sábado, 25 de marzo de 2017

MARK RYDEN (DÍA 5)

Los universos simbólicos es lo que tienen: que descolocan. Los universos simbólicos de los pintores surrealistas, además, descolocan mucho. Y el de Mark Ryden, el máximo exponente del surrealismo pop, descoloca más que ningún otro.

Y si no descolocara como lo hace, si no subyugaran sus imágenes, si no nos removieran por dentro posiblemente no sería uno de los grandes pintores de nuestro tiempo.

Mark pinta abejas, seres y cosas encerrados en burbujas, pinta ojos, chuletas de carne y ristras de salchichas, inquietantes peluches que siempre sonríen y adolescentes que no sonríen nunca. Y es ahí, precisamente en las adolescentes, donde la inquietud remueve al espectador.

Vivimos un tiempo peculiar. Vemos pintores que muestran la muerte en mil y una formas y no pensamos que son criminales en potencia, leemos novelas que nos cuentan relatos pormenorizados de la vida y obra de verdaderos asesinos en serie y no se nos ocurre pensar que el escritor que lo cuenta sea el otro yo del psicópata que protagoniza esas odiseas de sangre y vísceras.

Pero Mark Ryden nos descoloca. 

Mark Ryden presenta un mundo protagonizado por preadolescentes, a menudo desnudas, que nos miran a los ojos de una forma inquietante, por niños que proyectan más allá del lienzo una seriedad inexplicable. 

Las de Mark Ryden no son Lolitas procaces y amorales como las de Nabokov, pero son igual de turbadoras, precisamente porque sabemos, quienes las contemplamos, que no es verdad -como dicen algunos críticos- que en esos lienzos domine una falta total de sexualidad. Antes al contrario, sabemos que está presente, pero no sabemos en qué clave se nos cuenta. Y aceptar que es bella supone hacer un ejercicio de rebeldía. De transgresión.

He dicho que vivimos un tiempo extraño. Pensemos en Alicia en el País de las Maravillas. Desde que sobre su creador, Lewis Carroll, se lanzó la sospecha de una hipotética pederastia latente, uno lee las peripecias de Alicia con más cuidado, no vaya a ser que si le gusta comparta el (imaginado) gusto por los niños del escritor. Y así la obra queda ensuciada, siendo, como es, una de las cimas de la literatura mundial, una de las ensoñaciones literarias más hermosas y divertidas que la mente de un ser humano haya creado jamás.

Hace muchos años, antes incluso de haber alcanzado la mayoría de edad, decidí que yo, frente al arte, me iba a olvidad de actitudes éticas, de prevenciones morales, de lecturas llenas de prejuicios. Decidí que si los artistas lo que nos dan es una propuesta plástica, no un muerto de carne y hueso sobre la mesa, a esa propuesta plástica sólo podemos acceder desde una mirada exclusivamente estética. Esa es mi postura ante el arte, estética, meramente estética.

Igual eso me ha llevado a disfrutar con la lectura de algunos escritores malditos como Vian o Genet, no voy a decir que no, pero creo que es la única forma de entrar en mundos fronterizos como es, a mi juicio, el de Mark Ryden, sin duda mi pintor preferido (al menos de un par de años a esta parte).

Yo no entiendo a este pintor. Pero tampoco entiendo a Dalí, y Dalí me gusta. Ni entiendo a Kandinski, al Picasso cubista, o a Richter, pero disfruto como un tonto cuando tengo la ocasión de asistir a una de sus exposiciones.

Así que aunque no entienda a Mark Ryden, y aunque sepa que su mundo simbólico es infinítamente perturbador, los mil kilómetros que he recorrido de punta a punta de España para ver su Retablo de las Maravillas en el C.A.C. de Málaga, ese en el que tantos ecos resuenan a Lewis Carroll, han merecido la pena. Me ha subyugado, me ha enamorado, me ha planteado preguntas para las cuales no tengo respuestas y respuestas para las cuales hace muchos años decidí no formular preguntas.

Permitid que os muestre a un genio.

Y miradlo queriendo ver. Es único.