miércoles, 7 de diciembre de 2016

EL ARTE Y SU SENTIMIENTO

Una amiga manchega escribe en su blog, emociones en color, la emoción, precisamente, que en ella produce el arte. Lo hace con una enorme pasión, narrando tanto el impacto emocional que un recital de Ainhoa Arteta produjo sobre su madre, cuanto su propio acercamiento, a su juicio siempre insatisfecho, a la obra de los grandes artistas, pintores y arquitectos especialmente, repartidos por el mundo.

Yo creo que vivo el arte de otra manera. O igual la vivo de la misma forma, pero si he de narrarla creo que debo explicarme de otro modo.

Para empezar, y no sé si ella lo será, pero yo al menos de mitómano tengo muy poco. Goya, por ejemplo, por mucho que se llame Goya, por mucho que en España pase por ser la leche bendita, a mí no me dice nada de nada. Y otros pintores, especialmente algunos ubicados en las tierras de la abstracción como Antonio Saura, Tapies o Mark Rothko me producen una pereza casi infinita. Ellos se llaman artistas, a mí me aburren.

No creo que para disfrutar del arte haya que entenderlo.

Veamos el museo Guggenheim de Bilbao. El edificio, diseñado por Gehry, te habla mirando directamente a la cara en cuanto te plantas ante él. Y no conozco a nadie a quien no le haya emocionado su visión, entienda o no las bases teóricas en que se apoyó el arquitecto para su trazado. Otra cosa es entrar dentro y encontrarte con piezas sublimes de Roy Lichtenstein o collages sin pies ni cabeza como los de Robert Rauschenberg.

Dicho lo anterior, pareciera como si estuviera sentando cátedra acerca de quién pasa el filtro de la excelencia y quién no. Y nada más lejos de mi intención. El asunto es que en las artes plásticas, como en la cerámica o en la cocina de autor, unos platos te gustan más que otros. Y unos te gustan mucho mucho mucho y otros no te gustan nada nada nada.

Pero lo que me parece una trampa del discurso dominante en el academicismo antifigurativo del siglo XX es la afirmación de que para entender el arte haya que saber de arte. Es una falacia. Anselm Kiefer te puede gustar o no, te puede emocionar o no; tras una explicación sesuda del guía de un museo, además, entenderás (o no) un poco mejor lo que quiere decir en un cuadro concreto o en una de sus series, pero no te va a emocionar ni un poquito más.

Yo he estado en Londres y recuerdo de la National Gallery apenas un par de cuadros. Me pasa lo mismo respecto del museo de Bellas Artes de Bilbao, o del Museo del Prado. En muchos casos, esos cuadros los recuerdo no tanto por haberlos visto en esos museos, cuanto porque son imágenes que forman parte de nuestro acervo común. Y ahí sí, ahí me tengo que callar. Cuando un cuadro entra a formar parte de nuestra vida, de la vida de todos los que compartimos una misma cultura, entonces estamos hablando de algo que nos supera como críticos de pega, eso que todos somos.

Hablo de El Guernica, claro, o de Las Meninas, o de las bailarinas de can-can de Tolouse Lautrec, o de la Marilyn multicopiada de Andy Warhol, por poner algunos ejemplos. Yo creo que esas imágenes no son arte, son el latido del corazón del mundo. En ellos se condensa un tiempo, un magisterio, un sentido.

Todo lo demás depende del gusto. De que te emocione más el rojo que el azul. Con estudios o sin ellos.


























Imágenes: la Olympia, de Edouard Manet (Museo de Orsay), dos fotografías propias del Museo Guggenheim y la Torre Iberdrola, en Bilbao, y la Venus del espejo, de Velázquez, que es propiedad de la National Gallery londinense.

sábado, 3 de diciembre de 2016

PARAÍSOS COMO PREMIO

Para Carmen, que andará preguntándose en un hotel cualquiera si Dios le premiará o no por elegir ser libre. Y a Dios eso le importa una higa. Uno es libre por uno mismo.

A mí lo que se me hace difícil concebir no es la existencia de Dios; no, eso me resulta fácil. Si hubo un Big Bang del que todo salió, ¿por qué no es concebible que la fuerza que lo impulsó no sea una voluntad, al menos en algún sentido “divina”? Algo así como una voluntad creadora que da origen a todo lo que conocemos como existente.
Soy incluso capaz de concebir una especie de metahumanos volcados en vivir la vida de una manera desenfrenada, caprichosa, egoísta y ególatra, al modo de los dioses que poblaban el panteón grecorromano, el cruel panteón egipcio.
Aun más, imaginar un mundo poblado por las almas de los difuntos reencarnándose en nuevos seres vivos, migrando del cuerpo muerto al cuerpo vivo en una imparable sucesión de existencias consecutivas,… hasta de imaginar eso soy capaz.
Pero que Dios, un dios cualquiera, el que sea, se meta a dictar normas o conductas morales de los humanos eso se me hace muy difícil de comprender. ¿En serio puede importarle a un ser divino, a una fuerza universal, cósmica, creadora de todo cuanto existe si sus devotos tienen relaciones extramatrimoniales? ¿O si pueden, o no, yacer hombres con hombres, tener conocimiento carnal hembra con hembra? ¿O si el nombre ha de ser impuesto con agua bendecida?
¿Tan importantes somos como para que le importe si nos matamos unos a otros, si nos robamos las pertenencias entre nosotros o si les faltamos al respeto a nuestros mayores?
Y todavía me causa una perplejidad incluso mayor la observación de los ritos de adoración. Me es complicado imaginar a un ser divino a quien le importe tener fieles, que estos erijan templos en su honor, le recen, afirmen su existencia… Como si un ser divino necesitase de todas esas banalidades para que su mundo celestial se sostuviera. Como si para él nosotros fuésemos importantes.
Hay tantas personas en el mundo afirmando la existencia de una justicia divina, de un dios que premia y castiga que, no voy a negarlo, a veces me asalta la duda acerca de si no será mejor, aunque sea por si acaso, aceptar uno cualquiera de esos códigos (todos ellos afirman ser el único y verdadero, así que alguno seguro que acaba demostrándose que lo es) y ajustar mi vida a los estrictos parámetros que fije. Igual mi vida se vuelve más aburrida, pero tal vez el premio una vez fallecido compense.
No sé. Voy a acogerme a la fenomenología. Como no puedo demostrar la inexistencia de Dios deberé aceptar la posibilidad de su existencia. También la teoría de cuerdas se sustenta en la imposibilidad hasta el día de hoy de demostrar su falsedad. Si acepto eso de la física teórica, ¿por qué no iba a hacerlo de la metafísica? ¿O acaso es más fácil concebir un universo con 17, con 21 dimensiones, que otro sostenido por la voluntad de un ser divino?... Pues eso.
De todo lo demás, de la moral, y en particular de la moral religiosa,… hummm, sin ánimo de profundizar en el tema,  esa me chirría un poco más, la verdad. Y no porque muchas de sus normas no tengan sentido, o no porque algunas de ellas carezcan completamente del mismo, sino porque se me hace raro, muy raro, imaginar a Dios pensando qué conducta merece un cielo de premio y cuál un infierno.


Ilustraciones de El Bosco, Jan Brueghel y Wenzel.

martes, 29 de noviembre de 2016

CONVIVIR CON LOS MUERTOS

Qué difícil es convivir con los muertos, ¿verdad?


En realidad, podría decirse que las personas se mueren sin ninguna consideración hacia los demás. Uno se va y no se preocupa de las heridas que ha dejado abiertas, las que no fueron cerradas antes de su marcha, las que se abrieron precisamente desde el momento de su falta. Pero se va igualmente, y ahí se quedan los vivos, a solas con sus preguntas sin responder, sus deseos por complacer incumplidos, sus ya imposibles revanchas.


A tenor de mi propia experiencia se me ocurren diferentes formas de relación con los muertos.

La mayor parte de ellas giran en torno a la indiferencia, al olvido, que es lo que sucede con muchas de las personas que se han cruzado por nuestra vida. No nos dieron nada, nada nos quitaron. Nada quedó pendiente, por tanto.

Con las otras, ¡madre del amor hermoso!, ¡la de cuitas que nos quedan por resolver!

Por un lado están los muertos a quienes quisimos complacer en vida pero no fuimos capaces. El padre que quiso que estudiáramos medicina y tuvo que conformarse con tener un hijo carpintero. O la madre a quien apenas pudimos visitar en la residencia. O el hermano a quien intentamos devolver la protección que nos brindó en los años de colegio. Queremos que nos perdonen por no haber cumplido sus expectativas, porque la vida nos llevó por un camino en el que sus domicilios no nos quedaban de paso, o por no haber devuelto los cuidados que ellos antes nos prodigaron porque otras ocupaciones nos alejaron de su bienestar en favor del propio, de nuestra nueva familia, de esa otra vida que cada cual vivimos. Cada vez que vienen a nuestra memoria nos asalta una punzada de remordimiento. De estos necesitamos su perdón. Que nos digan que están bien. Que no pasa nada. Que nos entienden. Que nos aceptan.

Hay otros muertos que se fueron sin que pudiéramos meterles la hostia que merecían. Esos jefes cabrones que nos gritaban cada dos por tres y a quienes no tuvimos la fortuna de encontrar a solas en una calle vacía durante una noche cerrada. Los profesores de matemáticas que nos hicieron repetir curso y que fueron incapaces de dar una explicación coherente de para qué demonios servían las puñeteras integrales. Las novias que nos dejaron por otros más tontos, más calvos,… (Vale, y más jóvenes y con tableta en el abdomen, hay que reconocerlo). A aquellos psicópatas que enturbiaron con su mala leche nuestra vida lo que deseamos es darles esa patada en la entrepierna que objetivamente siempre merecieron y escuchar que nos pidan perdón… Y de esas novias, pues poco más o menos lo mismo, que nos pidan perdón, pero que además nos digan que se equivocaron. (Y eso con independencia de que también nosotros hemos buscado alguna vez otra más bella, más dulce, más alegre,… y ni muertos volveremos para decir que nos equivocamos. Lo hayamos hecho, o no).

Los muertos que nos quisieron pero que todavía piensan que están en deuda con nosotros, esos creo que andan a nuestro lado, esperando la hora en que les digamos que se pueden ir. Que no les guardamos rencor. Que quizá nos quitaron algo, pero también nos dieron mucho. Que somos como somos precisamente gracias a ellos, y que muchos rasgos de nuestro carácter, también los positivos, provienen de verles a ellos, de haber crecido a su lado, de haber compartido con ellos mesa, mantel, aula, hogar o lecho.

Al que a mí me acompaña últimamente también se lo digo: que vale, que bien, que lo entiendo. Que lo acepto. Lo que no sé es si me cree porque ahí sigue todavía. Tal vez espere que primero le meta una hostia y luego, ya más tranquilo, le diga eso, que sí, que me dio grandes cosas y por eso le agradezco que haya formado parte de mi vida.

(Digo yo que el hecho de que los muertos se queden a nuestro lado durante años es porque, de algún modo, son como jubilados, pero a lo bestia. Una vez muerto, la verdad es que mucho no tienes que hacer, así que no sucede nada por pasarte uno o dos decenios acompañando, atormentando, siendo la sombra de otra persona… Y este es el momento en que algunas de las personas que me quieren me formulan esa pregunta que acompañan con un gesto de preocupación: Oye, todo esto lo dices en sentido figurado, ¿no? ¿No quieres decir que ves o percibes a un muerto específico a tu lado? ¿O sí? Creo que esa va a ser la pregunta que conteste cuando yo mismo haya fallecido. Espero que en ese momento, si no encuentro mi camino, alguien toque el tambor cuyos golpes me vayan guiando… a donde sea que deba ir. Incluso si ese destino es, exactamente, la mitad de ningún sitio).

sábado, 19 de noviembre de 2016

PENSAR POR EL OTRO



Hay determinadas profesiones en las que el día a día consiste en orientar las decisiones de las demás personas. Corredores de bolsa, médicos, abogados, por citar sólo tres casos, aconsejan a sus clientes dónde invertir su capital, cómo recuperar la salud o cómo afrontar un divorcio o configurar una herencia. Como los clientes o pacientes no conocen todas las opciones disponibles en cada caso, incluso el más aséptico de estos profesionales acaba haciendo que aquéllos realicen justo lo que ellos consideran como la mejor opción, cuando muchas veces ni es la mejor ni la única, sino solamente una opción más, otra opción.
Toman decisiones por nosotros cada día. Nuestros padres, nuestros jefes, nuestros gobernantes… Lo realizan con el argumento –o la coartada- de que es por nuestro bien, o a nuestro favor, o para nuestro beneficio. Pero todas y cada una de las decisiones que uno toma, para sí o para otro, son actos basados en una determinada forma de ver el mundo: la propia.
Uno puede decidir que a su hijo no le conviene tener paga semanal porque cree que no tiene edad para conocer el valor del dinero, o decidir que la tenga precisamente para que conozca ese valor. ¿Alguna de las dos decisiones es equivocada? No, ninguna de las dos lo es: ideas, prejuicios, valores, todo eso que conforma el modo de pensar del padre en cuestión le permitirá a su hijo tener un dinero propio para sus gastos que él mismo deberá administrar, o no.
Son excepción las parejas en los que uno de los dos miembros no toma a diario varias decisiones por el otro, pensando por el otro. “Hoy no le voy a proponer sexo porque veo que está cansado”. “Hoy no saldremos a comer porque tengo la sensación de que últimamente le he hecho salir demasiado”… ¿A que sí os suenan este tipo de razonamientos?
Por referirme sólo a los dos casos expuestos: ¿cuántos grandes momentos de sexo no se habrán perdido por pensar que el otro estaba cansado?, o bien, ¿cuántas cenas maravillosas han dejado de acontecer precisamente porque pensamos que nuestro deseo de vela y mantel no era compartido?
Y así, cada día. Todos o casi todos. Y yo el primero, por supuesto.
Quien decide por otro cree que le está dando algo y, en realidad, se lo está quitando. Y si eso se repite habitualmente la otra persona puede llegar a sentirse invadida, menospreciada o, incluso, ignorada. En una pareja esto puede, suele ser el comienzo del fin del amor.
Como ejercicio práctico debiéramos pararnos un segundo a pensar antes de iniciar frases que arranquen con un “Tú lo que tienes que pensar es…” o “por tu bien te lo digo…” o “espero que no te moleste, pero he decidido por los dos…”
Vivir y dejar vivir consiste en no hacer juicios anticipados de lo que los demás quieren o van a querer. Y tener muy pero que muy claro que cada decisión que tomamos para nosotros tiene que ver con nuestro modo de ver el mundo; y de eso, de formas de ver el mundo, hay casi una por cada ser humano vivo. Yo tengo hasta varias a un mismo tiempo….

viernes, 11 de noviembre de 2016

LA DICTADURA DE LOS NOMBRES



Estamos gobernados por las palabras. En serio, esto no es una afirmación que busque llamar la atención. Las palabras que usamos al describir la realidad la recrean, en el mejor de los casos, la inventan, en el peor.


En esto hay niveles, claro.
El nivel más bajo de esa invención es cuando las palabras pueden significar una cosa (en principio, cualquier significante es neutro, unos sonidos, unas letras,…) pero la sociedad –o nuestra familia, o nosotros,…- le damos otro significado. Cuando decimos que Sara es lesbiana podemos referirnos a su orientación sexual y eso, de por sí, ni pone ni quita. Pero cuando eso lo dice su madre, que vive la imposibilidad de un matrimonio con hijos en la vida de su hija (o eso cree ella) como un fracaso personal, “lesbiana” aquí significa otra cosa, una muy desalentadora, o una tendencialmente inquietante entre sus compañeras de la oficina desde que una vez una de ellas la vio besuqueándose con su novia en una cafetería del centro (“esta no será un peligro, ¿no?, ¿no se nos irá a insinuar a alguna de nosotras?). Sara no es alguien diferente por eso, pero su realidad, la realidad social en la que se desenvuelve su día a día se ve modificada por cómo los demás le perciben, como un peligro en un caso, como un fiasco en otro, en ocasiones incluso como el desorientado disparo de una flecha por parte de la naturaleza.
El nivel intermedio viene a estar ocupado por la usurpación de las fronteras por parte de algunos nombres de significado, digamos, “arrollador”. Ejemplos los hay a miles. Siguiendo con el anterior, un hombre es homosexual cuando tiene una relación de ese tipo, o cuando tiene diez, o cien,… ¿O sólo por sentir atracción por otro hombre? Y ¿cuándo un desliz se convierte en una infidelidad que afecte a la continuidad del santo matrimonio?, ¿ya en el primer encuentro?, ¿después de veinte?; ¿sólo con fantasear con otra persona uno ya se ha convertido en infiel? Un insulto es una conducta de maltrato, pero ¿cuándo uno se convierte en maltratador?, ¿después del primer insulto?, ¿al cabo de mil? ¿Sólo si al insulto lo ha acompañado una marca de cinco dedos en la piel de la cara? Y sin embargo aparece el estigma de homosexual, de cornudo o de maltratador (o el rol de infiel o maltratada, en su caso) en cuanto alguien nos señala con ese nombre. Y va a dar igual en dónde haya puesto esa persona el momento en que nos convertimos en eso que la palabra señala: si para él un maltratador es cualquiera que una vez dé una bofetada, va a dar igual si tuvo o no explicación la misma, seremos un maltratador sólo por haber puesto nuestra autoría en el golpe. Y es que ahí las fronteras de lo subjetivo son muy pero que muy permeables. O mejor, son muy pero que muy volubles.
Hay un nivel máximo dentro de esta tiranía, consistente en que las palabras crean la realidad. Ese nivel es el de la mentira. Y ojo, no hablo de que quien use la palabra realice un acto deliberado de falsear la realidad, no, hablo de que la palabra se esté usando para describir algo que, sencillamente, no existe. Recuerdo un juicio en que se condenó injustamente a una mujer por el asesinato de una niña en Andalucía. Unos años más tarde se detuvo al verdadero asesino, pero durante todos esos años asociamos a aquella mujer todos los atributos de un homicida sólo porque un tribunal decidió que ella lo era. Aunque no lo hubiera sido. Este es un caso muy evidente, pero ¿acaso no hay miles de estos en nuestro entorno?
Hace años conocí a un tipo al que todos llamaban “Follanenas”. Yo lo miraba y no me encajaba el mote con su personalidad, así que después de mucho hablar con él (por razones laborales me tocó pasar cientos de horas a su lado) consegui que me confesara que había conocido íntimamente a tres mujeres en toda su vida y que si había decidido no darle la vuelta al bulo era porque, joder, si a uno le tenían que poner una fama “mejor la de follador que la de ladrón, ¿o no?” Como razonamiento, una joya. Y la constatación de que ya que no puedes cambiar el hecho de que acabarán hablando de ti, al menos que sea por algo que en tu entorno te haga ganar popularidad.
El problema radica en que hay personas que acaban por creerse lo que los demás dicen de ellas. Y lo que es peor, a veces incluso llegan a actuar del modo en que esas otras personas esperar que lo haga. Esto es algo habitual en la adolescencia, pero no es menos frecuente entre los adultos. En el trabajo hay un caso típico de bullying consistente en repetirle a un subordinado que es un inútil día tras día. Al cabo de un tiempo lo ha interiorizado de tal modo que acaba actuando como un verdadero inepto. ¿Y quién no ha conocido casos en que, dentro de la pareja, tanto le ha repetido la esposa al marido que es un “vivalavirgen” que, al final, acaba saliendo de fiesta un día tras otro? O en el caso contrario, ¿no hay millones de inexpertos que acusan de frígidas a sus mujeres? Bueno, pues sucede que esas mismas mujeres hay un día en que conocen a un hombre que les dedica la desvergüenza y el tiempo necesarios y la frígida de antaño se convierte en un volcán en erupción. Hasta ellas mismas descubren entonces que de frígidas sólo tenían el apelativo, nada más.
Continuamente las palabras construyen nuestro mundo, le dan significado, lo explican, para bien o para mal nos definen y nos dotan de atributos. Cuidado con ellas, por tanto. Al menos para hablar de nosotros mismos usemos las que nos describan, no las que nos menoscaben.

Y si podemos, al menos de vez en cuando, intentemos liberarnos de su poder. Dios puso nombre a los animales, de acuerdo. ¿Nosotros tenemos que ponerle nombre a todo lo que hacemos o pensamos? Sinceramente, creo que no.

martes, 8 de noviembre de 2016

LA ALEGRÍA VOLUNTARIA

Todos concebimos cada etapa de la vida como un tránsito hacia algo. Soportamos los desengaños, las frustraciones de cada momento porque somos capaces de imaginar un tiempo posterior, una etapa nueva donde esos problemas que nos angustian quedan superados.
El futuro, o mejor dicho la idea de un mejor futuro es el bálsamo que nos cura de la angustia del presente, del aburrimiento diario, cuando es ese el caso, de la tristeza, cuando la imaginamos transitoria.
Es cierto que concibo la vida como un tiempo de alegría, al menos mientras nuestra voluntad así se empeña en construirla. Pero no es un perfecto recorrido de sonrisas en pancartas, eso es cierto. De este modo, superamos la sensación de desamparo de la infancia y la desorientación de la adolescencia ante el panorama de una luminosa juventud, transitamos sus oscuridades juveniles porque esperamos llegar a una productiva madurez, cuyos sinsabores, su acumulación de responsabilidades, obligaciones y preocupaciones por los demás los vamos sobrevellando porque soñamos con una jubilación dorada.
Y, de pronto, un día nos aparece ahí, la vejez. Nos cae a plomo un tiempo que sólo tiene presente.
La vejez nos plantea un problema de actitud y muchos problemas físicos. Y los problemas físicos, claro, acaban conduciéndonos de nuevo a un problema de actitud (cómo puede uno ser feliz cuando te duele todo, cuando te cuesta caminar, cuando es una odisea conciliar el sueño o recordar el nombre de tus propios hijos).
No nos han enseñado a vivir el presente. Seguramente hay algo de tremebundo en la idea de que si eres bueno, si te sacrificas por los demás, si aguantas dolor y humillación Dios te premiará con un tiempo de Gloria infinito. Es la programación cerebral a la que casi todos hemos estado sometidos. Y por esas ideas que condenan como pecados las cosas divertidas de la vida (la gula, el sexo, el deseo,…) vamos avanzando esperando recompensas que sólo van a llegar después. Pareciera, así, que la felicidad fuese un verbo y no un sustantivo, un verbo que sólo puede conjugarse en futuro.
No nos equivoquemos. Ser felices implica superar esa trampa, mandar la idea de pecado a un rincón de nuestro cerebro, encerrarla allí y darle seis vueltas a la llave que cierre la puerta.
Voy a lanzar una idea arriesgada: creo que, en la generalidad de los casos, actuamos y  luego no buscamos alguna justificación, algún razonamiento que nos permita explicar lo que hacemos cuando eso que hemos hecho bordea, de alguna manera, nuestra idea de pecado, de cada pecado en concreto. Primero el hecho, luego el razonamiento (porque antes, en el origen de todo, ya estaba el cepo, la trampa del miedo a pecar). No me cabe ninguna duda de que para avanzar hacia una vida feliz la mejor estrategia es hacer lo que nos alegra sin buscar justificaciones para nuestros actos. Ni antes de hacerlos, ni  después de haberlos realizado.
¿Y qué pasa cuando llegamos a viejos? Pues que viviremos un tiempo casi sin tiempo. Un puro presente. Cuando seamos algo más que “mayores”, cuando seamos viejos, pero viejos de verdad, “mañana” será una palabra de arcano significado.
Ser felices, entonces, será algo que medir en cuestión de grados. Como siempre, pero entonces más, su consecución deberá requerir un esfuerzo.


Los cinco últimos años de vida de mi padre los pasó sentado en el mismo sofá. Le visitabas un día y lo hallabas allí acomodado, frente a la televisión, calzado con sus pantuflas, aburrido, desganado, casi siempre triste. Una semana después, un mes después, un año más tarde volvías a hallarlo sentado en la misma posición, en el mismo sofá, reproduciendo miles de capítulos de un inagotable día de la marmota. Decía que  la vida ya no tenía alicientes para él.
Mi padre no era un tipo acosado por la idea de pecado, o lo era mucho menos que tantas personas como he conocido y, sin embargo, hubo un tiempo en que ya el presente para él era un número cero, un conjunto vacío, un agujero de tedio sin objetivos. Y no voy a ser yo quien lo niegue: cuando dejas de tener ganas de vivir sólo puedes recuperarlas si haces el esfuerzo de recuperarlas. Si te esfuerzas en querer recuperarlas.
Así que viejo o joven, con pecado o sin él, ser feliz se vuelve a mostrar como un ejercicio activo, un acto de voluntad que, cuanto más tiempo llevamos viviendo, más irremediablemente centrado en el presente ha de estar.
Y como todos los actos de la voluntad tampoco este es obligatorio, por supuesto. La voluntad se llama voluntad precisamente porque es eso: voluntaria.