autor polaco realizando una sencilla búsqueda en Internet o visitando las páginas de devianart o 500px ,pues no nos consta que Simon disponga de página web propia).



12. EPÍLOGO.

- Rosa, detrás de la barra.

I
No me importa si me toca
la estrella que brille menos,
siempre que un sol insensible
trace mi sombra en el suelo
(si mi reflejo es anónimo
créanme que lo prefiero).

Ya sé que fui la culpable
de dejar mi firmamento
huérfano de astros vivos,
de cometas y luceros,
pero al cumplir los cuarenta
pesa tantísimo el tedio,
es todo tan aburrido
que añoras cualquier aliento,
cualquier soplo que despeje
ese letargo tan denso.

Amar parecía entonces
algo propio de otro tiempo,
cuando ni tenía un bar
que ocupaba el día entero,
hipoteca que atender
ni crianza de dos gemelos.

Mi marido siempre estaba
frente al televisor, quieto,
viendo un partido de fútbol,
de tenis o baloncesto;
por las mañanas miraba
las noticias bien atento,
yo limpiaba la cocina,
vestía a los niños luego,
y al terminar con la casa
las dos persianas de nuestro
bar abría. Y en ese instante
la vida frenaba en seco.
Al dar las cuatro me hacía
mi esposo el diario relevo
y llevaba la merienda
a los niños al colegio;
tras dos horas en el parque
con su balón, sus muñecos,
hastiada de tanta charla
con esas madres modelo
que igual comparten recetas
que chismes y cuchicheos,
al ocaso regresaba
al hogar con un gemelo
a cada lado, mientras
quedaba en el bar su dueño.

Cuando sonaban las doce
un colchón frío en su seno
me acogía, la cabeza
hueca de ningún anhelo,
vueltas plomo ambas piernas,
derrotados pies y cuerpo.

Como un duende fatigado,
a las dos, siempre en silencio,
entraba en el dormitorio
el marido camarero,
las sábanas levantaba
por una esquina del lecho,
se acostaba sin rozarme,
exhausto, cansado, presto
a dejarse transportar
por el mundo de los sueños.

Así un día tras otro,
y siempre el mismo argumento,
mi vida durante años
fue un gran charco de cieno,
una alberca donde los sapos
sesteaban en invierno,
dormían en primavera
y roncaban por San Pedro,
aburridos de que nunca
ocurriera ni un suceso.


II

Cumplí los cuarenta años
el quinto día de enero
de ese año en que el siglo
llegaba al tercer quinquenio,
y como mi esposo quiso
compartir con sus polluelos
la Cabalgata (pues tiene
espíritu navideño),
me hallé sola trabajando
de tarde en El Desapego.

Por los cristales del bar
veía pasar al negro
Baltasar en su carroza,
vestido de reyezuelo,
lentejuelas en mantón,
dorado trono de yeso,
agitando la derecha
con monarcal aspaviento,
en tanto con la izquierda
disparaba caramelos,
golosinas por las cuales
pugnaban yayas y nietos,
luchaban a vida o muerte
escolares con abuelos.


Para esconderse en mi bar
del barullo callejero
entró la tarde de Reyes
Marcos López, guapo y serio,
pidió vino y me miró
a los ojos descubriendo
en mis castañas pupilas
inaudito firmamento
(juró que aquel marrón mío
podría pintar el cielo
sin que azul necesitase
el pintor en sus pigmentos).
Me calentó el oído
con arrullos y requiebros,
con tan ardientes halagos
que despertó mi deseo;
las ansias que parecían
muertas en un mausoleo
aquel día resucitaron
alabando al dios del sexo.

Después de otras dos tardes
de piropos y tonteos,
de roces ocasionales,
miradas y besequeos,
me atreví a confesarle
que algo ardía en mi pecho,
¡que quemaba en su interior
un incendio gigantesco!

Sí, fui yo quien eligió
el pequeño hotel del centro
en que ambos consumamos
nuestro primer escarceo,
fui yo quien le desnudé,
quien acarició primero,
quien mordisqueó su oreja,
quien se entretuvo en el cuello,
quien con uñas anhelantes
aró surcos en su cuerpo.

Durante las diez semanas
que restaban del invierno
aquella habitación fue
testigo de cada encuentro,
de esos que fueron sólo
delirio voraz de sexo
y de los que contarán
lo dulces que son sus besos.

Tras años fingiendo ser
otra mujer sin deseos,
trabajadora esforzada,
esposa de camarero,
madre de mediana edad
vistiendo siempre vaqueros,
con Marcos me descubrí
mi propia hoguera encendiendo,
echando más y más leña
para avivar el fuego,
¡ambicionando la muerte
de los que gozan sin freno!

¡Más procaz y libertina
que una ramera en celo!

¡Deseando vivir siempre
en aquel presente eterno!

¡Sintiendo que los relojes
se paraban para vernos!

¡Amándonos sin descanso!
¡Devorándonos! ¡Viviendo!



III

Jueves. En marzo. Los niños
llevaban horas durmiendo.
Sentada frente a la puerta
esperaba su regreso.
En mi única maleta
puse mudas y recuerdos.

Lo solté a bocajarro,
sin venda, sin linimento,
como decimos las cosas
que nos corroen por dentro:
“Hubo un tiempo en que te quise
pero ya nada te quiero”.

Mis llaves le devolví
prendidas en su llavero,
mi anillo de matrimonio
y aquel añoso cuaderno
en que siendo él tan joven
me componía sonetos,
redondillas y romances
de un amor veinteañero.

Me fui sin mirar atrás,
falta de remordimientos,
sabiendo que apostar fuerte
por cualquier futuro incierto
atrae oportunidades
y siembra el viaje de riesgos,
mas sabía que mi apuesta
sería todo un acierto
pues en la vida hay veces
en que ven sólo los ciegos,
¡que al amor lo atrapas cuando
lanzas órdagos al cielo!



IV

Vivimos una semana
de apoteosis de cuerpos,
ensamblados nuestros labios,
su sexo en mi sexo preso,
siete días rebosantes
de sudores y jadeos,
siete noches infinitas
en que no existió el tiempo.


V

A los tres meses firmamos
un divorcio con acuerdo:
Marcelo y yo seguíamos
juntos en El Desapego,
con custodia compartida
y cada cual con su sueldo,
entrega de niños los viernes,
calendario por consenso
y el primer turno diario
quien tuviera a los gemelos.


VI

Marcelo fue siempre un hombre
cabal, educado y honesto,
vivía y vivir dejaba
sin desquiciar desafectos.
Nunca reprochó mi marcha
ni de volver hizo intento,
y aunque me llame “cari”
cuando nos damos relevo,
y aun cuando cada día
yo poso en su cara un beso
siento que ya no me ama,
que no le quedan ya versos
que no canten nuestro amor
sin sonar a cementerio.





VII

¡Es tan fugaz la pasión!

¡Es tan huidizo el deseo!
¡Es la alegría tan corta!

¡Tan pronto acaba lo bueno!

El amor debió de morir
ahogado en el pañuelo
con que Marcos limpiaba
la nariz a los pequeños
pues hace ya ocho meses
que se despidió diciendo
eso que decimos cuando
sólo queda desafecto:
que me había amado mucho,
que fui todo su alimento
durante los veinte meses
en que compartimos lecho,
pero que ya no aguantaba
los llantos de los gemelos,
sus infantiles peleas,
su necesidad de obsequio,
(que en cuanto ellos llegaban
yo sólo pensaba en ellos).

No puedo negar lo que dice,
percibo que es sincero:
siempre vio a los niños

como fuente de desvelos,
siempre los sentirá como
camada de lobo ajeno.

Qué podía hacer yo, díganme.
Mis hijos son lo primero,
aquel que viva conmigo
habrá de compartir techo
con una loba en la cama
y, sí, con sus dos lobeznos.

Tuvo lugar esa noche
mi primer acto de duelo:
le di un último abrazo,
dije un “te amo” postrero,
le acompañé hasta el coche
y en su propio maletero
metí mi corazón roto,
tres maletas y el anhelo
de que vuelva a ser feliz,
que se enamore de nuevo.

Pasé horas y más horas
llorando mi desaliento,
arrastrando las cadenas
de mi pena por el suelo.

Que no hay amor que dure
lo que los dioses eternos
prefiero que él se vaya
a que siga sin quererlo.

Mi amor es como una joya
que a quien yo amo la entrego;
aunque se me abran las carnes
amor distinto no quiero.

¡Quien no quiera querer tanto
Que muera en otro siniestro!


VIII

Yo no sé quién puso al bar
de nombre “El Desapego”;
el día en que lo compramos
eso decía el letrero.

¿Tal vez fuera un visionario
el padre de tal acierto?

¿Supo ver en mi futuro
que ese medicamento
sería el único antídoto
eficaz contra el veneno
que emponzoña cada día
toda mi sangre por dentro?

Confieso que en el amor
hoy ya ni un segundo pienso,
que del querer nunca hablo,
que a propósito me alejo
de canciones que lo canten
-cumbias, baladas, boleros, …-
pues lloré lo que no pueden
contar un millón de versos
y ya no quiero saber
te “teamos” o “tequieros”.

Me repito a cada minuto
que de nada me arrepiento,
es el mantra que me acuna
de noche cuando me acuesto,
la oración que me adormece,
mi son, mi canto, mi rezo.

Repito, sí, que mi herida
se cerrará con el tiempo,
que no lloraré ya más,
que al pie de la letra pienso
secundar lo que el cartel
profiere a los cuatro vientos:
¡que cualquier dolor se cura
con un tenaz desapego!


MUROS LLENOS DE POESÍA


En 1996 surgió en Monterrey, Nuevo León, México, un proyecto de intervención literaria en la realidad que no ha dejado de cruzar fronteras hasta nuestros días.
 Nació entonces, con el nombre de ACCIÓN POÉTICA, un movimiento cuyo objetivo último no era otro que acercar la poesía a la población que habita pueblos y ciudades mostrando en los muros de las mismas frases poéticas, de no más de diez palabras, procurando evitar religión o política (se trata de despertar el lado hermoso de la vida, no de publicitar contiendas). 
Algo tan sencillo como eso supone introducir un concepto revolucionario en el arte. Estamos acostumbrados a ver carteles gigantescos con frases publicitarias, a toparnos con inmensas señales de tráfico, con fotos que triplican o cuadruplican el tamaño de una persona y que dicen cosas tan poco importantes, desde el punto de vista estético como : "Bienvenidos a Carrión de los Duques", "Desvío a la derecha" o "Compre en Almacenes Doña Pepita"... O bien: "Vota a Éste" o "Mejor todavía: vota a este otro". (Y de repente en un muro alguien ha escrito una declaración de amor tan desgarradora como breve, un juego de palabras sugerente en torno al paso del tiempo, a la levedad de la vida, al apego al mundo...).
Quizá haya sido esa naturaleza subversiva de algo tan simple como el buen gusto lo que está haciendo que muros como esos que inspiró el poeta Armando Alanis Pulido, alma mater del movimiento, en Centroamérica, hoy se encuentren por muchos otros lugares del mundo. Una muestra tomada de la propia Red es la que a continuación podéis saborear, junto con una entrevista al mentor del movimiento.






















NUEVE CONSEJOS PARA AMAR BIEN

Imagen: Naomi Okubo
El amor es esa cosa que sucede (tríos aparte) en el seno de las parejas. Y, claro, hoy en día una pareja es un producto, en buena parte de los casos, con fecha de caducidad. Amar, y sobre todo amar bien es una conducta que ha de partir de la premisa de que nada es para siempre.

Curiosamente, sin embargo, los manuales al uso sobre el amor, y hasta los artículos de tipo MTV (o sea, mejora tu vida) tan habituales en revistas tan dispares como Cosmopolitan o Muy Interesante, parecen desconocer esta dimensión esencialmente temporal del amor. 

Cuando alguien comienza hoy una relación de pareja, se lo confiese más o menos claramente, es consciente de que la misma durará hasta el día en que uno de los dos, o ambos, considere que ha llegado a su fin ese camino que entonces deciden a andar juntos.

¿Y pasa algo por ello? Yo creo que no. El amor, en nuestro tiempo, es así. Igual que en el siglo XVIII las parejas se conformaban según una forma de querer determinada,  hoy, aquí queremos de otra. 

Creo que no pasa nada porque en la vida uno viva dos, tres o nueve relaciones de pareja diferentes, pues el amor, igual que tiene un comienzo, tiene también un fin. 

Otra cosa diferente es cómo ha de transcurrir el amor mientras dura. Dicho de otro modo, cómo ha de manifestarse para que podamos decir que amamos "bien", que nos están amando "bien".

Permítase que ofrezca mi visión en torno al buen amor, al que siento yo como un amor de pareja sano. Y aunque mi forma de verlo no es sino una manera subjetiva de entenderlo (por otra parte, como todas), creo tener la suficiente experiencia en esto de amar como para ofrecerlo en forma de consejos, de nueve consejos que doy, no para hacer del amor algo eterno, sino para hacer del mismo algo que enriquece a quien lo siente, algo que hace mejor la vida en pareja durante el tiempo que esta dure.

Primero.- Comunica tus límites y tus deseos a tu pareja. Díle qué quieres de ella y explícale qué no estás dispuesto a ofrecerle. Es muy importante que ambos conozcáis los deseos del otro, para poder complacerle en la medida de lo posible. Del mismo modo es también vital que ambos sepáis qué no dará nunca el otro o, en cualquier caso, qué da a disgusto. No os enfadéis cuando él no adivine vuestras necesidades, cuando ella no cumpla vuestros deseos ocultos. Unas y otros han de salir a la luz para que, precisamente por obra y gracia del amor, él y ella puedan satisfacerlos. No elegimos nigromantes como compañeros de vida, sino hombres y mujeres. Y la asignatura de Adivinación no se estudia en los colegios.


Imagen: Naomi Okubo
Segundo.- Acepta lo que te den y no fuerces que te den algo que no quieren darte. Tan necesario es dar las gracias dentro de la pareja cuando recibimos algo como no pedir nada a nuestro compañero o compañera que éstos no den de buen grado. Si hacen lo segundo sin desearlo porque hemos abusado de la insistencia estarán sintiendo que les robamos parte de su identidad. Y si deciden entregarnos algo de ellos sólo en atención a que nosotros lo deseamos, si no lo agradecemos van a pensar que la suya ha sido una entrega gratuita. Pensadlo: miles de veces damos las gracias a auténticos desconocidos por las cosas más irrelevantes del mundo; ¿por qué, entonces, nos cuesta darlas por esas otras, tan importantes para nosotros, con que nuestra pareja nos regala la existencia?

Tercero.- Acepta que no vas a ser ni el primer ni el último amante de su vida. Como sólo una vez en la vida hacemos las cosas por vez primera, lo normal es que seamos el segundo o el quinto novio, amante, marido o esposa. Nuestros labios no serán ni quienes inauguren su boca ni los últimos que la suya besará. Así que, en todo lo que podamos, dejemos a un lado los celos por los que nos precedieron en la cama y los miedos por aquellos que nos sucederán en el lecho. Se ama en presente y se teme en pasado o en futuro. Y sólo si tenemos claro que amar es un verbo sin otro tiempo verdadero que el del aquí y ahora conseguiremos que se conjugue en toda su plenitud. Alegrémonos, por tanto, de lo felices que hicieron a nuestra pareja aquellos que nos precedieron. Deseémosle suerte en el futuro, cuando no seamos nosotros quienes compartamos la vida con ella.

Cuarto.- Haced cosas juntos. Descubre el territorio común que ambos compartáis y vuelca en eso el tiempo que paséis juntos. Es cierto que tendrás que pasar tiempo con su familia y ella con la tuya, pero, como bien dicen los nombres de una y otra, aquella es "suya" y esta otra, "tuya". Al final deberá haber algo de lo que ambos disfrutéis por igual, y hablo tanto de la cama, como del cine, la gastronomía o el montañismo. Si lo que os gusta es viajar, hacedlo. Pero una relación no se sostiene sobre una semana de vacaciones al año, ni sólo sobre un concierto, sobre una cena o fin de semana de spa. Un matrimonio no se arregla con una escapada rural ni se reinventa con un domingo abrazados en el parque. Cuando digo que hagáis cosas juntos hablo de algo que debe suceder habitualmente. Esas son las cosas que crean hilos entre las personas. Y si no queréis que vuestra relación de pareja esté sujeta por hilvanes debéis coser cada día eso que tenéis en común. No sus cosas. No las tuyas. Las de los dos.


Imagen: Naomi Okubo
Quinto.- Sé confortable. Si el mundo te enfada, que sea a ti a quien enfada, si la enfermedad te vence, que tu impotencia no contamine tu relación. No engañes fingiendo un bienestar que no tienes, si este te falta, pero si en tu interior hay una lucecita ardiendo en algun sitio, agárrate a ella para ofrecer la mejor versión de ti mismo posible. ¿Que habrá días para el llanto? ¿Qué habrá incluso jornadas para el enfado? Por supuesto. Pero no culpes al otro de tu pena, de tu dolor, de tus dificultades para llegar a mes, no le grites, no le culpabilices. Piénsalo: si es responsable de tu tristeza o tus penurias no debes esforzarte en seguir amándole, sino en encontrar la fortaleza necesaria para abandonarle. Lo que mata al amor es que cuando llegue a casa lo haga con el temor de hallarte enfadado, al borde del grito, del reproche. Volver al hogar debe ser tornar al lugar donde habita el descanso, no al cuadrilátero donde acontecen los peores enfrentamientos.

Sexto.- Muéstrate disponible. Amar no quiere decir que debas estar presente en cada momento de la vida de tu amada. Pero sí implica que vas a estar ahí cuando de verdad hagas falta. Igual que has de esforzarte por no ser el príncipe de todos los dolores, cuando alguna vez necesites un hombro sobre el que llorar ese hombro debe estar presto a servirte de apoyo. 

Séptimo.- Hazte cargo de tu propia vida. Si una mujer te acepta como pareja te está aceptando a ti; tus "circunstancias" seguirán siendo tuyas. Si un hombre decide unir su vida a la tuya no te engañes, sólo se estará uniendo a ti; tus hijos, tus padres, tus hermanos son ahora tu familia, y seguirán siéndolo doce años más tarde. Él, ella, tu pareja son sólo eso, tu pareja. El padre de tus hijos será quien fue a inscribirlos al registro civil, los hijos de tus padres serán tus hermanos, y con tu hermana quien creció en el mismo hogar fuiste tú. Por tanto, que tus responsabilidades sean aquellas que te corresponden, no las que adquieres por osmosis amorosa, pues tal proceso no se ha descrito jamás en la química molecular. Eso, simplemente, no existe.

Octavo.- Convertid el cariño en vuestro idioma común. El amor tiene un lenguaje propio, que no es el de la camaradería. Sus palabras están hechas de besos, caricias, susurros. Y jadeos. Sentid y haced sentir vuestra corporalidad. Una pareja puede vivir sin ternura, sin sexo... a condición de que acepte que lo que les une no es el amor. Así fueron durante muchos años las parejas de nuestros mayores: nacieron fruto del amor, se sostuvieron por el proyecto común de sacar adelante una familia, y se mantuvieron en pie durante la vejez porque se trataron como amigos, como camaradas. Este no es el patrón habitual en nuestros días. Las personas quieren seguir amando durante mucho más tiempo a lo largo de su vida, seguramente porque hoy vivimos más años y en mucha mejor condición. Pero eso sí, al igual que los coches sólo funcionan si tienen gasolina en el depósito, el amor sólo funciona gracias a la ternura. Cuando esta se convierte en un raro combustible lo normal es que, tarde o temprano, llevemos el coche a otra gasolinera. Que nos convirtamos en clientes habituales de la misma es sólo cuestión de tiempo.


Imagen: Naomi Okubo

Noveno.- Conserva un espacio sólo para ti. Por tu propio interés y por el de tu pareja. No puedes centrar toda tu existencia en complacerle, ni puede ser él todo tu círculo de amigos, ni todo tu ocio ha de consistir en disfrutarlo con ella. Primero, porque hasta la gloria bendita cansa. Y segundo porque, como ya hemos dicho, es muy probable que ni ella sea el único y último amor de tu vida ni que tú seas el hombre con quien envejezca. Así es el tiempo que nos ha tocado vivir: un tiempo, si no de poligamia, sí de monogamia sucesiva. Considera seriamente que tras ese amor la vida seguirá existiendo, como existió antes del mismo, y que, incluso durante esa misma vida, si todo lo centras en tu media naranja lo único que vas a conseguir es agriar su sabor, ahogarla. Para que ella pueda vivir su vida compartiéndola contigo, también tú has de seguir teniendo la tuya. Ten, por tanto, un hobby que nunca compartas con él, ten amigos que no sean a medias con ella. Conserva un  espacio para ti y deja un lugar que sea un reino exclusivo de tu pareja. Sólo aman libremente los seres libres.


Si tuviera que resumir los nueve consejos anteriores en uno solo diría lo siguiente: nunca te engañes a ti mismo. Es una máxima para todos los aspectos de la vida, pero es imposible amar bien si no es amor lo que sientes. Si por tu pareja sientes compasión, amistad, si hace mucho que ya no la amas, tal vez vuestra pareja pueda continuar existiendo, pero no quieras basarla en el amor, porque el amor consiste en otra cosa. Pero si amas, entonces no llames a tu amor de otra manera, y aliméntalo, cuídalo cada día, exige que tu pareja también lo alimente, lo cuide a diario. Jamás olvides que puedes engañar a los demás, incluso a tu pareja en alguna ocasión, y aun así ser feliz. Pero si te haces trampa a ti mismo la alegría se va a escapar de tu vida como agua por un colador.



Amar bien y sentirse bien querido es el resultado de un trabajo diario. Seguramente requiere de muchas otras cosas, de otras acciones y actitudes que sumar a las anteriores, pero si algo me ha enseñado la vida es que, al menos esas nueve son imprescindibles. Y si se entrenan ni siquiera son difíciles de ejercer.

Os deseo a todos un buen amor. Nada sienta mejor a la salud.

(Si queréis ver más ilustraciones de Naomi Okubo podéis pinchar aquí )